El Extraño

 

1.

Si les pidiera – y no pienso hacerlo – que guarden esta calle en su memoria el encargo no les resultaría sencillo. Ocurre que no hay un acontecimiento fortuito o o un lugar revestido de interés donde fijar la atención. Hay repartidas por el mundo millones de calles semejantes a esta semiavenida desierta del borough de Queens, Nueva York. Por eso les advierto – una advertencia de buen ciudadano, sin sombra de amenaza – que sigan mis indicaciones si no quieren perderse. Ahí enfrente tienen ustedes el colmado del señor Hang, especialista en delicatessen asiáticas. El señor Hang hace negocio con sus patos desplumados y sus especias lejanas, a pesar de que en el vecindario se rumorea que sus prácticas contradicen todas las recomendaciones del departamento de Sanidad. Si siguen caminando, un poco más adelante encontrarán el taller de Ramiro de la Pena, donde los mexicanos fumar cigarrillos de liar y esperan la reparación de sus autos de segunda mano criticando a sus mujeres, que perdieron el encanto, se volvieron idiotas y además tienen el culo gordo. Qué alaridos, qué de quejas. Y no hay un coche que salga del taller circulando derecho. Si después del espectáculo de risotadas gruesas, gritos, juramentos, vivas a la Virgen de Guadalupe y latas de cerveza vacías resonando contra la acera todavía les quedan ganas de continuar el paseo, es decir, si siguen adelante, entrarán ustedes en territorio ruso. No hay una frontera definida pero si son observadores descubrirán que los hombres y, sobre todo las mujeres, que le salen al paso poseen una mirada más profunda de lo habitual, una luz  trágica.

La oleada de emigrantes que ahora ocupan la mayor parte de las viviendas en las ocho manzanas que van desde la 24 a la 32, allá al fondo, donde el tráfico se espesa, llegó a principios de los años setenta. Se dejaron caer en este pedazo de ciudad sin ningún motivo concreto. Estaban cansados, eso es todo. Traían un idioma lleno de giros extraños y gruesos pulóveres de invierno. Dimitri Márkov abrió una licorería que se no tardó en constituirse en punto de reunión habitual de los emigrados. Ivana Aliojova puso en marcha una pequeña emisora de radio que los intelectuales de la comunidad – escritores, periodistas y, en menor medida, fotógrafos, pintores, directores de cine – utilizan para arrojarse a la cara sus miserias y sus rencillas en largas tertulias a la hora de la sobremesa.

Uno de los habituales en el programa de radio de Aliojova es el librero Abraham Yakunovitz, cuya tienda de especímenes raros y primeras ediciones ocupa un pequeño local comercial frente a la licorería de Dimitri Markov.  

No es ningún secreto que Abraham Yakunovitz añora San Petersburgo. En Petesburgo las cosas estaban vivas. Uno podía encontrarse con Dostoievski, así, et voilá, una noche cualquiera. Porque en Petersburgo – Yakunovitz respiraba hondo, hinchando el pecho – Dostoievski era un vecino, camaradas. El viejo Fiodor salía del casino, tembloroso y con los ojos hundidos. Empezaba a quedarse calvo y se estaba dejando crecer un bigote ridículo, quien sabe si para compensar que la cabeza le clareaba. Todavía no lo habían mandado a Siberia. Era un pobre diablo, indiferenciable de otros muchachos envejecidos prematuramente que también aspiraban a la inmortalidad. El viejo Fiodor. Y cómo le gustaba la ruleta. Yakunovitz reconstruía la escena por encima de la orquesta de cláxones de los vehículos atrapados en el tráfico. Por supuesto, Yakunovitz, que había nacido en 1928, nunca se había topado con Dostoievski. Pero era un ejemplo. Solo un ejemplo.

Abraham Yakunovitz miraba la calle a través del escaparate de su librería. Verdaderamente, se dijo, hay sitios en el mundo en los que nunca tienen lugar acontecimientos destacables.

Si alguien le hubiera dicho que iba a cruzar medio planeta – desde Petersburgo a Moscú y desde Moscú a Vladivostok, y desde Vladivostok a través del estrecho de Bering hasta Anchorage, Alaska, y desde Anchorage a Chicago, y desde Chicago a Green Bay, y desde Green Bay a Connecticut, y desde Connecticut a Nueva York – solo para añorar a los borrachos de su juventud, Yakunovitz habría tenido que contener una arcada.

¿Pero, como, Abraham Yakunovitz, acaso no ocurren cosas en Nueva York? ¿No dicen que esta es la ciudad sobre la que pivota el mundo? Eso cuentan, eso cuentan, responde Abraham Yakunovitz con resignación. Pero aquí, en esta Rusia de segunda mano de Queens, ya ve usted, haga usted mismo la prueba, salga una mañana a la calle y recorra cincuenta verstas a la caza de la grandeza histórica. ¿Qué encuentra? Nada. Un par de calles más allá, creo que fue en 1776, los británicos le echaron el guante a Nathan Hale. Un héroe de este país, pero si se me permite el apunte, un poco corto de luces. Claro que hay que tener en cuenta que los  Estados Unidos son una nación joven. Y condescendiente. Nathan Hale, atrapado como un niño y ahorcado como un perro, ése es nuestro héroe de Queens.  Y no hay más.. Hasta la epidemia del crack nos pasa rozando. Ni negros calenturientos armados con hojas de afeitar oxidadas que te levantan la cartera en la calle con los ojos inyectados en sangre, ni eso tenemos. 

Yakunovitz andada perdido en estas reflexiones – y en otras peores – cuando un individuo cargado de hombros entró en la librería y se puso a examinar los estantes. Había demasiadas cosas en el visitante que llamaban la atención. Uno podía adivinar sin esfuerzo que hacía ya tiempo que había cruzado el umbral de los cincuenta años y, sin embargo, conservaba un cabello denso y oscuro, peinado hacia atrás desde las sienes. A Yakunovitz, calvo como un espejo desde los veintidós años, estas cuestiones le provocaban un dolor agudo en la boca del estómago, justo debajo del corazón. El visitante tenía una barba espesa que empezaba a encanecer y vestía de manera anticuada, con el envaramiento de un soldado de la Unión en el desfile de la victoria. Tenía la piel curtida, y unos ojos tan azules que parecían irreales.

– ¿Puedo ayudarle en algo? – preguntó Abraham Yakunovitz después de concederle unos minutos de cortesía.

El hombre volvió la cabeza hacia la voz y reparó por primera vez en Abraham Yakunovitz, que lo observaba con atención desde su puesto de vigía detrás del mostrador.

– Y responderás delante del Señor tu Dios: Mi padre era un arameo errante y descendió a Egipto y residió allí, siendo pocos en número; pero allí llegó a ser una nación grande y poderosa.

– Y bien, soy judío – dijo Abraham Yakunovitz, que reconocía una cita del Deuteronomio a kilómetros de distancia.

– Nada que objetar. Solo me hago una composición de lugar. En mis tiempos no había demasiados descendientes de Jacob por aquí, si sabe a lo que me refiero. Tiene ante usted a un rendido admirador de la prosa que su pueblo eternizó en las Sagradas Escrituras.

Sin saber exactamente por qué, Abraham Yakunovitz agradeció el cumplido.  

– Apuesto a que conoció usted a pocos hebreos rusos en sus tiempos.

– Ni uno solo.

– ¿Busca algo en particular?

El extraño extrajo un libro de los anaqueles. Era una edición de Moby Dick impresa en Filadelfia en 1918, con ilustraciones de un artista local olvidado por el tiempo.

– Ciento veinte dólares y es suyo – dijo Abraham Yakunovitz.

– El problema son estos dibujos estúpidos – dijo el desconocido – Se nota que el artista nunca vio a un cachalote y no perdió el tiempo documentándose. No crea que no me duele, porque me esforcé mucho describiendo a la bestia. Y fíjese en este bote. Me parece que dejé bastante claro dónde se sitúa el arponero durante la caza.

Abraham Yakunovitz estudió a su cliente potencial con atención. Pensó: entre los coleccionistas de primeras ediciones son abundantes las cabezas inquietas; entre los escritores, la estadística se sale de los márgenes de lo socialmente confesable.

– Son detalles sin importancia – se excusó, como si él mismo hubiera dibujado las ilustraciones.

– El diablo está en los detalles – dijo el desconocido.

Y entre los dos hombres se abrió un espacio vacío que el silencio, ese gas travieso, se ocupó de llenar.

