Lunes de Resaca

Egipto sigue revuelto. Después de días de protestas ininterrumpidas, con picos de tensión el martes y el viernes de la semana pasada, el país vive ahora una calma tensa, a la espera de nuevos acontecimientos.

El sábado fue un día muy agitado. Los rumores corrieron como la pólvora. Primero se anunció que el vicepresidente Omar Suleiman podría haber sufrido un atentado que habría costado la vida a dos de sus guardaespaldas, hecho que se desmintió más tarde. Un gasoducto explotó en la Península del Sinaí y el gobierno habló de un sabotaje que continúa sin confirmar: el ejército fue movilizado y el caos amenazó con tomar de manera definitiva el país, aunque la cosa no pasó a mayores. Más tarde se confirmó que los bancos habían recibido una inyección de dinero: los egipcios, que debido a la paralización del país, llevaban días sin cobrar sus salarios, hicieron cola y colapsaron sucursales por todo Egipto. Por último, la cúpula en pleno del Partido Nacional Democrático dimitió dejando solo y muy debilitado a Hosni Mubarak. Entre los dirigentes que dejaron su cargo se encontraba Gamal Mubarak, hijo del actual presidente y sucesor in péctore hasta el comienzo de la revuelta: su dimisión implica su renuncia formal a presentarse a las elecciones. La tormenta informativa llegó a su apogeo cuando se anunció la dimisión del propio Mubarak como líder del PND, noticia que fue desmentida poco después.

Así las cosas, el domingo comenzaron las conversaciones entre los distintos actores políticos con vistas a la futura transición: Omar Suleiman se reunió con representantes de todas las fuerzas de oposición, incluidos los Hermanos Musulmanes. El vicepresidente ha ofrecido reformar la Constitución para, entre otras cosas, limitar el mandato presidencial. Sería el comienzo de algo, pero la oposición no se fía.

Y llegamos al lunes. Calma tensa. Egipto coge aire. Las propuestas de Suleiman no convencen a todos y Mubarak, nadie lo olvida, sigue en su cargo. La población sospecha. La multitud en la plaza del Tahrir ha disminuido considerablemente pero la revuelta no ha terminado: muchos manifestantes han acampado en el epicentro de la revolución y los tanques siguen en su sitio. Los movimientos de los próximos días serán observados con lupa.

Esto en cuanto a los hechos. Ahora vienen las preguntas. Número uno. ¿Por qué sigue en pie Mubarak? Egipto, ya lo dijimos, no es un país cualquiera, ni en Oriente Medio ni en el mundo árabe. El país de los faraones vivió momentos de gloria en los años 50 del pasado siglo bajo el gobierno de Gamal Abdel Nasser, una suerte de padre de la patria y pionero del nacionalismo panarábico. Egipto se alzó como uno de los principales líderes del Movimiento de Países No Alineados durante la Guerra Fría y arrastró con él a la gran mayoría de países árabes de la región. Nasser nacionalizó el Canal de Suez y construyó, con financiación soviética, la gran presa de Asuán. Junto a Siria, llegó a crear la República Árabe Únida, que tuvo una vida corta, pero fue el primer intento serio de unir en una sola entidad al siempre disperso mundo árabe. Egipto se convirtió, en pocas palabras, en el hermano mayor de todos y, aunque la influencia de Nasser decayó a raíz de las derrotas militares en las guerras contra Israel, el país ha seguido manteniendo cierta aura de grandeza en el mundo árabe. La caída de Mubarak dejaría al resto de países árabes un mensaje muy claro: si este ha caído, cualquiera puede caer. La tormenta perfecta que Hillary Clinton anunció el sábado en Munich. Algo que EEUU no parece dispuesto a tolerar: hoy por hoy, en Occidente aún hay miedo a la democracia árabe. Hay que añadir además la pasividad del Ejército y de la mayoría de la oposición, que se inclina cada día más por la transición negociada.  (A todo esto, se confirma que la Unión Europea tiene nula influencia en conflictos inernacionales serios: ¿alguien ha oído a la Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores, señora Catherine Ashton, o al Presidente del Consejo Europeo, señor Van Rompuy, abrir la boca?)

Segunda pregunta. ¿Ha fracasado entonces la revuelta? De ninguna manera. Los egipcios han logrado, en primer lugar, deshacerse de Mubarak. El actual presidente no podrá ya presentarse a las próximas elecciones y su poder ha disminuido de tal manera que podría afirmarse que es inexistente. Su hijo Gamal tampoco le sucederá. La salida del poder de Mubarak no será tan espectacular como la de Ben Alí en Túnez, pero será. En segundo lugar, si las reformas anunciadas se concretan, la revuelta habrá servido para mejorar las condiciones de vida en Egipto. En tercer lugar, los egipcios, como en su momento los tunecinos, han dado una lección a sus gobernantes y, de manera indirecta, a los nuestros: en el futuro tendréis que contar con nosotros.

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