El enfoque dickensiano

Fotograma de Grandes Esperanzas, dirigida por David Lean en 1946
No podía alejar de mi pensamiento la preocupación que  producía el que yo
fuese rústico y necio, el que mis manos fueran callosas y mis botas ordinarias,
el que no conociese otro juego de cartas que la birlonga, el que fuera mucho
más ignorante de lo que me figuraba la noche anterior; en una palabra,
que mi existencia transcurriese de forma tan denigrante.

(Charles Dickens; Grandes Esperanzas)

Si hablamos de gran literatura tendremos que hablar de la novela del diecinueve. Aquellos tochos que se publicaban por entregas en los periódicos y que juntaban en unos cuantos cientos de páginas aventuras exóticas y amoríos imposibles, suspense e intriga, todo bien compacto gracias a la argamasa de un realismo puntilloso con cierto tono moralizante, descripciones minuciosas y predilección por los falsos finales felices. Un género que nace vigoroso con Balzac, se vuelve romántico con Victor Hugo, se pervierte con Dumas y alcanza su máxima expresión con Charles Dickens.

Nacido en Portsmouth en 1812, Dickens es, sin discusión, el novelista inglés más famoso de todos los tiempos. Sus personajes, como los de Shakespeare, Cervantes u Homero forman parte del sustrato elemental de la cultura occidental. Novelas como Oliver Twist, David Copperfield, Cuento de Navidad o Grandes Esperanzas han sido adaptadas una y otra vez por el cine y la televisión. Dickens fijó para siempre su época y su tiempo en el imaginario colectivo. Si piensas en el Londres victoriano piensas en las imágenes grotescas de Grandes Esperanzas o de Oliver Twist: las calles sucias, el orfanato, los carruajes, la lluvia, la niebla, los charcos, el chico que vocea los titulares del diario de la tarde en la esquina, los puestos de verdura podrida, el ambiente denso y oscuro de la ciudad industrial, el humo de las fábricas, la polución, la ropa andrajosa de unos, las chisteras de otros, los hombres respetables aspirando rapé y las señoras de suntuosos vestidos. Dickens retrató todo aquello, lo congeló, lo inmortalizó y lo hizo eterno.

¿Cuál es la gran aportación de Dickens? La crítica sutil y sostenida, la capacidad para trenzar el relato a partir de las voces de los excluidos por un mundo nuevo, el de la Revolución Industrial, que preconiza una sociedad más despiadada y brutal que nunca, más deshumanizada y cruel. El héroe de Dickens es un héroe destinado al olvido y rescatado por el escritor, que se convierte en el instrumento que eleva la voz de sus personajes y consigue que los demás escuchen lo que tienen que decir. Dickens señala la injusticia y le pone nombre y apellidos: el enfoque dickensiano. Sus novelas son un viaje en el que conviene embarcarse de cuando en cuando, releer, adentrarse en su mundo y aprender, hoy más que nunca, la denuncia indirecta, mucho más certera, mucho más efectiva: dejar hablar a los perdedores para que ellos mismos muestren al mundo lo que el mundo ha hecho con ellos.

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