De la moral y las bellas artes

¿Se puede ser un hijo de puta indeseable y crear al mismo tiempo una obra de arte maravillosa?

Louis-Ferdinand Céline escribió la mejor novela del siglo XX. También redactó furiosos manifiestos antisemitas y colaboró con los nazis durante la ocupación francesa en la Segunda Guerra Mundial. Lo pagó: al término de la guerra fue condenado a muerte, pena que evitó huyendo a Dinamarca, donde fue encarcelado hasta que una amnistía le permitió regresar a su país. Y lo sigue pagando: este año se cumplen cincuenta ídems de su muerte y el gobierno francés, que pensaba festejar tal efeméride por todo lo alto ha terminado por anular de improviso todos los actos debido a la polémica desatada entre ciertos sectores del país.  Su obra fue y sigue siendo estigmatizada por mojigatos y apóstoles de lo políticamente correcto, a pesar de lo cual, sigue publicándose y traduciéndose con aceptables niveles de ventas.

¿Fue Céline un cabrón? Sin ninguna duda. ¿Resta eso algún mérito a su obra? Ni esta mijita. ¿Somos unos desalmados sus lectores? No lo creo.

El tío era nazi. Bien. El tío era antisemita. Allá cada uno lo suyo. Escribió un libro. Pero qué libro. Por partes. El Viaje al fin de la noche, que tal es el nombre de la criatura, es una bomba de estilo. Al chache Céline lo acusaron de mutilar la lengua gabacha a base de puntos suspensivos, una sintáxis imposible y un borbotón de palabras escupidas con rabia de heridas abiertas. Fue su primera novela y sirvió para partir la literatura francesa de la época: habría que haber visto a los Gidé, Malraux, Artaud y compañía. Habría que haber visto sus caras mientras leían aquella pedrada en la frente escrita por un médico de barrio chungo ex-funcionario de la Sociedad de Naciones. Las primeras setenta páginas, en las que el narrador describe su experiencia en la Primera Guerra Mundial, son el más certero alegato antibelicista que yo haya leído jamás. El tono de la novela es pesimista, los personajes son ruines y egoístas, incluido el narrador, que mediada la novela suelta semejante declaración de amor, dirigida a una prostituta de Detroit:

Entró el tren en la estación. Yo ya no estaba demasiado seguro de mi aventura, cuando vi la máquina. Besé a Molly con todo el valor que me quedaba en el cuerpo. Me daba pena, pena de verdad, por una vez, todo el mundo, ella, todos los hombres.

Tal vez sea eso lo que busquemos a lo largo de la vida, nada más que eso, la mayor pena posible para llegar a ser uno mismo antes de morir.

Años pasaron desde aquella marcha y más años… Escribí con frecuencia a Detroit y después a todas las direcciones que recordaba y donde podían conocerla, a Molly, saber de su vida. Nunca recibí respuesta.

Ahora la casa está cerrada. Eso es lo único que he sabido. Buena, admirable, Molly, si aún puede leerme, desde un lugar que no conozco, quiero que sepa sin duda que yo no he cambiado para ella, que sigo amándola y siempre la amaré a mi modo, que puede venir aquí, cuando quiera compartir mi pan y mi furtivo destino. Si ya no es bella, ¡mala suerte! ¡Nos arreglaremos! He guardado tanta belleza de ella en mí, tan viva, tan cálida, que aún me queda para los dos y para por lo menos veinte años aún, el tiempo de llegar al fin.

Para dejarla, necesité, desde luego, mucha locura y un carácter chungo y frío. Aún así he defendido mi alma hasta ahora y Molly me regaló tanto cariño y ensueño en aquellos meses de América que, si viniera mañana la muerte a buscarme, nunca llegaría a estar, estoy seguro, tan frío, ruin y grosero como los otros.

Hermoso, ¿verdad?

Céline escribió más libros pero nunca superó el primero. Muerte a crédito y Guignol’s Band, que cierran la trilogía abierta con el Viaje, tienen grandes momentos pero no alcanzan la maravilla de aquel. El resto de novelas y el volumen que recoge sus cartas desde la cárcel carecen de interés más allá de su fascinante prosa. Son el vehículo de justificación de un anciano derrotado que se sienta en el jardín a esperar a la muerte.

El Viaje no es una novela agradable de leer pero no es una novela nazi o antisemita. Es literatura realista y chunga, comprometida en reflejar la miseria del mundo. La negativa del Gobierno francés a reivindicar la obra de Céline no es sino consecuencia del signo de los tiempos, gilipollas en extremo. Toda literatura amable en los tiempos que corren y en los tiempos que corrieron es un artificio reaccionario. Propaganda contrarrevolucionaria. El escritor debe hacer que el lector piense y dude. Los escritores que mascan su mierda y se la dan  empaquetada y lista para tragar al lector son escritores que escriben para lectores gilipollas y fabrican ciudadanos gilipollas.

La tragicomedia celiniana, con su humor, su desesperación, su ternura, su escatología, su poquito de penas y su arrebatada sinceridad está a la altura de las grandes creaciones de la inteligencia humana. Existe un abismo que separa la sucia realidad del hombre y la pureza de sus sueños. Esa es la lucha que se expresa en Céline y en tantos otros hijos de puta que nos dejaron obras de arte maravillosas. El hombre es hombre en la cotidianeidad pero alcanza la altura de dios en la creación. Eso se llama redención.

Céline no se llamaba Céline. Su verdadero nombre era Louis Ferdinand Auguste Destouches. Eligió como seudónimo el nombre de su abuela. Luchó en la Primera Guerra Mundial y quedó inválido de por vida. Hasta el mismísimo día de su muerte sufrió vértigos y mareos a causa de las heridas que recibió en la cabeza. Le pitaban continuamente los oídos y padecía de insomnio.

Murió en París en 1961, acompañado por su esposa, Lucette, y un buen puñado de gatos.

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4 respuestas a De la moral y las bellas artes

  1. ¡Cómo te gustan los malditos!

  2. Muuucho más entretenidos que los otros. Y más interesantes.

  3. Te has adelantado a El País, ¿cuándo trasladan tu sillón a la redacción de cultura?

    http://www.elpais.com/articulo/sociedad/hacemos/genios/infames/elpepisoc/20110220elpepisoc_1/Tes

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