A Abraham Yakunovitz, a pesar de su profesión sosegada, no le gustaban los silencios. Le resultaban violentos. Solo aceptaba el silencio exhausto que seguía a las largas conversaciones a gritos de las sobremesas de vodka y cigarrillos en los cafés de la calle Nevsky. En momentos así el silencio era una exigencia del organismo. Ahora, en cambio, el silencio acentuaba la violencia latente propia de la situación: dos desconocidos en una habitación que se empequeñece a medida que el tiempo transcurre sin que ninguno de ellos pronuncie una sola palabra. El visitante mantuvo los ojos fijos en Abraham Yakunovitz, que supo que aquel hombre extraño no estaba habituado a bajar la mirada ante nadie. Cuando sintió que sus nervios no toleraban más la tensión creciente, Abraham Yakunovitz preguntó:

– ¿Así que ha escrito usted acerca de la caza ballenera en el siglo XIX?

– ¿De qué me habla? Esto. Esto escribí. – el hombre alzó el libro y lo dejó caer sobre el mostrador – Yo escribí Moby Dick.

Abraham Yakunovitz repasó la conversación hacia atrás. ¿En qué momento se habían torcido las cosas?

– Con todos mis respetos, caballero…

– Mi nombre es Melville. Herman Melville.

– Abraham Yakunovitz. Para servirle.

– ¿Cuánto por el libro, Yakunovitz? Y no me diga que ciento veinte dólares.

– Podría dejárselo en noventa y cinco. Por tratarse de usted.

– Le doy ocho.

– Me insulta e insulta a mis antepasados.

– Ustedes son buenos negociantes, eso no es ningún secreto – murmuró el autoproclamado Herman Melville – Dejémoslo en quince.

– Este libro tiene casi ochenta años.

– Yo tengo cien años más que el libro y eso no me convierte en una mercancía valiosa, ¿no es verdad?

– ¿Me dejará hacerle una pregunta?

– En deferencia a su venerable establecimiento.

– ¿Para qué lo quiere?

– Soy vanidoso, Yakunovitz. Piense en mi oferta. Quince dólares. Volveré mañana.

El hombre abandonó la tienda y Abraham Yakunovitz se quedó a solas, repasando mentalmente la lista de sus conocidos. Alguien le estaba tomando el pelo. Solo había un detalle que le inquietaba: el extraño que se hacía pasar por Herman Melville no tenía acento estonio, ni georgiano, ni moscovita. Ni siquiera kazajo.

 

2.

Esa noche, en contra de su costumbre, Abraham Yakunovitz participó a su esposa de sus preocupaciones.

– ¿Has estado bebiendo?

Abraham Yakunovitz dejó escapar un suspiro.

– He aquí que te presento un suceso que haría tambalearse las Escrituras y tú me preguntas por el vodka. ¿Es esta la confianza que merece un hombre después de cuarenta y cinco años de matrimonio? ¡Oh, Señor de los Ejércitos – Abraham Yakunovitz alzó los brazos hacia el techo de la habitación, tal y como había visto hacer en ciertos grabados antiguos – arrástrame al Sheol y déjame reposar junto a las almas de mis padres!  

Con infinita paciencia, Ylenia Yakunovitza tranquilizó a su marido y le recordó que, en realidad, llevaban cuarenta y nueve años casados. Estaba acostumbrada a las salidas dramáticas de Abraham Yakunovitz. Siempre había sido un poco idiota, pero la vejez le había disparado la tontería: bebía a escondidas, como un enemigo del pueblo, y coqueteaba con las muchachas solteras del edificio, que se compadecían de él a sus espaldas.

– Te juro por los huesos de mi madre que cuando entró en la tienda no había probado ni una gota.

– Lo cual quiere decir que estuviste dándole al frasco en cuanto te quedaste a solas.

– Entiéndelo, mujer… la impresión… – balbuceó Abraham Yakunovitz, mientras enroecía. Reconoció en su esposa la mirada de reproche que, como un peregrino sin mapa, había recorrido sin descanso los caminos de sus cuarenta y nueve años de matrimonio. Era una mirada que advertía: no juegues. Ylenia la poseía desde los dieciséis años. He aquí una vieja historia. Durante su noche de bodas Abraham Yakunovitz tenía ciertas prisas por consumar el pacto sellado frente al rabino: había bebido demasiado y tenía miedo de que el alcohol adormeciera su ímpetu antes de tiempo, impidiéndole cumplir con sus votos sagrados. De modo que agarró a Ylenia de las caderas, la atrajo hacía sí y se puso a forcejear con su blusa. Ella no se inmutó. Respiró hondo y llo abofeteó con todas sus fuerzas. A Abraham Yakunovitz se le pasó la borrachera de manera instantánea. Contempló sorprendido a su esposa, que todavía no había cumplido la mayoría de edad. Ahí estaba la mirada. Prueba otra vez, ordenó Ylenia, pero recuerda que ni tú eres un rufián ni yo soy una fulana.

– ¿Y dices que ese mamarracho pretende darte quince dólares por un libro que cuesta ciento veinte?

– En realidad no vale ni cincuenta – confesó Abraham Yakunovitz.

Ylenia Yakunovitza se sirvió una taza de té y sentenció:

–  Todos los hombres sois unos criminales.

 

3.

Aquella noche Abraham Yakunovitz tuvo dificultad para conciliar el sueño. A la mañana siguiente llegó a la tienda media hora antes de lo habitual, limpió el polvo de los anaqueles, repasó los libros de cuentas – una ganancia neta de ochocientos veinticuatro dólares con ochenta en los seis últimos meses – y los catálogos europeos donde conseguía la mercancía que revendía al triple de su precio habitual aduciendo la rareza de los ejemplares y los impuestos de aduana. A las once hizo su aparición en la librería Boria Smirnoff, seudónimo de Alexander Vinogradov, el escritor de relatos pornográficos.

Se rumoreaba que Boria Smirnoff tenía una amante panameña que le suministraba el material de sus historias.  

– ¿Qué hay de nuevo, viejo zorro? – saludó

– Si te lo cuento vas a llamar a un médico.

Los ojos de Boria Smirnoff brillaron con malicia.

– Tienes toda mi atención.

Abraham Yakunovitz empezó tanteando el terreno: ¿te gusta Melville? / un hombre vino ayer, preguntando por un ejemplar poco común de Moby Dick / un tío la hostia de raro, Boria, con una chaqueta como recién pescada en el Hudson y una barba de esas que solo se ven en las fotos de la Guerra Civil / quería tangarme / ocho miserables dólares, luego subió a quince.

– En resumen: decía ser el mismísimo Herman Melville en persona – concluyó Abraham Yakunovitz.

Boria Smirnoff escuchó atentamente. Cuando Abraham Yakunovitz terminó de contar su historia, se rascó la cabeza antes de emitir un juicio de valor.

– El mismísimo Herman Melville, ¿eh? Pueden llamarme Ismael y todo el asunto, ¿eh? Ese que lleva muerto cien años, ¿eh? Me parece, Abraham Yakunovitz, que alguien se lo pasa en grande a tu costa. ¿Debes dinero?

– Lo habitual – respondió Abraham Yakunovitz.

– El caso – Smirnoff parecía hacer un esfuerzo sobrehumano para recordar; un observador atento habría detectado rápidamente los efectos de una resaca de tres días – es que hace poco se instaló un actor en el barrio. Misha o Mijail, no recuerdo el apellido. Va por ahí haciéndose pasar por personajes históricos. El otro día entró en la licorería de Dimitri Markov disfrazado de Lenin. Al principio los paisanos le rieron la gracia, pero cuando se tomó dos vasos empezó a hablar de la decadencia rusa y faltó poco para que le partieran la jeta. Al parecer, el tal Mijail, o Misha, dice que las tarjetas de visita no sirven en Occidente y prefiere mostrar la mercancía.

Abraham Yakunovitz miró a Smirnoff sin pestañear.

– Pudiera ser… ¿Vas a comprar algo?

– Los diarios de Lewis Carroll – respondió Boria Smirnoff

– Eso no existe.

– En ese caso, aceptaré una copita.

Abraham Yakunovitz negó con la cabeza.

– De eso ni hablar. Ylenia Yakunovitza sostiene que bebo demasiado.

– Todo el mundo lo sostiene, Abraham. Tú mismo tienes que reconocer que un hebreo que le pega al vodka es una singularidad histórica.

Abraham Yakunovitz se cubrió el rostro con las manos. En las Escrituras los antiguos patriarcas se arrancaban el pelo y se echaban ceniza sobre la cabeza para mostrar su vergüenza. Pero Abraham Yakunovitz no tenía pelo. ¿Y de dónde iba a sacar ceniza? Si acaso colillas, en el cenicero…

Boria Smirnoff se acercó al librero y le dio unas palmadas en la espalda.

