Ajedrez

 

Bobby Fischer jugando con blancas

Hay quien sostiene que el ajedrez prueba la existencia de Dios porque algo tan complejo no pudo salir de la mente humana. Un tablero con sus 64 casillas y sus 32 piezas es algo aparentemente sencillo, pero bastan unos conocimientos mínimos y cierto espíritu aventurero, el necesario para asomarse al abismo que el juego propone, para sentir el vértigo y el peligro, la atracción fatal y la belleza que emergen del antiguo campo de batalla.

Bobby Fischer era un adolescente de 13 años cuando disputó por primera vez el Torneo Rosenwald de Nueva York, del que salía, en la práctica, el campeón profesional de los EEUU. Era el año 1956. Ganó un par de partidas y consiguió un buen número de tablas ante jugadores mucho más experimentados, todo un éxito hasta ese momento inconcebible en un muchacho de su edad. La siguiente posición corresponde a la partida que Fischer, con negras, disputó en aquel torneo contra el Gran Maestro Donald Byrne.

Posición tras 17. Rf1

En principio, la cosa está jodida para las negras. Byrne mantiene una doble amenaza sobre Fischer: la dama de b6 puede ser capturada por el alfil de c5, y el caballo de c3 puede a su vez ser capturado por la dama blanca de a3. Lo más sensato, a primera vista es salvar la dama llevándola a un lugar seguro, renunciar a la victoria y buscar unas tablas honrosas. Pero Fischer nunca buscaba las tablas. E hizo algo asombroso:

Posición tras 17. ...Ae6

Fischer retrasó su alfil en g4, que clavaba el caballo blanco amenazando la torre, y lo llevó hasta la tercera casilla de la columna de rey. Sacrifica su dama, dejándola a merced del alfil blanco y crea, en un instante, una obra de arte incontestable. Byrne comete el error de tomar la dama. Fischer contesta tomando el alfil blanco en c4, provocando un jaque que obliga al rey a escapar a g1 (la torre  negra que aparece como por casualidad en e8 impidiendo la huida del rey hacia el centro forma parte de la magia). De pronto, la posición blanca, incontestable una jugada atrás, se derrumba y, como la torre de Babel, es destrozada por la ira acerada de un dios vengativo. Con un impecable juego de caballo y alfil, Fischer toma las dos torres blancas y el alfil de Byrne, cediendo a cambio una torre. Finalmente, el rey blanco emprende un largo camino hacia el cadalso desde h2 a c1, donde una acción conjunta de torre, alfiles y caballo propicia un mate inolvidable (Aquí la partida completa)

Para mí es arte. La maniobra del alfil, las diagonales que se abren implacables y la tormenta geométrica que se desata después con el caballo y las torres contienen el ritmo preciso de un buen poema y el desenlace mortífero de una tragedia griega. Donde aparentemente no hay nada Fischer hace brotar la belleza. De una manera sencilla, todo se ilumina: con un movimiento preciso lo invisible aparece ante nuestros ojos como si siempre hubiese estado ahí. Arte.

Bobby Fischer se proclamó campeón del mundo en 1972 venciendo a Boris Spasski en el match celebrado en Reijkiavik, considerado el más intenso y espectacular de todos los tiempos. Algunas de las partidas entre el americano y el ruso, especialmente la sexta, en la que Fischer destrozó a Spasski con las blancas, la undécima, que Spasski ganó con blancas retrasando un caballo para unos cuantos movimientos después aniquilar la reina de Fischer en una jugada arrebatadoramente bella y misteriosa, y la decimotercera, en la que, tras 74 movimientos, Fischer venció con negras e inclinó definitivamente la balanza del campeonato a su favor, están entre las más impactantes de la historia del ajedrez.

Después de aquello, Bobby Fischer se retiró y nunca volvió a jugar de manera profesional. Se negó defender el título mundial ante Karpov en 1975 y perdió por incomparecencia. Se ha discutido mucho sobre eso. Dicen que tenía pánico a la derrota. Yo digo que uno no crea tanta belleza y queda impune. Cuando se alcanza la perfección no se puede subir más alto y sólo queda descender uno a uno los peldaños a la mediocridad de todos los días. Hay quien lo asume y lo soporta. Hay quien no puede. Fischer no quiso.

Regresó simbólicamente en 1992, en Belgrado, para reeditar el match celebrado veinte años antes contra Spasski. Y volvió a vencer.

El Ajedrez es cruel. Es una metáfora de la guerra que encierra una belleza sutil y laberíntica. El tablero es un espejo que refleja la victoria y la muerte. Muchos grandes ajedrecistas perdieron la cordura entre las 64 casillas. Wilhelm Steiniz, primer campeón del mundo oficial en 1886, aseguraba al final de sus días que había inventado un artilugio que le permitía comunicarse con Dios. Pretendía jugar una partida contra el Todopoderoso y afirmaba que, para igualar las cosas, le dejaría jugar con blancas y le daría un peón de ventaja.

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2 respuestas a Ajedrez

  1. Creo que lo he entendido. O no.

    Siempre fui mejor jugador de ajedrez a partir de las cinco de la mañana, con un cubata en la mano…

    Pero entonces, ¿hay dios, o no hay dios?

  2. Yo tampoco lo entiendo muy bien. El caso es que mola, me aficioné después de acabar la carrera, para ir entreteniendo un poco el paro. Tiene su aquel. Con un cubata y a las cinco la mañana juegas con cuatro caballos, cuatro torres, dos reinas, dos reyes, dieciséis peones… mucho más fácil!

    Si hay dios, disimula muy bien

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