Tormenta

Después de ocho años en Madrid, casi no recordaba estos días tan de primavera rozando Mayo en Jaén. Amanece cielo azul y sol en lo alto. Y a medida que avanza el día, caluroso, las nubes, blancas, altas y gordas, se aproximan por los flancos del cielo cercando el centro. El mundo a la tarde se vuelve gris. Las golondrinas y las palomas se ponen a cubierto y los álamos, color verde brillante a la vera del río, se cimbrean con un viento suave que les canta una nana. Luego, a eso de las cuatro, el viento se detiene. El mundo aguarda expectante. De pronto se rompe el cielo. Primero un relámpago, después un trueno. Y empiezan a caer, lentamente, gotas de agua enormes que se abren contra el suelo, pintándolo de oscuras manchas grises y pardas. Cuenta hasta diez. Cuenta hasta veinte. Cuenta un poco más y espera. Un nuevo relámpago, un nuevo trueno, se esparecerá el ruido y luego se apagará y entonces  empezará. Tormentas tan del sur, tan de Mayo. El agua cae en tromba, el cielo se desahoga. Es como si el mundo naciera de nuevo. Lluvia. Torrentes de agua y de tierra y de piedras bajan cerro abajo tiñendo de rojo oscuro las calles. Mira tras el cristal. Enciende un cigarro. Observa el humo. Míralo bailar. Pon una canción. Quizás esta. No lo parece, pero ha llegado el verano.

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