– Vamos, vamos, viejo, tranquilízate. Seguro que se trata de ese petardo de Misha. Debe de pensar que eres una autoridad en el barrio y que tienes influencia en las representaciones del Centro Cultural.

– Es cierto que soy una autoridad en el barrio… – dijo Abraham Yakunovitz, que consiguió serenarse a tiempo.

– Pues claro – Boria Smirnoff sonrió dulcemente – Y ahora, saca esa botella que escondes debajo del mostrador y que Dios nos permita vivir muchos años.

Antes de marcharse Smirnoff prometió que indagaría en el barrio para descubrir la verdadera identidad del presunto Melville que había trastocado de manera tan desagradable la hasta entonces tranquila existencia de Abraham Yakunovitz.

El vodka, al menos, produjo el efecto deseado sobre los nervios de Abraham Yakunovitz, que consiguió tranquilizarse a la espera de que Melville/Korovin hiciera su aparición en la tienda. Le enseñaría, a ese pazguato de los Urales, recurriendo a la violencia si hacía falta – el alcohol le daba una valentía de la que carecía cuando estaba sobrio – lo que ocurre cuando uno va por ahí disfrazado de un escritor muerto, alterando la paz espiritual de un honrado comerciante de libros.

Pero como si de alguna manera intuyera que había sido descubierto, el supuesto Herman Melville no acudió a la cita que él mismo había propuesto el día anterior.

Abraham Yakunovitz pasó el resto de la jornada repasando el ejemplar de Moby Dick impreso en Filadelfia en 1918. Solo tenía una particularidad: había sido publicado el mismo día en que se firmó el armisticio. 

Definitivamente no lo dejaría ir por menos de ochenta dólares.

 

4.

Abraham Yakunovitz invirtió los días que siguieron en convencerse a sí mismo de que había sido víctima de la malicia de un actor de tercera. Durante una semana esperó puntual en su tienda la aparición de Korovin. Estaba dispuesto a seguirle el juego. ¿Y si todo había sido una alucinación? ¿Y si Ylenia tenía razón? Un poco de vodka en el desayuno no mata a nadie, ¿había estado abusando Abraham Yakunovitz? Una cosa era cierta: Herman Melville no había vuelto a dar señales de vida, lo cual era comprensible, se dijo Yakunovitz, porque está muerto.

El viernes por la tarde Boria Smirnoff reveló detalles de la investigación en marcha. Confirmó el nombre del actor: Mijail aka Misha Korovin. Korovin había sido un muchacho feliz y regordete en un pueblo perdido de los Urales. A los veinte años se instaló en Moscú, donde llamó la atención de varios directores y aceptó un empleo representando obras históricas dirigidas a cimentar las bases morales del pueblo. Interpretó a Mijail Kalashnikov en un total de mil setecientas cincuenta y ocho representaciones a lo largo y ancho de toda la Unión Soviética. Las versiones de su llegada a Estados Unidos eran contradictorias.

– El miércoles hizo acto de presencia en el Centro Cultural disfrazado de Pushkin. Montó un escándalo. Se puso a recitar el Eugenio Oneguin y culpó a los presentes de la ruina de la patria, con palabras altisonantes. En resumen: Volodia le atizó con una botella de cerveza en la cabeza. El jueves se presentó en la emisora de radio. Esta vez iba de Breznev. Lo de siempre. Ivana tuvo que amenazar con llamar a la policía.

Abraham Yakunovitz volvió preocupado a casa y se encerró en su despacho con una biografía de Melville, decidido a terminar con el misterio. Pillaría a Korovin en un renuncio y después le demandaría a las autoridades federales, que lo deportarían de inmediato por manchar el buen nombre de una gloria de la literatura nacional.

En una hoja de papel apuntó los siguientes datos, que consideró relevantes:

Herman Melvile, nacido en Nueva York el 1 de agosto de 1819.
Remotamente emparentado con la aristocracia inglesa / descendiente directo de un héroe de la Revolución Americana.
Padre negociante / bancarrota fulminante en 1930 / Muerte sospechosa / Posible suicidio / Edad de Melville: 12 años.
Se embarca en un mercante que cubre la ruta Nueva York – Liverpool / Edad: 19 años.
Se embarca en un ballenero que parte de Nueva Bedford en 1841 / Edad: 21 años.
Desertor / Prisionero de los caníbales / Vendido / Aventuras diversas / Regresa a Estados Unidos en 1844 / Edad: 24 años
Primer libro: Typee / Basado en sus experiencias con los caníbales / Éxito
Segundo libro: Omoo / Continúa contando sus viajes / Sus libros están llenos de mentiras.
Más obras intrascendentes / Artículos intrascendentes en prensa.
1851: Moby Dick / Invierte dos años en escribirla / Abandona Nueva York y se instala en un granja de Massachussets / El libro es un fracaso absoluto / Problemas mentales.
Más obras erráticas / Descrédito literario.
Relatos cortos: Bartleby el escribiente, Benito Cereno
Envejece / Se olvida del mundo y el mundo lo olvida
Muerto el 28 de septiembre de 1891 / Edad: 71 años

Subrayó la última anotación y repasó con un rotulador negro el contorno de las letras que formaban la palabra muerto.

Esa noche volvió a sincerarse con su esposa. Le contó que Boria Smirnoff había estado haciendo preguntas por el barrio y que sospechaban de un recién llegado que se decía actor.

– Uno de los Urales, que va por ahí disfrazado de Lenin o de Pushkin, según se le ofrezca – dijo Abraham Yakunovitz.

– Boria Smirnoff no te traerá nada bueno – dijo Ylenia Yakunovitza, que toleraba a los bebedores pero desconfiaba de los escritores. A Smirnoff, debido a la naturaleza de sus escritos, lo tenía por un degenerado que obtenía placer aireando sus perversiones.

– Boria es un tipo serio. Gana dinero – dijo Abraham Yakunovitz -. Dice que ahora que Seriozha ha muerto se ha convertido por derecho natural en el mejor escritor del barrio.

Ylenia Yakunovitza se persignó tres veces seguidas sin ni siquiera reparar en ello, un acto reflejo producto de una vida impregnada de rituales religiosos diversos

– Pobre Seriozha – dijo – Era otro gilipollas. Que en paz descanse.

 

5.

El lunes a primera hora de la mañana Abraham Yakunovitz hizo una cosa muy extraña: en lugar de acudir directamente a la librería se detuvo en la licorería de Dimitri Markov, que se froto los ojos cuando vio aparecer al viejo. No esperaba a Yakunovitz hasta el miércoles, día de la semana elegido desde tiempos inmemoriales por el librero para hacer su compra semanal de cuatro botellas de Montesskaya.

La explicación es sencilla: Abraham Yakunovitz había decidido pasar la acción y sorprender a Misha Korovin cometiendo alguna de sus fechorías. Sorprendido en mitad del delito, se derrumbaría lleno de vergüenza y confesaría.

– ¿Qué sabes del actor? – preguntó Abraham Yakunovitz

– Que no me gustan los hombres que van por ahí provocando a los demás para que les partan la boca. Son unos degenerados – respondió Dimitri.

Según Markov, el llamado Misha Korovin, que se decía actor de éxito en Moscú, vivía en un cuarto a dos manzanas del taller de Ramiro de la Pena. Estaba encamado con una cubana cuarentona – puede que fuera uruguaya, puntualizó Markov – que lo mantenía a base de arroz hervido y plátano frito.

Así comenzó el penoso peregrinaje de Abraham Yakunovtiz tras los pasos de Melville/Korovin.

En primer lugar se dirigió a la vivienda donde según Markov se alojaba Korovin. No le fue difícil obtener las señas, por aquello de que era una autoridad en el barrio.

La mujer que le abrió la puerta tenía la piel oscura y los ojos grandes. Traduciendo las manchas de su cara – dos goterones negros de rímel le oscurecían la mirada – Abraham Yakunovitz supo que la mujer no se había desmaquillado antes de irse a la cama. El viejo librero se presentó con la cortesías habituales.

– Si viene por lo de Castro, sepa que ya me he concedido el perdón – dijo la mujer.

– Busco a un hombre llamado Misha Korovin – dijo Abraham Yakunovitz.

– Yo lo maté, eso es verdad. Me prometieron la ciudadanía estadounidense y una mansión en los cayos de Florida. ¿Y qué tengo? Una habitación que se cae a pedazos, en medio de ninguna parte. En invierno nieva, fíjese que clase de ciudad es esta.

– He oído que su amigo busca trabajo – insistió Abraham Yakunovitz – Yo podría echarle una mano.

– Ese fantoche que sale en los periódicos es un doble, ¿sabe? Tenía varios de esos. Todos idénticos: la barba, el gesto…. En cambio el mío… ése era el verdadero. Pero ellos dicen que miento. Solo yo tengo la culpa, por confiar en los servicios secretos.

