Bahréin

Protestas chiíitas en Manama, capital de Bahrein

Bahréin amanece peligroso. Tras varios días de protestas, el rey decidió el jueves pasado desalojar a sangre y fuego la plaza de la Perla de Manama, el equivalente a la plaza del Tahrir en Egipto. El ejército se empleó a fondo. Murieron tres personas. Hubo en torno a 230 heridos. El gobierno decretó el estado de expceción y sacó los tanques a la calle.

Hablamos de un pequeño archipiélago de treinta y tres islas que constituye un reino de aproximadamente 1’2 millones de habitantes de los cuales 700.000 son bahreníes. El país, como otros emiratos de la región, se caracteriza por albergar gran número de inmigrantes que acuden siguiendo la estela de los petrodólares. Los aficionados a la Fórmula 1 conocerán este pequeño país: aquí ha ganado tres veces Fernando Alonso. Más allá de aspectos deportivos, Bahréin es una monarquía constitucional de aquella manera, que es la manera de Marruecos  o Jordania: lo de constitucional es una forma de hablar.

La economía de Bahréin tiene un producto estrella: el petróleo. Sobre él se ha ido construyendo un proyecto modernizador que incluye grandes rascacielos, turismo de lujo y facilidades fiscales para la banca internacional: Bahréin es zona franca y se ha convertido en sede de numerosos bancos y centro  de negocios de tralla. Además, el país posee reservas de gas natural y bauxita. Los bahreníes, pese a todo, tienen la renta per cápita más baja de todo el Golfo Pérsico.

Este señor es Hamad bin Isa Al Khalifa, emir de Bahréin desde 1999 y rey desde 2002. Pertenece a la dinastía al Khalifa que gobierna el país desde la independencia de Persia en 1783. El actual primer ministro, Khalifa bin Salma Al Khalifa, es el tío del rey. Todo queda en familia. La democracia bahreiní es una cáscara vacía. En la práctica la familia real dirige el país.

No se puede decir que el rey Hamad sea un brillante estratega. A fuerza de reprimir violentamente a sus súbditos y tratar por todos los medios de impedir el acceso a internet, ha logrado convertir unas protestas en principio reformistas en una revolución que pide ya la cabeza del rey y de toda la famila Al Khalifa.

Y ahora  una obviedad: Bahréin no es Egipto. Y otra: Bahréin no es Túnez. El conflicto de Bahréin es político, sí, los ciudadanos reclaman derechos civiles y libertades, también, pero al mismo tiempo el conflicto tiene un matiz religioso: la mayoría chií lucha para arrebatar el poder a la minoría suní, a la que pertenecen la familia real y toda la clase dirigente del país.

Un inciso.

Año 632 d.C. Muere Mahoma y el asunto de su sucesión se convierte en un problema para los musulmanes. Tras varios candidatos débiles, es elegido Alí, primo y yerno de Mahoma, como único y legítimo sucesor. Su nombramiento fue acogido con recelo por una parte de la comunidad, que se levantó en armas y propuso a Muawiya, gobernador de Siria y miembro del clan de los Omeya. Los seguidores de Alí fueron llamados chíies o chíitas (literalmente del partido de Alí). Los que apoyaron a Muawiya adoptaron el nombre de suníes o sunitas, por la importancia capital que conceden a la Sunna, colección de dichos y hechos de Mahoma que  fueron recogidos de forma oral y que los suníes colocan a la altura del Corán. Ambos bandos decidieron resolver la cuestión en la batalla de Siffin, en el año 661. Pero ocurrió un hecho inesperado. Dentro del bando chií, surgió una tercera facción: los jariyíes o jariyitas (los que salen). Estos decidieron cortar por lo sano asesinando a los dos pretendientes: a diferencia de las otras dos facciones, que consideraban que sólo un noble podía ocupar el trono califal, los jariyíes consideraban que la dignidad del Califa emanaba de la comunidad, y que este podía ser cualquier hombre, incluso un esclavo, a condición de que fuese íntegro y honrado. Los jariyíes, sin embargo, sólo lograron su objetivo a medias: asesinaron a Alí, pero no a Muawiya. Los suníes, pues, lograron imponer su voluntad y, a día de hoy, son la principal rama del Islam: en torno a un 85% de los musulmanes pertenecen a esta corriente. Entre el 10 y el 15 por ciento pertenece a la rama chií. Los jariyíes y otras corrientes son muy minoritarías.

Una puntualización: las diferencias entre chíies y suníes son puramente religiosas, y aunque el Islam se ha extendido enormemente a lo largo de todo el mundo desde los días de la batalla de Siffin y hoy es practicado por personas de muy variadas razas, la separación entre unos y otros no tiene nada que ver con motivos étnicos.

Los chíies son mayoría en Irán, Azerbayán, Irak, el sur del Líbano y Bahréin.

Y aquí viene el lío.

Primero: Irán ha invocado la “hermandad chií” para apoyar las revueltas. Hay que recordar que Bahrein formó parte hasta hace trescientos años del Imperio Persa, cuyos restos conocemos hoy como Irán.

Segundo: EEUU se encuentra en una nueva encrucijada. Bahrein ha sido históricamente un importante aliado de los estadounidenses, que cuentan incluso con una base militar en el país. La administracion Obama ha condenado tibiamente la represión, pero la postura americana es ambigua. Ni Obama ni Hilary Clinton han lanzado un mensaje claro contra el régimen como ocurrió en el caso egipcio. EEUU debe hilar fino para apoyar la revuelta y mantener al mismo tiempo sus privilegios en el país sea cual sea el resultado final de la misma. Diplomacia.

Las manifestaciones seguirán hoy. Tras el desalojo del jueves los manifestantes han vuelto a intentar varias veces volver a la plaza de la Perla sin éxito. El ejército impide la entrada. Los muertos y heridos aumentan enrareciendo aún más el ambiente. El rey sigue sin anunciar ningún tipo de reforma. Sus únicas propuestas son, por ahora, la violencia y la censura. Es probable que esté sobrevalorando sus capacidades y sus apoyos.

El tiempo dirá.

 

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