Una de miedo

Resulta que estábamos tan tranquilos viendo florecer la primavera y asistiendo a tiempos históricos: primero las revueltas en Túnez, después Egipto, Siria, Libia, Yemen, Argelia, Marruecos, el mundo árabe en pie, desafiando dictadores, reclamando libertad, y después el 15-M, en vísperas de las elecciones municipales la ciudadanía española se echa a la calle exigiendo un sistema político más transparente, una calidad de vida más digna, una solución a tantos y tantos problemas que nos envuelven, y lo de España se extiende, primero a Grecia, después a Francia, los barandas, véase Barcelona, tratan de disolver a la gente a palo limpio pero no hay manera, el pueblo vuelve a la plaza y la primavera de la frustración que amenaza un nuevo amanecer recorre Europa. Todos felices.

Y empieza. En dos días una batería de terrores variados invade las primeras planas de los medios mundiales. Primero pepinos asesinos, ahora teléfonos móviles cancerígenos. Las siete plagas, ¿qué será lo próximo? Después de la muerte de Osama, se dispararon las alarmas antiterroristas: estaciones vigiladas, aeropuertos llenos de policía, controles a rabiar. Hace un par de años el apocalipsis fallido de la Gripe A. Y antes las vacas locas, los cerdos chungos, los pollos acatarrados. Son problemas reales, en unos casos de salud pública, en otros de seguridad nacional, pero que bajo ningún concepto deberían desatar semejante grado de histeria y de paranoia. ¿Es para tanto?

En principio no hay nada de malo en el miedo. Desde un punto de vista estrictamente biológico se trata de un mecanismo de defensa muy eficaz. Ante la presencia de un peligro, el sistema límbico, en el cerebro, pone en marcha un complejo engranaje fisiológico: el metabolismo celular se incrementa, aumenta la presión arterial, sube el nivel de glucosa en la sangre, la actividad cerebral se mutiplica, se aceleran las pulsaciones, el corazón bombea mayor cantidad de sangre, las celulas reciben un chute extra de adrenalina, los ojos se agrandan, las pupilas se dilatan, los musculos del tren inferior acumulan sangre en previsión de una huida precipitada, el sistema inmunitario y el resto de funciones no esenciales en ese momento se detienen y los sentidos se agudizan. Gracias al mecanismo del miedo tus antepasados y los míos fueron capaces de mantenerse con vida el tiempo necesario para perpetuar el linaje que generación tras generación desembocó en nosotros, tú y yo, desde los albores de la humanidad. El terror atávico a la oscuridad es un eco de los primeros días del hombre, que veía en la noche el enemigo terrible que escondía ataques de fieras y amenazas sin rostro. Puro instinto.

El problema llega cuando el miedo es utilizado por poderes corruptos como un medio maligno de control social. Hay teorías y estudios sobre el tema. Utilizando los medios de comunicación para generar un falso escenario de peligro se consigue crear una sensación de inseguridad y ansiedad entre la población, con el fin de dirigirla y manipular sus actitudes y acciones. El lanzamiento constante de mensajes de peligro a la sociedad tiene como objetivo conseguir una ciudadanía dócil, capaz de aceptar medidas reaccionarias que vulneran sus derechos y su libertad. Ejemplo: después de los atentados del 11S el gobierno de George W Bush consiguió sacar adelante la Patriot Act, un corpúsculo legal lleno de normas que vulneraban los derechos fundamentales de los estadounidenses, y lo hizo con mayoría en el Senado y con el apoyo de gran parte de la opinión pública. Previamente, se  había llevado a cabo una brutal campaña propagandística que elevó la sensación de inseguridad y la psicosis ante nuevos atentandos al tiempo que levantó una ola de islamofobia sin precedentes. El miedo en estos casos actúa como catalizador: ante la disyuntiva derechos civiles/seguridad el pánico social inclina la balanza hacia la segunda opción. Es 1984, es Orwell puro. Una ciudadanía que se deja llevar por un simulacro de terror orquestado e instigado verticalmente se convierte en instrumento del totalitarismo.

Aunque pueda no parecerlo, vivimos en un mundo seguro. España, por ejemplo, lleva años registrando una de las tasas de criminalidad más bajas de la Unión Europea. La presencia que el terrorismo, el crimen, las catástrofes naturales o las epidemias tienen en los medios y en la opinón pública no se corresponden con su peligro real. EEUU no ha sufrido ni un sólo acto terrorista con víctimas desde el 11S y sin embargo la psicosis sigue ahí. Y la muerte de Bin Laden, con Al Qaeda jurando venganza, no ha hecho nada por aplacarla: la Patriot Act, lejos de ser derogada, ha sido prorrogada hace escasos días por Barack Obama aprovechando el ajusticiamiento de Bin en Pakistán.

¿Qué hacer? Racionalizar, medir, mantener siempre encendidos los mecanismos críticos, levantar defensas contra la intoxicación interesada. Quienes azuzan el miedo esconden, traman. Nos corresponde decidir. Vivir libres como hombres, aceptando los riesgos, o pastar vigilados como ovejas, temerosos del lobo y del cielo.

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