– ¿Y qué me dice de Misha? ¿Dónde puedo encontrarlo?

– Olvídese de Misha. Es un artista, ¿comprende? Lo del trabajo no va con él. Salió esta mañana temprano. Es un mamarracho, pero se hace querer. Los hombres son tan idiotas… A Fidel le gustaba morderme aquí, detrás de las orejas. Me llamaba pimientita molida, y todas las mañanas me dejaba una rosa roja en la almohada. Por la naturaleza de su trabajo, era un hombre que sabía marcharse sin hacer ruido…

Abraham Yakunovitz se despidió de la mujer, perdida toda noción de la realidad, la librería cerrada por primera vez en quince años, y se echó a la calle en busca de un actor desconocido llegado de los Urales.

Preguntó en la mercería de Olga Volodiova, entró para hacer averiguaciones en la peluquería de las puertorriqueñas, se sentó a tomar un café con Nicolai Osgodiov en el bistró de Pavel Pavlovitch, requirió, indagó, cuestionó, observó, analizó, se dirigió a la emisora de radio y pidió a Ivana Aliojova que le permitiera salir a las ondas en directo para lanzar un mensaje de busca y captura sobre el extraño. Ivana Aliojova se negó, le pidió que se calmara – ¿quiere un té?, no, ¿y qué tal un trago? – y finalmente lo puso sobre la pista de Markov asegurándole que sabía por fuentes de confianza que el actor solía almorzar todos los días en la tasca de Alexandros el griego. Hacia allí se dirigió Abraham Yakunovitz, con su vista cansada, sus siete décadas de existencia, su gabán de entretiempo y una mirada que presagiaba un desenlace fúnebre.

 

6.

Misha Korovin acababa de pedir el postre y apuraba una copa de vino cuando Abraham Yakunovitz lo abordó sin concesiones a la cortesía y se sentó a su mesa, sin saludos ni presentaciones. Misha Korovin observó al viejo sin alterarse. Abraham Yakunovitz, con la respiración acelerada, estudió a su enemigo. Era un hombre de unos cuarenta años, más bien enclenque, con los ojos grises y unas trazas de pelo rubio que no conseguían disimular la calvicie que se le venía encima.

Nada más verlo, Abraham Yakunovitz supo que no era el hombre que buscaba.

– ¿Es usted Korovin? – preguntó Abraham Yakunovitz, y su voz tenía un rastro de desconsuelo.

– Me temo que no hemos sido debidamente presentados – dijo el actor, sin perder la compostura – Efectivamente, mi nombre es Mijáil Fiodorovitch Korovin, aunque mi mujer y mis enemigos me llaman Misha. Y ahora, si me hace el favor, ¿con quién tengo el placer de compartir la mesa?

– Me llamo Abraham Yakunovitz. Poseo una librería cuatro calles más allá. Tal vez haya oído hablar de mí. Suelo ser bien conocido en el vecindario.

– No hace ni siquiera tres semanas que vivo instalado en su pequeña comunidad de emigrantes nostálgicos, señor Yakunovitz. Usted sabrá disculparme si su nombre me era desconocido hasta ahora.

Abraham Yakunovitz hizo un esfuerzo para serenarse. Pidió un café cuando Alexandros el griego se acercó a la mesa para depositar frente a Korovin un pastel de fresas y arándanos. Korovin ofreció un pedazo del pastel a Abraham Yakunovitz, que rechazó educadamente la cortesía de su antagonista.

Los dos hombres permanecieron en silencio hasta que Alexandros volvió con una taza de café negro para Abraham Yakunovitz. En el rostro de Misha Korovin había algo parecido a una sonrisa burlona.

– Deduzco de su aparición imprevista que me buscaba usted – dijo el actor, que hundió la cucharilla en el pastel y se llevó una fresa a la boca.

– La semana pasada… – Abraham Yakunovitz relató a Misha Korovin su encuentro con Herman Melville. Describió al desconocido de ojos azules y anchas espaldas que había aparecido en su tienda para negociar el precio de un ejemplar de Moby Dick impreso en Filadelfia al final de la Primera Guerra Mundial. Detalló la impresión recibida, derivada del hecho de que el hombre parecía hablar muy en serio. Misha Markov comía y asentía con la cabeza, respetuosamente – Cuando me hablaron de su peculiar forma de dar a conocer su arte di por sentado que usted era el Melville de mi visita.

Misha Korovin cerró por un momento los ojos para degustar el último trozo de pastel. Había tenido una infancia de obesidad mórbida, y burlas y solo con un enorme esfuerzo de voluntad había llegado a convertirse en un adolescente extrovertido y en un adulto sin rastro de grasa sobre los huesos. En las raras ocasiones en que se permitía un capricho disfrutaba con avaricia y una sombra de culpa, como un pecador que se arroja en el regazo acogedor del diablo.

– Es verdad que mis costumbres son extrañas – dijo Korovin – pero el señor Melville no forma parte de mi repertorio. En Moscú yo solía interpretar el papel de Mijáil Kalashnikov, ¿sabe? Cuando me instalé en América me dije que nunca más. Probé primero con Washington, pero no terminé de cogerle el punto. Mi idea era interpretar en la calle con la esperanza de que alguien reconociera mi talento y me ofreciera un buen empleo representando la historia del país para los turistas. En Moscú me funcionó, y no conozco otra forma de ganarme la vida. Pero me voy por las ramas. Dejé a Washington y me pasé a Lincoln. Y tampoco. Entonces lo intenté con Jefferson. Y con Jackson, con Roosevelt, con Truman. Nada. Me dije que tal vez no estaba dotado para los presidentes. Y pensé: ¿qué hay después de los presidentes, en la escala americana, Misha Korovin? Obvio: la mafia. Hice de Lucky Luciano y después de Al Capone y después de Jimmy Hoffa y de Meyer Lansky. Nada otra vez. Así que me pasé a la literatura. La cosa está en encontrar muertos resultones. Hice de Scott Fitgerald. Me dejé crecer la barba, me la blanqueé con polvos de talco y me até un cojín en la barriga debajo de la camisa para interpretar a Hemingway. Fracaso y fracaso. Entonces me di cuenta de que no tenía sentido luchar contra la naturaleza. Soy soviético y moriré soviético. Volví a mi país, al país del exilio, pero a mí país, al fin y al cabo. A mi lengua y a mis conocidos. A Lenin, a Molotov, a Krushev y a Kerenski… ¿No es curioso lo que nos hace la vida?

Abraham Yakunovitz asintió con la cabeza y no dijo nada. Abandonó en silencio el bistró de Alexadros el griego y se encaminó hacia la librería arrastrando los pies.

 

7.

No tenemos derecho a hacerlo, pero tomémonos la libertad de atisbar por un momento dentro de los sentimientos de Abraham Yakunovitz. ¿Qué vemos? Miedo. Es el miedo el que lo domina todo. He aquí a un hombre abatido que se adentra sin remedio en la ancianidad. Tenía la certeza, desde la visita de Boria Smirnoff hasta hace escasos minutos, de que había sido objeto de una broma de mal gusto por parte de un actor aficionado. Ahora está convencido de que Herman Melville en persona entró la semana pasada en su librería. Y esa convicción solo conduce en dos direcciones. Una es la locura: Abraham Yakunovitz ha perdido el juicio y en un último instante de lucidez es consciente de que ya no está cuerdo. La otra es la muerte: Herman Melville es un heraldo negro que anuncia el fin de su estancia sobre la tierra y su inminente descenso al Sheol.

Abraham Yakunovitz tenía lágrimas en los ojos cuando abrió la puerta de su librería y recogió el correo amontonado en el suelo. Entre las facturas, las órdenes de pedido y los albaranes, encontró una sencilla hoja de papel doblada por la mitad. Era un mensaje escrito a mano, con una caligrafía lenta y elaborada. Decía así: Me ha decepcionado encontrar su establecimiento cerrado, Abraham Yakunovitz. En un arrebato de generosidad venía dispuesto a ofrecerle veinticinco dólares por el libro. Volveré mañana y mi oferta será de doce dólares con cincuenta centavos. Sea razonable. La firma al pie del texto era clara: Herman Melville. A Abraham Yakunovitz le pareció curioso que el fantasma hubiera olvidado colocar el punto sobre la letra i de su apellido.

