La Gran Novela Americana

He perdido esta pierna. Ahora profetizo que mutilaré a mi mutilador. Seré, pues, profeta y ejecutor a la vez. Esto es más de lo que vosotros, oh grandes dioses, fuisteis nunca (…) Venid, Ahab os presenta sus saludos; salid y ved si podéis desviarme. ¿Desviarme? No podéis desviarme sin desviaros a vosotros mismos. El camino de mi resolución tiene rieles de acero por los cuales corre mi alma. ¡Sobre precipicios sin fondo, a través de los corazones áridos de las montañas me precipito sin desviarme! ¡No hay un solo obstáculo, no hay un solo recodo en los rieles de acero!
(Moby Dick; Herman Melville)

La literatura estadounidense ha dado un buen puñado de genios al mundo. Ahí están los primigenios Poe y Whitman. Ahí está aquella generación perdida de Hemingway, Dos Passos, Scott Fitgerald o Serwood Anderson. Ahí está Faulkner. Henry Miller. Truman Capote. Norman Mailer. El gran maestro olvidado John Fante. Tenesse Williams, Eugene O’Neill, Arthur Miller. Charles Bukowski. Raymond Carver. Salinger. Los capos de la novela negra: Raymond Chandler y Dashiell Hammet. Los que aún viven: Pynchon, DeLillo, Ellroy, Ford, Philip Roth. En fin. Hay una cosa: todo escritor estadounidense persigue el animal mitológico que preside la literatura del país: la Gran Novela Americana. El canon dice que en EEUU no se ha escrito un Quijote, un Ulises, Un Crimen y Castigo o un Hamlet. América es una tierra virgen en la que el Mesías siempre está por llegar. Eso fomenta la ambición. Tarde o temprano, todos se enfrentan al monstruo. El libro definitivo. Ha habido intentos gloriosos, como la monumental Mannhatan Transfer, de Dos Passos, El Ruido y la Furia, de William Faulkner, Suave es la noche, la novela que Scott Fitgerald nunca pudo terminar o El largo adiós, de Chandler, canto de cisne del cascado detective Marlowe. Generalmente los escritores resuelven esa tensión, que se les impone desde el corazón mismo de su tradición literaria, a base de novelones que rozan las mil páginas, engendros excesivos, desbordados por su propia pretensión.

El problema es que la Gran Novela Americana lleva escrita siglo y medio.

La escribió Herman Melville y se publicó en 1851. Se trata, por supuesto, de Moby Dick. No es una novela al uso y casi no es un libro. Moby Dick es una catedral. La historia es conocida: un joven, de nombre Ismael, se enrola en un barco ballenero, el Pequod, cuyo capitán, un misterioso hombre llamado Ahab, persigue incansablemente a un enorme cachalote blanco, Moby Dick. Eso es todo.

Es un monumento colosal. Desde los apéndices iniciales, en los que el autor suministra una completa síntesis de todo lo dicho acerca de las ballenas desde los días del Génesis, hasta el epílogo, encabezado por aquel versículo de Job que resume como nada la esencia de la literatura: Y escapé yo sólo para darte la nueva. Ismael, narrador testigo que apenas interviene en el devenir de los acontecimientos, símbolo del hombre arrastrado por el destino, escapa de la tragedia para mantener viva la llama de las historias que alimentan los sueños del hombre.

No hay nada en que no puedas pensar leyendo Moby Dick. El simbolismo de la obra se ajusta como un guante a cualquier interpretación. Moby es dios y Ahab la humanidad condenada. Moby es la naturaleza desbocada y Ahab el hombre desvalido. Moby es el dinero, Moby es el deseo, Moby es la perdición. Ahab es el corazón ambicioso de la humanidad, Ahab es el corazón podrido del hombre, Ahab es el corazón desquiciado que late en tu pecho. Ahab es el orgullo, la furia ciega, la rabia, Ahab es también el valor, la épica y el patetismo, el hombre que se levanta de nuevo. Ahab es la locura que nace de la soledad de nuestros días. El bien y el mal. El reverso tenebroso del hombre. La locura. Todo eso está en Moby Dick.

La estructura del libro es demencial. La acción se intercala en medio de largas disgresiones sobre las ballenas, casi un tratado de cetología, los usos y costumbres de la marinería en el siglo XIX, descripciones de los abismos marinos. Y a proa, siempre a lo lejos, la gran ballena blanca, perdida en la bruma, esquivando una y otra vez al viejo capitán. Un enfrentamiento anunciado que Melville alarga intencionadamente, consiguiendo una narración que respira el aire de las viejas historias contadas alrededor del fuego.

Ahab es el personaje por excelencia. La creación suprema. Pero hay más. Los tres oficiales: Starbuk, Stubb, y Flask. Los tres arponeros salvajes: Queequeg, Tashtego y Dagoo. El carpintero que fabrica para Ahab una pierna nueva de hueso de ballena, el herrero, el coro de marineros venidos de los cuatro puntos del mundo, las noches de vigilia como una obra de teatro en la que está representada la humanidad entera.

Escenas maravillosas. La primera aparición de Ahab, que se demora hasta bien entrado el viaje, el resonar de su pasos en cubierta, de noche, mientras los marineros duermen en la bodega, el sermón en Nantucket, el púlpito hecho con los restos de una ballena, el sacerdote narrando los pecados de Jonás, el doblón español de oro puro para el primero que divise a la ballena blanca, el misterioso Elías anunciando a Ismael la desgracia de Ahab antes de zarpar tal y como aquel otro Elías, en la Biblia, anunció la caída del rey Ahab de Israel, Queequeg, que sabe que va a morir, tallando su propio ataúd, la cacería final, la tragedia anunciada a lo largo de tantas páginas de narración extasiada, a ratos cansina, que estalla y se apaga épica cuando Tashtego, como el ángel caído que no quiso descender al infierno sin arrastrar con él un pedazo del cielo, se lleva consigo un halcón al abismo marino.

Todo comienza con una frase sencilla: Pueden ustedes llamarme Ismael.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Literatura y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s