Pelea, muchacho, pelea

   … es verdad que hay algo en ti que nunca
ha podido someterse, una cólera,
un deseo,
una tristeza, una impaciencia,
un desprecio,
en suma, una violencia…
y mira, tus venas
llevan oro,
no barro; orgullo, no servidumbre.

Rey has sido, Rey desde siempre…
(Aimé Cesaire)

En las épocas malas, cuando andaba agobiado de exámenes, trabajando por la mañana, yendo a clase por la tarde, regresando a casa con todo por hacer y a punto de saltar por el balcón, yo solía escribirme tres palabras con letras negras en la mano izquierda, las tres palabras que podéis leer en el título. Miraba aquello y seguía adelante. Esas tres palabras no son mías. Forman parte de la letanía que Bundini Brown solía recitar a Mohamed Alí antes de los grandes combates: Float like a butterfly, sting like a bee! Your hands can’t hit what your eyes can’t see! Rumble, young man, rumble!

Algo así como: ¡Vuela como una mariposa y pica como una abeja! ¡Tus manos no pueden golpear lo que tus ojos no pueden ver! ¡Pelea, muchacho, pelea!

Mohamed Ali nació como Cassius Clay en Louisville, en 1942, en plena segregación racial. Eso marcó al niño Cassius, que creció fuerte y consciente de su raza hasta convertirse en uno de los más prometedores boxeadores de EEUU cuando volvió coronado con el oro olímpico de Roma 1960. Tras el paso a profesional y una serie de victorias contra rivales de envergadura, en 1964 se enfrentó a Sonny Liston por el campeonato mundial de los pesos pesados. Poca gente daba un duro por el joven aspirante. En aquella época, Cassius era ya famoso por su verborrea. Antes de la pelea contra Liston afirmó: “Sonny Liston no es nada. El tipo necesita lecciones de boxeo. Y puesto que va a pelear contra mí, necesita lecciones de cómo caer” Las bravuconadas lo acompañarían durante toda su carrera, en parte arrogancia, en parte espectáculo, en parte estrategia. El joven Clay venció a Liston por KO técnico y se proclamó campeón el mundo a los 21 años. En la revancha, Cassius, que se había convertido al Islam y había cambiado su nombre por el de Mohamed Ali, noqueó a Liston en el primer asalto con una serie de golpes tan rápidos y precisos que pasaron a la historia del boxeo con el nombre de “la mano fantasma”.

Mohamed Ali bailaba sobre el cuadrilátero. No era el más fuerte, pero era el mejor. Se involucró en la lucha por los derechos civiles de los negros y fue notoria su  participación en la Nación del Islam, en la que también militaba el icono Malcolm X. La Federación de Boxeo y las autoridades estadounidenses no veían con buenos ojos a aquel joven, arrogante, guapo y poderoso que se estaba convirtiendo por momentos en espejo de las reivindicaciones sociales de todo un pueblo. En 1966 fue llamado a filas para luchar en la Guerra de Vietnam. Alí no quiso ir a la guerra. En una entrevista telefónica lanzó una frase lapidaria: “Ningún Viet Cong me ha llamado negro”. Fue el principio de su infierno personal.  En Mayo de 1967, un Gran Jurado compuesto por blancos lo condenó a cinco años de cárcel y le impuso una multa de 10.000 dólares. La Federación de Boxeo le desposeyó del título de campeón y le retiró la licencia. Alí recurrió. El tiempo fue pasando en medio de una maraña de recursos y juicios. Malcolm X fue asesinado. Martin Luther King fue asesinado. La Guerra de Vietnam se convirtió en un infierno de napalm y bombardeos sobre aldeas indefensas. La opinión pública dio la espalda al gobierno estadounidense. La tensión creciente amenazaba con estallar.