La noche fue interminable en casa de Abraham Yakunovitz. Tumbado sobre la cama, junto a su mujer, con los ojos abiertos sin remedio, el viejo librero fue incapaz de encontrar el sueño hasta que las primeras luces del amanecer temblaron nerviosas en la ventana. Solo entonces cerró los ojos y se dejó conducir mansamente a través de un pasillo diáfano en cuyas paredes colgaban enmarcadas centenares de páginas pertenecientes a diferentes ediciones de Moby Dick. Mientras avanzaba, Abraham Yakunovitz creyó reconocer el sermón del padre Mapple y otras escenas de la obra:  Elías aconsejando a Ismael y Queequeg que no se embarquen en el Pequod; Starbuck ante la puerta del camarote de Ahab, luchando contra la determinación de dispararle un tiro en la cabeza a su capitán loco; el negro Pip deambulando alucinado sobre la cubierta del barco; Fedallah escudriñando el horizonte; Ismael en la cofa; Stubb enseñando al cocinero como cocinar un filete de ballena con un tizón encendido; Ahab en el alcázar, azuzando el odio de sus marineros. Al final del pasillo había una puerta de doble hoja. Abraham Yakunovitz la cruzó y salió a una terraza con vistas al océano. Un hombre que parecía viejo más allá de toda posibilidad humana fumaba una pipa sentado en un banco de madera. El cielo adquirió un tono rojizo. Atardecía. El viejo advirtió la presencia de Abraham Yakunovitz y saludó con la cabeza. Dijo:

– El diablo pronunció mi nombre y Él me ofreció como ofrenda al diablo.

Abraham Yakunovitz reconoció de inmediato al anciano. La barba blanca y las llagas, los ojos que habían vuelto a ver después de haber sido cegados, la cabeza calva sobre la que tiempo atrás había arrojado ceniza en señal de duelo.

– Desengáñate, Abraham Yakunovitz – dijo el anciano – Porque todo bajo el cielo ocurre según Su Voluntad.

Abraham Yanukovitz descubrió que estaba temblando. Su voz sonó tan apagada que le sorprendió que el anciano alcanzara a escuchar su pregunta.

– ¿He de abandonar entonces toda esperanza?

– Todo cuanto procede de Él queda fuera del entendimiento humano, Abraham Yakunovitz – respondió el anciano, que miraba al océano y sonreía al comprobar que el océano no era capaz de aguantarle la mirada – La esperanza solo es uno de los muchos nombres que damos a nuestro miedo.

Abraham Yakunovitz despertó zarandeado por su esposa. Antes de abandonar el sueño creyó escuchar las siguientes palabras: el hombre que no tiene miedo no necesita esperanza. Ylenia Yakunovitza observó a su marido, que parecía más miserable que nunca.  

– ¿Qué te ocurre? – preguntó la mujer.

Abraham Yakunovitz estaba pálido. Confesó que no había conseguido dormir hasta el amanecer y explicó que acababa de regresar de un sueño desconcertante. Su mujer le tocó la frente. Abraham Yakunovitz tenía unas décimas de fiebre.

– Quédate en la cama. No abras la tienda.

Pero Abraham Yakunovitz insistió en la necesidad de acudir al trabajo. Se resistió. Comprobó estupefacto que la mirada de Ylenia Yakunovitza, que hasta entonces le había mantenido sujeto a la tierra, perdía su antiguo hechizo. Forcejeó con los argumentos de su esposa. Aseguró que le era absolutamente imprescindible abrir la librería porque esperaba cerrar un trato importante. Ylenia Yakuovitza quiso conocer la naturaleza del asunto.

– ¿No tendrá que ver con ese gañán que quiere estafarte cien dólares haciéndose pasar por un escritor muerto?

Abraham Yakunovitz no pronunció una palabra más sobre el asunto. Se limitó a asegurar que se sentía mucho mejor y prometió que volvería a casa tan pronto como cerrar el negocio. Ylenia Yakunovitza lo estudió con desconfianza. El hombre que se consumía en el fuego de su propio sistema nervioso no se parecía en nada al Abraham Yakunovitz soñador y melancólico – quizás un poco apocado, pero en esencia un hombre respetable, capaz de inspirar confianza en el hogar y los negocios – que la había arrastrado a través de medio mundo, hasta un piso de tres habitaciones en una esquina perdida de Queens, por el miedo incurable a un sistema político que sobrepasaba su capacidad de comprensión y resistencia.

(“En América lo dejan en paz a uno”, solía repetir Abraham Yakunovitz con orgullo cada vez que recibía a un pariente recién llegado a los Estados Unidos. A Ylenia Yakunovitza, en cambio, América le seguía pareciendo el decorado falso de una película de Hollywood. Cartón piedra y figurantes. Incluso después de veinte años en Nueva York dudaba de la consistencia real de su país de acogida. Para Ylenia Yakunovitza la patria era el idioma, los lagos helados en invierno, la claridad fantasmal del cielo en las noches de verano. Hay algo extraño, que resulta extremadamente complicado de definir, algo que solo se conoce cuando se pierde, y que se pierde cuando uno abandona su país con la certeza de que no volverá nunca. Es un calor agradable que hornea las vísceras y convierte la estancia en el mundo en una experiencia mucho más llevadera. Ylenia Yakunovitza nunca encontró ese calor en América. Tampoco el resto de emigrados: todos esos rusos que echan espumarajos por la boca cuando hablan de Rusia y se reúnen desesperados en el Centro Cultural o en los restaurantes de comida paisana para aferrarse a un sucedáneo de lo que han perdido. América, para Ylenia Yakunovitza, no tenía ningún significado. Para Ylenia Yakunovitza Nueva York solo es el nombre que recibe la distancia que la separa de Petersburgo).

Cuando Abraham Yakunovitz dejó la taza de café vacía en el fregadero y cruzó el pasillo en busca de su gabán de entretiempo, Ylenia Yakunovitza supo que ya no era capaz de detenerlo. Recordó la escena de Shakespeare: Calpurnia le cuenta un sueño terrible a Julio César para impedir que acuda al Senado, donde lo aguarda la muerte, pero sus ruegos resultan inútiles. Ylenia Yakunvotiza pensó en lo frágil que resulta la vida de los hombres. Y en la tristeza cuando se descubre que no se puede evitar el encuentro con el destino. Cuando Abraham Yakunovitz se encaminaba hacia la puerta, Ylenia Yakunovitza contempló a un hombre extraño en un país extraño.

Se despidieron sin ceremonias, porque ciertos momentos son refractarios a la lírica y al sentimiento.

 

8.

Herman Melville apareció en la librería alrededor de las diez y media. Saludó a Abraham Yakunovitz y le tendió una mano endurecida que el librero estrechó con aprensión.

– Le noto a usted envejecido. ¿Ha estado enfermo? – preguntó Melville

– Algo parecido – respondió Abraham Yakunovitz – No he dormido bien ni  una sola noche durante la última semana.

– No es grave – dijo Melville – Es un hecho bien conocido que el hombre pierde horas de sueño a medida que envejece. Solo los jóvenes duermen con la conciencia rendida. Los viejos no podemos permitirnos ese lujo. El cuerpo intuye que el tiempo se le termina y trata por todos los medios de acortar las horas de descanso inútil.

Abraham Yakunovitz tuvo miedo de que la conversación empezara a elevarse hacia cielos filosóficos e intrascendentes y decidió bajarla al suelo con una pregunta que reconocía su derrota: el mero hecho de plantearla indicaba que se había vuelto loco.

– ¿Es usted realmente Herman Melville?

– Soy tan Herman Melville como usted es Abraham Yakunovitz.

Abraham Yakunovitz se escuchó a sí mismo aterrorizado: argumentaba.

– Pero si usted es Herman Melville, usted murió en 1891. Estamos en 1990.

– ¿Ha leído el libro de Job? – Abraham Yakunovitz asintió desconcertado – En ese caso sabrá que los designios de Dios transcurren fuera del alcance de los hombres. Es cierto que yo soy Herman Melville. Es cierto que me adentré en la muerte en 1891. Es cierto que este lugar que usted y yo ocupamos transcurre en 1990. Y es cierto que yo estoy aquí. Y ahora, Abraham Yakunovitz, dígame, ¿querrá usted venderme ese libro?

Abraham Yakunovitz sintió que todo cuanto existía a su alrededor se desvanecía en una niebla espesa. Le pesaban los ojos. Quiso cerrarlos y dormir. No despertar nunca. Dejó de reconocer las palabras que pronunciaba.

– La primera vez que entró en esta tienda le pregunté para qué quería el libro. Me respondió que era una cuestión de vanidad. Pero no lo creo. Cuénteme la verdad y el libro es suyo.

– No hay explicación, Abraham Yakunovitz. Los pájaros que vuelan por el cielo caerían a la tierra de manera inmediata si Dios dejara de fijar Su atención en ellos. Usted morirá fulminado en el momento en que Dios aparte de usted Su mirada, ni un segundo antes ni un segundo después. Ni usted ni yo somos libres. Nos guía una Voluntad que desconocemos.

