Grandes losers de la Historia de España: Amadeo I

Tú eres un príncipe de Italia, y estás ahí a tus cosas de príncipe, cuando resulta que te vienen a buscar de un país que te suena pero no mucho y te proponen que te vayas allí de rey. ¿Qué piensas? Algo así le sucedió a Amadeo Fernando María de Saboya, entre nosotros, Amadeo I, hijo de Victor Manuel II de Italia, que vino al mundo el 30 de Mayo de 1845 y fue monarca efímero de esta España nuestra durante tres años en el convulso siglo XIX.

1868 fue un año agitado en España. El almirante Juan Bautista Topete, natural de Veracruz, se alzó en armas en Cádiz contra el régimen de Isabel II. Con el apoyo de Juan Prim y Francisco Serrano, generales los dos de alto copete, la revolución se extendió desde Andalucía, levante arriba hasta Barcelona. La reina perdió el apoyo de los moderados: Narváez y González Bravo, presidente del gobierno y primer ministro respectivamente, dejaron sus puestos y a Isabel II no le quedó otra que salir por piernas camino del exilio francés. De aquella revolución, conocida en adelante como la Gloriosa, salió una nueva Constitución, bastante progresista para la época, y un lío curiosito: encontrar un nuevo rey.

A los Borbones, después de dos siglos de mamoneos varios, no se los quería ni esta mijita. Así las cosas, se hizo una lista de posibles aspirantes: desde el viejo general Espartero, que rechazó el ofrecimiento, a Fernando de Sajonia-Coburgo, ex-regente de Portugal, o el príncipe prusiano Leopoldo de Hohenzollen (hermoso apellido). Finalmente, el Parlamento, guiado por Prim, volvió sus ojos hacia Italia y allí encontro a Amadeo, príncipe piamontés, duque de Aosta y hombre de mundo. La votación en el Parlamento tuvo lugar el 16 de Noviembre de 1870. Amadeo ganó por un amplio margen. El 4 de Diciembre le fue comunicada la noticia y aceptó formalmente el cargo.

Las cosas salieron mal desde el principio. El 30 de diciembre de 1870 Amadeo desembarcó en Cartagena. Ese mismo día moría en Madrid el general Prim, su más firme valedor, debido a las heridas causadas por un atentado sufrido tres días antes. Lo primero que hizo el nuevo rey al llegar a Madrid, el 2 de Enero, fue acudir a la Basílica de Nuestra Señora de Atocha para rezar por el hombre que le había conseguido el trabajo. Luego marchó a las Cortes para jurar su cargo. Amadeo estaba solo en un país extraño, dividido políticamente, que rozaba la bancarrota y hacía frente a insurreciones contínuas en las colonias de ultramar. En pocas palabras, estaba jodido. Muerto Prim, republicanos, carlistas y moderados hicieron causa común contra el rey.

Un hombre inteligente, hábil en el juego de las estrategias políticas, con coraje y carácter, seguramente habría salido del paso. Pero Amadeo no tenía ninguna de esas cosas. Después de todo, era un príncipe. Lo suyo era la ópera y posar para los retratos. El pueblo, cabroncete como es, no tardó en ponerse en su contra. Las chuflas eran contínuas. El nuevo rey hablaba el español con la soltura de un finlandés de fin de semana en Torremolinos y tenía tanto carisma como una lata de atún. Aún así, era cumplidor: se esforzó en llevar a cabo su trabajo con seriedad y dejó hacer a gobierno y ministros. Tuvo que vérselas con la Tercera Guerra Carlista, con insurrecciones contínuas en Cuba y con una clase política que no le tragaba. “Esto es una jaula de locos“, dijo sobre el complejo juego de intrigas de la política española, el pobre mío.

Cansado de todo y de todos, Amadeo I renunció al trono el 11 de Febrero de 1873. El Ejército le había propuesto prescindir de las Cortes y gobernar el país de manera autoritaria, con apoyo militar. Se negó. Su discurso de renuncia fue elegante y claro. Quizá el único desahogo de un rey al que no le dieron la más mínima oportunidad:

Dos años largos ha que ciño la corona de España, y la España vive en constante lucha, viendo cada día más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Si fueran extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la nación son españoles (…) entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible afirmar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar remedio para tamaños males. Los he buscado ávidamente dentro de la ley y no lo he hallado. Fuera de la ley no ha de buscarlo quien ha prometido observarla.”

Después de abandonar el cargo, Amadeo volvió a Italia, a Turín, ciudad en la que había nacido y en la que murió el 18 de Enero de 1890. Tras su marcha, España declaró la I República, que sobrevivió dos años, hasta diciembre de 1874, pero ya entonces llevaba mucho tiempo herida de muerte. En 1875, sólo siete años después de la marcha de Isabel II, su hijo Alfonso XII subió al trono y dio comienzo a la etapa histórica conocida como la Restauración. Otra vez los Borbones.

El fin de semana pasado estuve en Santander, ciudad ciertamente bonita. Caminando por un largo y hermoso paseo paralelo al mar, reparé en una angosta calle que se abría a la derecha, una vía completamente accesoria y feúcha, estrecha y oscura y dejada de la mano de dios. Llevaba el nombre de Amadeo I. Los caminos de la historia son curiosos y encierran amargas ironías. Con mejor suerte, tal vez el paseo llevaría el nombre de Amadeo y la pequeña calle otro cualquiera. Tal vez las ciudades españolas estarían hoy llenas de grandes avenidas, plazas y bulevares con su nombre. Pero Amadeo nunca tuvo suerte. Ni siquiera cuando allá en el Piamonte, en su juventud de príncipe despreocupado, alguien contactó con él para proponerle una aventura descabellada: gobernar una nación ingorbenable que tras siglos de grandeza se hallaba inmersa en una decadencia irremediable. Demasiado para un perdedor melancólico que sólo quería agradar.

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3 respuestas a Grandes losers de la Historia de España: Amadeo I

  1. Ya veo que tu visita a Santander ha servido de algo… jejeje.

    Si tu paseo hubiera sido un poco más largo, habrías podido disfrutar con el callejero santanderino: Es difícil no encontrar los vestigios franquistas…

    ¿Ley de Memoria Histórica? Más adelante, tal vez…

  2. Bueno, al menos quitásteis a Franco, que estaba ahí bien puesto en medio de la plaza aquella. Algo es algo…

  3. Algo es algo, sí. Fuimos de los últimos en quitar la estatua a caballo de Franco, que no estaba escondida precisamente: Ocupaba un lugar central en la Plaza del Ayuntamiento.

    Y que conste que la quitaron no hace más de dos años, aprovechando que iban a renovar ese espacio de la ciudad.

    El circo que se montó fue bastante peculiar…

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