Libia: Capítulo Cinco

Silvio Berlusconi, Nicolas Sarkozy, Dimitri Medvedev, Barack Obama, Ban Ki Moon y Muammar el Gaddafi, en la cumbre del G-8 de L'Aquila, en 2009

Todo parece indicar que hemos llegado al primer clímax de la obra. Tras un arranque vertiginoso, cuando parecía que los insurgentes arrasarían a Gaddafi y los suyos, la narración dio un giro asombroso: el coronel empezó a recuperar terreno hasta encerrar a los rebeldes en Bengasi. Todo parecía perdido. Pero un nuevo giro del destino ha revertido la situación. Las fuerzas se igualan, la narración vuelve a tomar aire, los rebeldes cobran impulso, Gaddafi ya no las tiene todas consigo. Es el capítulo cinco, que puede cambiar la obra para siempre o, sencillamente, postergar durante unas cuantas páginas más un desenlace que hasta hace bien poco se daba por sentado. Sea como sea, los últimos acontencimientos añaden una fuerte dosis de suspense a un conflicto que se hallaba narrativamente estancado.

Decíamos el lunes que Gaddafi tenía la situación bajo control.  Tomada la ciudad de Brega y sitiada Ajbadiya, los rebeldes retrodecían hacia Tobruk y Bengasi. El hijo mayor de Gaddafi, Saif al Islam, compareció ante las cámaras de la televisión libia para anunciar que la revuelta tenía los días contados. Arrogante y frío, nada que ver con aquella intervención al comienzo de la insurrección, Saif arremetió contra los rebeldes y aprovechó para mandar un recadito a Nicolas Sarkozy, al que llamó payaso y al que acusó de haber recibido dinero de su padre para financiar su campaña en las últimas elecciones presidenciales de Francia. Poco después, el Hermano Líder habló por radio. Ofreció una amnistía a los rebeldes que depusieran las armas. Aseguró que su fuerza aérea bombardearía Bengasi. Dijo que entraría en la ciudad rebelde como Francisco Franco en Madrid: sin piedad. “Iremos casa por casa, puerta por puerta”, aseguró.

Entonces ocurrió. El capítulo cinco. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó en la noche del jueves la Resolución 1973 (2011), dando así luz verde a una intervención militar armada en Libia. La resolución fue aprobada a propuesta de Francia, Libano y Reino Unido. Hubo cinco abstenciones: Rusia, China, India, Brasil y Alemania. Nada más conocerse la noticia, los rebeldes salieron a festejar la buena nueva por las calles de Bengasi. Las portadas de los periódicos se volvieron a llenar de hombres y mujeres ondeando la bandera tricolor de la Libia pre-Gaddafi.

En la práctica todo esto se traduce en una intervención armada y en una nueva guerra asimétrica. Occidente vuelve a colocarse el uniforme de batalla. La ONU respalda la zona de exclusión aérea, pero hay más: autoriza cualquier tipo de ataque por mar o por aire con el objeto de destruir la fuerza aérea y el armamento en poder de Gaddafi. Sólo se excluye el despliegue de fuerzas de ocupación. Por el momento. La resolución 1973 sólo tiene un precedente: la resolución 816 aprobada el 31 de Marzo de 1993 con motivo de la guera en Bosnia-Herzegovina.

España se apunta a la ofensiva. El Gobierno ha ofrecido seis cazas,  una fragata y el uso de las bases militares de Morón y Rota. Zapatero, que empezó su mandato envuelto en la bandera del pacifismo (retirada de las tropas de Irak) se dispone a terminarlo con soldados en Afganistán, Líbano y Libia. Aunque las tres misiones están auspiciadas por Naciones Unidas y la situación no es comparable a la de Irak, cuya invasión era a todas luces ilegal desde el punto de vista del derecho internacional, no deja de ser curioso.

Gaddafi sabe que no puede oponer ningún tipo de resistencia militar. Una vez se dio luz verde a la intervención, el coronel se apresuró a declarar un alto el fuego, que, según fuentes de la resistencia, no se ha llegado a respetar. También ha escrito cartas a Barack Obama, Nicolas Sarkozy, David Cameron y Ban Ki Moon. En ellas argumenta que la resolución de la ONU no es válida y que lamentarán la intervención. Y ha asegurado que el pueblo libio está dispuesto a morir por él.

Y así llegamos al momento actual. En la cumbre de París celebrada hoy mismo, con Nicolas Sarkozy como anfitrión, los países aliados han llegado a la conclusión de que Gaddafi sigue atacando Bengasi e incumpliendo así su autoproclamado alto el fuego. Poco después, aviones franceses han llevado a cabo los primeros bombardeos sobre territorio libio. Según el Ministerio de Defensa francés, el ataque ha comenzado a las 17:45. Al Yazira afirma que han sido destruidos cuatro tanques libios.

Así las cosas, Gaddafi se encuentra contra las cuerdas.  No se ven cartas jugables al alcance del coronel: puede negociar utilizando el aluvión de inmigrantes ilegales hacia Europa que provocará el recrudecimiento de la guerra, pero se antoja difícil. Occidente no puede permitirse actuar a medias. Una vez comenzada la intervención habrá que llegar hasta el final, lo cual implica deponer a Gaddafi y forzarlo al exilio. La otra salida de Gaddafi es resistir en una guerra de desgaste. El recuerdo de Irak es demasiado cercano y la opinión pública puede volverse en contra de sus propios gobiernos si el conflicto se alarga y endurece.

Y otra cosa. La revolución será asfixiada. Ya no será árabe, sino guiada e instrumentalizada desde Occidente. Los insurgentes han pedido ayuda a Occidente. Ya la tienen. Pero cuando todo esto termine, Occidente pasará la factura. Y no será barata. Habrá que estar atento a los intereses de las multinacionales en la reconstrucción de un país (véase Irak) con enormes reservas de petróleo y una situación geoestrátegica privilegiada en el Mediterráneo. Y habrá que estar atento al nuevo statu quo que salga de la guerra. Si de todo esto nace una democracia, será, en el mejor de los casos, una democracia a la palestina, es decir, con resultados bendecidos previamente desde el primer mundo.

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