– Pero usted escribió ese libro.

– ¿Lo hice? – preguntó Herman Melville con amargura – Ese libro ocupa un lugar en la trama que Él ideó para el mundo. Él escribió ese libro. Yo me limité a servir Su voluntad.

– Me volveré loco- sollozó Abraham Yakunovitz – A lo mejor ya me he vuelto loco…

Los ojos azules de Herman Melville brillaban detrás de una pátina traslúcida. Tal vez eran lágrimas.

– También yo me volví loco, Abraham Yakunovitz. Ese libro era mi destino. Lo perdí todo para escribirlo. Dejé mi casa de Nueva York, me instalé con mi esposa en una granja, perdí a mis amigos, lo perdí todo. Durante tres años fui el instrumento de Sus designios. El diablo pronunció mi nombre y Él me ofreció como ofrenda al diablo. El libro se perdió en la indiferencia de mis semejantes. Me fui hacia la muerte. Y en la muerte comprendí el alcance de Su obra. Como el profeta Jonás, supe por qué había sido elegido. Nunca entendí por qué escribía mientras escribía, y el rechazo de mis contemporáneos me separó para siempre del mundo. Sufrí, hice daño. Y solo en la muerte alcancé a comprenderlo todo. No hay nada de mística en esa revelación, tan solo un terror que no puede describirse. En la muerte entendí que el libro me justificaba. Por eso no existe posesión más preciada para mí. Me ha sido concedido el don de llevarlo conmigo. Yo vivo para que usted, Abraham Yakunovitz, sepa que Dios le conoce. He venido para que no tenga miedo.

Por primera vez en muchos años, el silencio que se hizo dueño de la librería no incomodó a Abraham Yakunovitz, que cumplió su promesa y entregó a Melville el ejemplar de Moby Dick impreso en Filadelfia en 1918. En cuanto lo hizo sintió que perdía pie y cerró los ojos con fuerza. Cuando los abrió, Herman Melville seguía allí. El escritor lo observaba con preocupación.

– ¿Se encuentra usted bien?

– Creo que sí – respondió Abraham Yakunovitz – Estoy cansado, eso es todo.  

– Venga conmigo – dijo Herman Melville – Daremos un paseo. Un poco de aire fresco le levantará el ánimo.

Abraham Yakunovitz dejó su puesto detrás del mostrador y se acercó a Herman Melville. El escritor lo agarró del brazo. Abraham Yakunovitz se dejaba conducir. Salieron a la calle. El sol brillaba con soberbia en el cielo. La ciudad mantenía la calma. Debe de haber, repartidas por el mundo, millones de calles semejantes a esta semiavenida desierta del borough de Queens, Nueva York. Calles espaciosas y tranquilas, que se guardan con esfuerzo con la memoria. Lugares en los que nunca ocurre nada que recordar.

– ¿Adónde vamos? – preguntó Abraham Yakunovitz.

– No olvide cerrar con la llave – respondió Herman Melville – No conviene dejar la puerta abierta en una ciudad como esta.

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Carson

La gente en sus libros estaba siempre sola. Padres fracasados, hijos perdidos, alcohólicos agresivos, sordomudos sonrientes, vagabundos contrahechos. Los vimos alejarse al atardecer, hacia la puesta de sol en una calle polvorienta en un verano caluroso en una pequeña ciudad del sur de los Estados Unidos. Ella los observaba con sus ojos grandes que no hacían daño y un cigarrillo en los labios. Se llamaba Carson McCullers, había nacido en Columbus, Georgia, bebía, tenía el corazón renqueante, los ojos inquietos. A los veintitrés años escribió un libro luminoso.

Terminé de leer El corazón es un cazador solitario en algún lugar de la noche entre Uster y Wetzikon. Y ahora, cada vez que el tren me devuelve a ese espacio solitario entre dos ciudades que me son extrañas, recuerdo al alegre sordomudo John Singer y rezo para que todos los que están perdidos encuentren lo que quiera que busquen.

Venían en peregrinación, durante aquel año que duró cuatro estaciones, como todos, hasta la habitación del sordomudo en una pensión llena de huéspedes que se retrasaban en los pagos y, durante horas, le contaban sus problemas a aquel hombre que se sentaba con la espalda muy recta, las manos sobre las rodillas, sonreía y les ofrecía un silencio desinteresado que cauterizaba sus heridas.

Venían porque no tenían a nadie que los escuchara. Corazones presos, cazadores solitarios. También Carson quiso mucho más de lo que la quisieron. Pero puso toda aquella entrega malgastada en su obra y así aprendimos que ningún amor se desperdicia. El amor, en sus libros, aparecía como un milagro en los márgenes de lo cotidiano. Porque solo hay un amor de verdad: el de los desamparados. Lo demás es decorado y costumbre.

Tres infartos antes de los cincuenta. Murió en la cubierta de un barco de vapor que se sacudió la molestia de su cadáver y siguió viaje como si el mundo no tuviera por qué lamentar la pérdida de una cincuentona borracha que fumaba demasiado y siempre parecía aburrida en las fotos. La lloraron los solitarios. Se dijeron: fue una suerte tenerla.

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La marcha Radetzky

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En algún lugar del Imperio, el nieto del héroe de la batalla de Solferino escucha la Marcha Radetzky. Entonces la guerra parecía una cosa demasiado lejana, los soldados destinados en la frontera pasaban el rato perdiendo a la ruleta, al emperador le crecían las patillas en los retratos de los burdeles y uno siempre podía contar con un par de días de permiso para lucir el uniforme en las avenidas de Viena.

Del otro lado del papel Joseph Roth hace una seña al camarero, pide otra y humedece la punta del lápiz con la lengua.

Al nieto del héroe de Solferino nada le haría más feliz que dejarse matar por la monarquía. Uniforme de teniente impecable, barro en las botas. Ha pasado la mañana caminando bajo la lluvia que derrite la nieve. El sable le molesta. El apellido lo asfixia. En la batalla de Solferino su abuelo apartó al emperador de la trayectoria de una bala italiana. Lo ascendieron a capitán. Y el emperador en persona lo nombró barón de su aldea natal eslovena.

Roth analiza el vaso con desconfianza. Sospecha que, mientras escribe, alguien alarga el brazo y lo aligera de licor a escondidas. Los bebedores siempre son suspicaces.

No hemos dicho que su nombre es Trotta. Su nombre es Trotta. Carl Joseph Trotta. Nieto de un teniente de artillería que recibió en la clavícula una bala dirigida al corazón del emperador de Austria-Hungría. Hijo de un jefe de distrito que se resiste a ver las grietas en las paredes de un mundo que se desmorona.

Sabe que se puede atrapar el atardecer en las páginas de un libro, pero con eso no basta. Quiere atrapar el último resplandor de luz que el sol dejó caer sobre su país antes de ocultarse para siempre.

En la niñez de Trotta suena la marcha Radetzky. En su juventud las palabras de la mujer de un sargento de aldea. En su desgracia las manecillas de un reloj que anuncia el amanecer. En su impaciencia la respiración agitada de un tren a Viena. En su agonía una bala junto a un pozo de agua y un saludo en ruteno: que dios sea contigo.

Y a partir de ese último trazo de luz volver la vista atrás y recuperarlo todo.

Hay un sendero que cruza las montañas. Por ese sendero se acerca la guerra. Los soldados la esperan con impaciencia. La banda militar toca la marcha Radetzky. Trotta se ciñe el sable. Levanta la vista hacia el cielo y observa las estrellas de su infancia. Deseaba tanto entonces morir por el emperador. En solo unas semanas el Imperio se llena de padres que ya no reciben cartas de sus hijos desde el frente.

Joseph Roth rebusca en sus bolsillos, paga la cuenta y abandona el café. Camina a tientas. El mundo ya no existe, pero él ha conseguido guardar un pedazo.

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Ángeles en San Pablo Extramuros

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Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez. Cuenta de nuevo. Respira. ¿Lo quieres? Entonces, cógelo. Uno. Dos. Demasiado tiempo dejando pasar el desprecio de los demás. Tres. Cuatro. Quien quiera encontrarme que venga de cara. Cinco. Seis. Silencioso, solitario, suave, sediento. Siete. Ocho. Porque no somos como los otros. Nueve. Diez. Porque nunca hemos sido como los otros.

1.

