Dylan Thomas

A Dylan Thomas lo mató la bebida. O la vida. Nunca se sabe. Nació en Swansea, Gales, en 1914. La I Guerra Mundial destrozaba Europa. Se murió en Nueva York, en 1953. Después de beber dieciocho whiskys, he batido el récord, dicen que anunció, y se montó en un taxi y se marchó al Hotel Chelsea, donde mucho después Leonard Cohen compondría aquella canción sobre Janis, y allí sufrió una hemorragia cerebral, y después el coma, y al final la muerte. Resulta complicado enmarcarlo dentro de las corrientes literarias de su época. Fue su propia literatura y tenía una voz maravillosa. Dejó dicho que “la poesía debe ser tan orgiástica y orgánica como la cópula, divisoria y unificadora, personal pero no privada, propagando al individuo en la masa y a la masa en el individuo”. Su poesía está hecha de imágenes oscuras y en ella resuenan ecos bíblicos y voces antiguas, de un mundo que era más puro y más peligroso.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.

Esto es:

Y tú, padre mio, allá en tu cima triste,
Maldíceme o bendíceme con tus fieras lágrimas, lo ruego.
No entres dócilmente en esa buena noche.
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

Del poema Do not go gentle into that good night. No entres dócilmente en esa buena noche. Que él mismo recitaba así:

 

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