Todo ello influyó para que Mohamed Ali pudiera volver al ring en 1970. Ganó un par de peleas y en Marzo de 1971 se enfrentó a Joe Frazier por el campeonato del mundo que le había sido arrebatado cinco años atrás. Ali perdió la pelea. Frazier, uno de los boxeadores más duros de todos los tiempos, consiguió lo que nadie hasta la fecha había conseguido jamás: tumbar y derrotar al mito. Poco después, el Tribunal Supremo de EEUU revocó la condena de Ali y sobreseyó todos los cargos que se habían levantado contra él. Mohamed Alí ganó la revancha contra Frazier a los puntos y se ganó el derecho a volver a luchar por su trono perdido. Sería contra George Foreman, el joven y poderoso boxeador en alza que había desposeído a Frazier, y sería en Kinsasha, capital de Zaire.

Aquello se denominó la pelea del siglo. Foreman era un pegador extraordinario. Ali, un estilista de 32 años que ya no gozaba de la rapidez de sus primeros días. Nadie en el mundo del boxeo pronosticaba una victoria de Ali. Si alguien quiere entrar en materia que eche un ojo al documental When We Were Kings, una maravilla que cuenta con todo lujo de detalles y con imágenes impagables la aventura de aquella pelea. Ali fue recibido en Zaire como un ídolo al grito de “Ali boma ye” (Ali, mátalo). Sus largos años de lucha y rebeldía le habían convertido en un símbolo para un pueblo africano pobre y falto de esperanzas. Tras un retraso por un accidente de Foreman, la pelea se celebró finalmente el 30 de Octubre de 1974, a cielo abierto, en el Estadio Nacional de Kinsasha. Ali, que se había pasado toda la estancia en Zaire lanzando arrogantes mensajes a su contricante (“El otro día luché contra un cocodrilo, peleé contra una ballena, he esposado relámpagos, he encerrado en la cárcel a truenos, yo asesiné a una roca, he herido a una piedra, hospitalizé a un ladrillo, soy tan malo que hago enfermar a la medicina”) sorprendió al mundo entero.

Todos esperaban un baile de Ali, todos estaban preparados para ver flotar a la mariposa, como en los viejos tiempos, para evitar los terribles golpes de Foreman. En lugar de eso, Ali decidió echarse continuamente sobre las cuerdas, donde recibía duros castigos por parte de su rival. Mientras encajaba, Ali conversaba con Foreman: George, me estás decepcionando, ¿por qué pegas como una niña, George? (no era raro ver a Foreman romper los sacos de arena durante los entrenamientos). Foreman se vaciaba sobre un Ali que resistía en sus tricheras sacando valiosas manos de cuando en cuando sobre el rostro de su oponente. Todo formaba parte de una estrategia para cansar a Foreman. En el octavo asalto llegó la combinación final. Ali salió de las cuerdas con la fuerza de un elefante y alcanzó a Foreman con una serie de golpes terribles y eternos. Foreman reculó. Ali, con el puño preparado para asestar el golpe final, vio como su rival caía lentamente a la lona. El golpe más famoso de la historia del boxeo, dicen, fue ese golpe que Ali nunca dio en medio de un clamor indescriptible de voces y gritos. Tras siete largos años, Ali volvía a recuperar el campeonato del mundo que le había sido injustamente arrebatado por las autoridades de un país que hoy lo glorifica como el mayor héroe deportivo de su historia.

Un héroe que luchó dentro y fuera del ring. En el momento crucial de su vida, aquella noche de Zaire de 1974, Ali, como los viejos héroes griegos, se vio frente a frente con el destino. El destino era un boxeador más joven, más fuerte y más preparado que él. Llegó a ese punto sin retorno en que un hombre se pregunta: ¿Y ahora qué vas a hacer? Y lo que hizo Mohamed Ali fue pelear. Y ganar. Y a la mierda el destino. Y a la mierda la muerte. Hoy, el viejo Cassius Clay, está enfermo de Parkinson y se mueve y habla con dificultad, él, que se movía como nadie y hablaba más que ninguno. Son las heridas de una vida dedicada a luchar. Dicen sin embargo, los que han tratado con él, que el hombre no siente ninguna compasión de sí mismo. Sigue siendo orgulloso y fiero como siempre.

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3 respuestas a Pelea, muchacho, pelea

  1. Pingback: Joe Frazier que vas a los cielos | desastrediario

  2. bello texto. Vos a poner lo mismo en mi pared.

  3. Es una buena frase para según qué momentos. Épica y a correr.
    Gracias por pasarte por aquí

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