Yo tenía doce años y talento para el futbolín y para escupir de lado. Así empezó todo. Meterse en los portales camino del colegio era tan sencillo que la experiencia carecía del carácter educativo de las grandes aventuras. Desde niño, que yo recuerde, mis sueños siempre han sido una continua sucesión de imágenes en negro. Y cuando entrábamos en los futbolines, los otros, dieciséis, diecisiete, dieciocho años, nos aplaudían, nos lanzaban una moneda de cinco duros por el aire y nos invitaban a jugar la siguiente ronda. Mi hermano era tan pequeño que tenía que utilizar una caja de cerveza a modo de taburete para poder seguir correctamente la trayectoria de la bola entre las piernas de madera de los muñecajos. El tabaco y la cerveza fueron una continuación natural de las tardes en el futbolín. Mi hermano y yo tosíamos en el callejón, los otros reían. Hasta que una tarde conseguimos un paquete entero para nosotros solos, hora y media de humareda, y ya no volvimos a toser nunca. Con catorce años conocí al primer amor que nunca se olvida. Pero a mí se me olvidó. En cambio recuerdo el día y la hora exacta del verano de 1994 en el que la pistola vino a nuestras manos.

Rodrigo Dientes Sucios me dijo que podía utilizarla para hacer el idiota y acojonar a los comemierdas de San Pablo Alto. Pero no te metas en líos, porque con ese trasto no matarás a nadie. Mira, me dijo, ¿ves?, si intentas amartillarla con prisas se encasquilla sin remedio. Y la mirilla está tan desviada que no acertarás a nada que esté a más de dos metros de distancia. Y el seguro no sirve, así que nunca la lleves cargada. Si te la guardas en el pantalón acabarás pegándote un tiro en la polla.

En el léxico de San Pablo Extramuros, como llamamos al bosque de bloques de cemento y descampados que habitamos, un comemierdas de San Pablo Alto es un chico, generalmente bien peinado, de esa parte de la ciudad en la que uno nace con un billete de lotería premiado inserto en la raja del culo. El médico de la pone al futuro comemierdas en los brazos de su madre y de esta manera queda sellado su sencillo tránsito por el mundo. Nunca tendrá problemas que su posición social no consiga arreglar con un vistazo a la agenda y una oportuna llamada de teléfono.

Los comemierdas de San Pablo Alto, sobra decirlo, no tenían demasiado apego a San Pablo Extramuros. Pero en 1995 el equipo de la ciudad empezó a construir un nuevo estadio en el vecindario. Y a los comemierdas futboleros no les quedó más remedio que cruzar la frontera un domingo cada dos semanas. Entonces empezamos a divertirnos.

Se puede clasificar a la gente en dos grandes grupos en función de sus reacciones cuando un arma les apunta a la cara. Están los que se quedan paralizados. Literalmante. Son incapaces de reaccionar. No hablan, no intentan huir, no hacen nada. Son devorados por un elemento ajeno a su mundo con el que nunca habían planeado cruzarse. En casos así uno tiene que hacer todo el trabajo. Les das instrucciones, que obeceden de manera automática. La cartera, el reloj. Si es invierno, les pides la cazadora. Si te gustan las botas, les pides las botas. ¿Tienes tabaco, atontado? Dame el tabaco. Y el sanpabloaltoboy se va despojando de sus posesiones con parsimonia, como un hombre que ha sido hipnotizado en la gala de un casino de provincias. Cuando te marchas, si miras de reojo hacia atrás, los puedes ver, todavía inmóviles, incapaces de regresar al mundo que acaban de descubrir, real como una pesadilla. Tardan unos segundos en recuperar la conciencia. Entonces, generalmente, se sientan en el suelo y lloran.

Los que pertenecen al segundo grupo no se quedan paralizados. En lugar de eso, reaccionan. Primero miran la pistola para comprobar si se parece a la que han visto en las películas. Después intentan localizar vías de escape. A veces incluso amagan con echar a correr. Pero finalmente terminan por resignarse.  Todo es más simple con los que se animan a participar en la performance. Y uno adquiere cierta simpatía hacia su buena disposición y su iniciativa.

Por supuesto no se trata de una ciencia exacta. Hay excepciones, casos aislados, ratoncitos que se niegan a seguir los ciclos de control del laboratorio. Han vivido tanto tiempo en sus palacios sobre la colina que ni siquiera una pistola consigue sacarlos del error. Te miran con desprecio. Sacan la cartera, extraen el dinero y te lo alargan con una sonrisa. Cógelo, tengo más. Les dices que se quiten los zapatos. ¿Y qué ocurre? Que se niegan. Tienes una pistola apuntándoles a la cabeza, y se niegan. Actúan como si su vida le sucediera a otros, convencidos de que nada puede dañarles. Y entonces mi hermano, que tiene el poco juicio de los hermanos pequeños, empieza a gritar cosas. Pégale un tiro a este mierda. Déjalo seco. Pero el mierda sonríe, displicente. Y es todo desprecio, absoluto y genuino desprecio de niño rico convencido de que el dinero compra cualquier amenaza.

Mis zapatos no son de vuestra talla. Tú, dice señalando a mi hermano, ¿cuántos años tienes? Trece. ¿Y tú? Quince. ¿Y pretendéis que os sirvan unos zapatos italianos de adulto? Además, estáis mal alimentados. Pero puedo conseguiros unos de vuestro número. ¿Os gustan estos? Puedo conseguiros lo que queráis. Pégale un tiro. Déjalo seco. ¿No ves que se ríe de tu miseria en tu cara? Niño guapo, niños rico, una bala en la barriga quizá consiga abrirle los ojos cuando le abra las tripas. Un ruido seco. Y después la certeza de que te vas a morir. Algo que no sospechabas esta mañana, mientras bebías café en la cocina. La mano roja de sangre, apriétala fuerte contra el agujero, aunque duela, y respira hondo, respira muy hondo para distraer a la taquicardia, porque más látidos significan más sangre, y más sangre significa más muerte. Y entonces te alejas y lo dejas tirado en el callejón, orgulloso porque sabes que has contribuido a la buena marcha del mundo enseñando una valiosa lección a un semejante que ahora es un poco más sabio.

Pero en realidad no haces eso. Porque en lugares como San Pablo Extramuros uno aprende que el beneficio material siempre supera al espiritual y que la paz del estómago es superior a la paz del alma. Así que te acercas al sonriente chico feliz y le preguntas qué tipo de cosas son esas que puede conseguirte y qué pide a cambio.

2.

Nos compró zapatos italianos. Nos llevó a un sastre que nos hizo trajes a medida. Nos permitió quedarnos con el dinero que le habíamos robado y empezó a pagarnos quince mil pesetas a la semana por acomparlo en sus salidas nocturnas. Conducía un Mercedes negro con los cristales ahumados. Mi hermano y yo viajábamos siempre en el asiento de atrás. Dos ángeles custodios de San Pablo Extramuros. Presumía de nosotros con sus amigos. Miradlos, nos señalaba, siempre enfadados, no sonríen nunca, pura rabia postindustrial de extrarradio. Organizaba fiestas en su casa y nos hacía montar guardar en la puerta. Nos obligaba a cachear a los asistentes, que se prestaban a la comedia. Universitarios, apellidos extraños, apellidos compuestos, con guiones, nombres como no has escuchado en tu vida, veinte años, veinticinco años, perfumes, peinados a la última, ellos y ellas, mira el chiquitín que serio, risas y, detrás de las risas, la eterna superioridad, la caricia en el lomo. Mi hermano, que siempre ha tenido las manos despiertas, aprovechaba los cacheos para sisar paquetes de tabaco y carteras. Aligeraba los bolsillos de los invitados, que nunca se quejaban al anfitrión por miedo al ridículo.

Éramos un fotograma de Pasolini. Los trajes de sastrería, en lugar de disimular nuestro origen, lo hacían más evidente. Siempre con el pelo sucio, las manos sucias, las mejillas sucias y mucha mierda detrás de las orejas, estigmas producto de los malos hábitos de limpieza adquiridos en una casa sin agua caliente. Nos convertimos en la sensación de las noches bien de San Pablo Alto. Nuestro benefactor explicaba a la concurrencia: son mis guardaespaldas.

Contraté a una mujer para que ayudara a mi madre con las tareas de la casa. Mi madre la despidió en cuanto la pobre señora se presentó en el domicilio familiar. Vuestra mierda la limpio yo, me dijo. Yo le respondí que no hay nada más idiota que un pobre orgulloso de su pobreza. Ella me abofeteó la cara. Le dije al jefe que mi hermano y yo necesitábamos un lugar en el que vivir. Yo también lo creo, respondió. Y nos alquiló un pequeño apartamento a dos calles de su casa en el que hizo instalar un teléfono. Así puedo localizaros si me hacéis falta. Por una cuestión de principios volví a contratar a la mujer de la limpieza a la que mi madre había desahuciado.

Nunca hubo en San Pablo Extramuros dos menores de edad que manejasen semejantes cantidades de dinero. En términos estrictamente históricos, mi hermano y yo éramos dos pioneros, dos profetas que anunciaban la era de bienestar criminal que se aproximaba. Una tarde, en los futbolines, Rodrigo Dientes Sucios nos tachó de comemierdas vendidos a los pijos de San Pablo Alto. Putillas de niño rico, rebañando con la lengua la mierda que cae del culo acomodado de vuestro amo, vestidos con ridículos trajes de maricones que solo dos hijos de puta malcriados llevarían sin avergonzarse. Palabras textuales.

Rodrigo Dientes Sucios tenía diecisiete años, medía un metro ochenta y pesaba casi cien kilos, pero ese día San Pablo Extramuros vio una pelea dos contra uno que las nuevas generaciones todavía recuerdan, como los atenienses recordaban las hazañas de los antiguos héroes frente a las murallas de Troya.

Nos citamos en un callejón, como duelistas irlandeses borrachos. De aquella escena conservo en la memoria la imagen de mi hermano saltando sobre los hombros de Rodrigo Dientes Sucios, como un cowboy de rodeo que intenta mantenerse en la grupa de un toro rabioso. Mi hermano mordía la cabeza de Dientes Sucios, que se revolvía lanzando manotazos al aire. En medio de la confusión de cuerpos yo encontré espacio para empujarle la hoja de una pequeña navaja de campesino en el muslo derecho.

3.

No existe un recuerdo en mi memoria que no esté ligado a mi hermano pequeño. Hasta donde soy capaz de retroceder en el tiempo lo encuentro a mi lado. Dos niños de las afueras, silenciosos y solitarios, criados de frente a todo y a todos. Siempre pegado a mis talones, una criatura ajena a mí que creció a mi sombra y que con el tiempo se convirtió en la única persona del mundo con la que fui capaz de comunicarme sin tener que recurrir a la agresividad, el enfrentamiento y la violencia. Éramos una unidad indivisible compuesta por dos personas. Una familia de dos. Un mundo de dos.

En una misión sagrada de protección y cuidado mutuo. Reminiscencia. Juventud. Una noche como otra cualquiera. La pistola descansa sobre la mesa de la cocina como un animal dormido. La he limpiado a conciencia. He pulido el metal. Nadie diría que es una vieja pistola inservible. Ya no se encasquilla. Asusta. Conozco cada uno de sus resortes, las caricias secretas que la despiertan. Percutor, seguro, balas, recámara. He practicado en los descampados de San Pablo Extramuros, donde las detonaciones no alteran la paz de las buenas y tranquilas gentes. Soy capaz de acertar a una lata de cerveza a quince metros de distancia. Ocurre que ahora somos peligrosos.

Mi hermano y yo, en el asiento de atrás del Mercedes, miramos distraídos las aceras, los escaparates de los comercios. En esta zona de la ciudad los servicios de limpieza del ayuntamiento trabajan con dedicación. No hay mierdas de perro, no hay papeleras vencidas por el peso de los deshechos que las desbordan, no hay botellas vacías en el alféizar de las ventanas de los pisos bajos ni cáscaras de naranja haciendo noche en el tronco de los abedules. ¿Adónde vamos? Reunión de negocios, sonríe nuestro baranda.

El portero nos miró con una media sonrisa. Nada de niños, masculló, y apartó el aire con la mano como quien invita a la concurrencia a volver a los asuntos serios. Pero nuestro chico de casa bien tenía otros planes. Vienen conmigo. ¿Estás de coña? Estos dos señores, dijo señalándonos, son el motivo de la fiesta, todo el mundo espera para conocerlos y no querrás defraudar a todo el mundo.

Así que entramos. Nunca antes había estado un sitio igual. Música y luces y asientos de cuero de verdad, nada que se pareciera ni remotamente a las andrajosos pubs de San Pablo Extramuros donde mi hermano y yo jugábamos a los dardos. Todos parecían pasarlo bien y todos nos miraban. Se daban codazos, murmuraban divertidos, encantados con el toque exótico que nuestra presencia proporcionaba al local. Nos sentamos en un reservado y nuestro benefactor preguntó que queríamos beber. El camarero dudó, pero nuestro hombre en la Habana terminó de convencerlo en cuanto abrió la cartera. Mantenía limpias sus creencias, sabía que el dinero ponía paz en cualquier malentendido y que el mundo le sonreía. Lo pasaba bien.

De las horas que pasamos en aquella fiesta recuerdo la cara sin expresión de mi hermano, las chicas que nos hacían carantoñas y a nuestro muchacho de sonrisa de anuncio, os compraré zapatos, os compraré trajes a medida, os alquilaré un piso franco y seréis mis ángeles de la guarda, feliz de exhibirnos como a obras de arte heredadas que se enseñan a las visitas después del café.

En cuanto entramos en el portal le puse la pistola la cabeza. Había bebido tanto que pensó que le estábamos sirviendo la última a cuenta de la casa, una última broma antes de ir a dormir. Luego miró a mi hermano y ahí se le borró la sonrisa. Conté hasta diez. Silenciosos, solitarios, suaves, sedientos. ¿Qué queréis? Todo. ¿Todo? Hace tiempo que dejaste de ser gracioso, dijo mi hermano, y yo apreté el cañón de la pistola contra su frente.

Quién iba a decir que, en realidad, pertenecía al primer grupo, él, tan lenguaraz aquella primera noche en la que le quitamos la cartera y nos negó sus zapatos, quién iba a pensar que finalmente era uno de esos que se quedan quietos y pierden la voz, a los que hay que ir recordándoles paso a paso cuál es su papel y su lugar sobre el escenario. Le quitamos la cartera, el reloj, un anillo y una cadena de oro y nos quedamos con los zapatos y las llaves del Mercedes negro con los cristales ahumados. Nuestro chico de porcelana se envalentonó cuando nos montamos en el coche, gritó cosas que no me gustaría tener que reproducir, y finalmente, se hizo un ovillo contra la pared y allí se quedó, inmóvil.

Somos idiotas, dijo mi hermano, deberíamos haberle quitado la cartera antes de que se gastara la mitad del dinero en pagar copas. Conduje un rato a trompicones, como los primerizos. Atravesé San Pablo Extramuros saltándome todos los semáforos en rojo. Mi hermano sonreía. En la autovía el Mercedes se me fue un par de veces contra la mediana y tuve que pegar unos cuantos volantazos. Pero no ocurrió nada. Siempre hemos tenido suerte en la vida.

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Take me out (tonight)

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Hay una luz que nunca se apaga. En un lugar donde nunca hace frío. Doblando una esquina que nadie conoce. En una ciudad que solo nos pertenece a nosotros.

Llévame allí esta noche.

Llévame todas las noches.

Hay una luz que nunca se apaga. En una habitación con vistas a las azoteas de Roma. Dando un paseo hasta la tumba de Keats. Cuarenta grados a la sombra. Hay una luz. En una cama que siempre es suficiente. Que nunca se apaga. En una playa del sur. En una postal de Praga.

Llévame esta noche.

Llévame todas las noches.

A cualquier lugar. No importa. Pero contigo. Esto es importante. Repito. Contigo. Cantaremos canciones de los Smiths. Desafinando, y tendrá sentido. Brindaremos. Zivjeli. Por una vida llena de noches.

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La tristeza era mejor con Leonard Cohen

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La tristeza era mejor cuando Leonard estaba vivo.

La tristeza, entonces, era una compañera elegante.

La tristeza venía con sus canciones, se sentaba a tomar algo en el sofá, uno se desvivía por complacerla. La tristeza, con Leonard, nunca tuvo un rostro viejo y arrugado. Era más bien una muchacha que bailaba con los pies desnudos.

Dijo que estaba preparado para morir. Nosotros no estábamos preparados para su muerte. Pero él siempre supo cosas que nosotros nunca sabíamos. En su último disco utilizó coros de voces blancas, como contrapunto a su voz que siempre fue vieja. Hablaba de oscuridad, de despedidas. Como siempre, pensamos. Porque nos resistimos a captar la indirecta.

En un poema, hace muchos años, escribió: El amor es fuego. Arde por todas partes. Desfigura a todo el mundo. Es la excusa que pone el mundo por ser tan feo. Construyó un altar. Ofició ceremonias. Y todo lo prosaico, todo lo que había sido manoseado una y otra vez hasta quedar despojado de grandeza, Leonard lo tomó en sus manos y lo convirtió en algo sagrado.

Vivirá en las canciones, otro muerto más que marcha al exilio.

La tristeza era mejor cuando Leonard estaba vivo.

La tristeza, entonces, no era algo de lo que avergonzarse.

Ahora la tristeza está triste.

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