Carson

La gente en sus libros estaba siempre sola. Padres fracasados, hijos perdidos, alcohólicos agresivos, sordomudos sonrientes, vagabundos contrahechos. Los vimos alejarse al atardecer, hacia la puesta de sol en una calle polvorienta en un verano caluroso en una pequeña ciudad del sur de los Estados Unidos. Ella los observaba con sus ojos grandes que no hacían daño y un cigarrillo en los labios. Se llamaba Carson McCullers, había nacido en Columbus, Georgia, bebía, tenía el corazón renqueante, los ojos inquietos. A los veintitrés años escribió un libro luminoso.

Terminé de leer El corazón es un cazador solitario en algún lugar de la noche entre Uster y Wetzikon. Y ahora, cada vez que el tren me devuelve a ese espacio solitario entre dos ciudades que me son extrañas, recuerdo al alegre sordomudo John Singer y rezo para que todos los que están perdidos encuentren lo que quiera que busquen.

Venían en peregrinación, durante aquel año que duró cuatro estaciones, como todos, hasta la habitación del sordomudo en una pensión llena de huéspedes que se retrasaban en los pagos y, durante horas, le contaban sus problemas a aquel hombre que se sentaba con la espalda muy recta, las manos sobre las rodillas, sonreía y les ofrecía un silencio desinteresado que cauterizaba sus heridas.

Venían porque no tenían a nadie que los escuchara. Corazones presos, cazadores solitarios. También Carson quiso mucho más de lo que la quisieron. Pero puso toda aquella entrega malgastada en su obra y así aprendimos que ningún amor se desperdicia. El amor, en sus libros, aparecía como un milagro en los márgenes de lo cotidiano. Porque solo hay un amor de verdad: el de los desamparados. Lo demás es decorado y costumbre.

Tres infartos antes de los cincuenta. Murió en la cubierta de un barco de vapor que se sacudió la molestia de su cadáver y siguió viaje como si el mundo no tuviera por qué lamentar la pérdida de una cincuentona borracha que fumaba demasiado y siempre parecía aburrida en las fotos. La lloraron los solitarios. Se dijeron: fue una suerte tenerla.

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La marcha Radetzky

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En algún lugar del Imperio, el nieto del héroe de la batalla de Solferino escucha la Marcha Radetzky. Entonces la guerra parecía una cosa demasiado lejana, los soldados destinados en la frontera pasaban el rato perdiendo a la ruleta, al emperador le crecían las patillas en los retratos de los burdeles y uno siempre podía contar con un par de días de permiso para lucir el uniforme en las avenidas de Viena.

Del otro lado del papel Joseph Roth hace una seña al camarero, pide otra y humedece la punta del lápiz con la lengua.

Al nieto del héroe de Solferino nada le haría más feliz que dejarse matar por la monarquía. Uniforme de teniente impecable, barro en las botas. Ha pasado la mañana caminando bajo la lluvia que derrite la nieve. El sable le molesta. El apellido lo asfixia. En la batalla de Solferino su abuelo apartó al emperador de la trayectoria de una bala italiana. Lo ascendieron a capitán. Y el emperador en persona lo nombró barón de su aldea natal eslovena.

Roth analiza el vaso con desconfianza. Sospecha que, mientras escribe, alguien alarga el brazo y lo aligera de licor a escondidas. Los bebedores siempre son suspicaces.

No hemos dicho que su nombre es Trotta. Su nombre es Trotta. Carl Joseph Trotta. Nieto de un teniente de artillería que recibió en la clavícula una bala dirigida al corazón del emperador de Austria-Hungría. Hijo de un jefe de distrito que se resiste a ver las grietas en las paredes de un mundo que se desmorona.

Sabe que se puede atrapar el atardecer en las páginas de un libro, pero con eso no basta. Quiere atrapar el último resplandor de luz que el sol dejó caer sobre su país antes de ocultarse para siempre.

En la niñez de Trotta suena la marcha Radetzky. En su juventud las palabras de la mujer de un sargento de aldea. En su desgracia las manecillas de un reloj que anuncia el amanecer. En su impaciencia la respiración agitada de un tren a Viena. En su agonía una bala junto a un pozo de agua y un saludo en ruteno: que dios sea contigo.

Y a partir de ese último trazo de luz volver la vista atrás y recuperarlo todo.

Hay un sendero que cruza las montañas. Por ese sendero se acerca la guerra. Los soldados la esperan con impaciencia. La banda militar toca la marcha Radetzky. Trotta se ciñe el sable. Levanta la vista hacia el cielo y observa las estrellas de su infancia. Deseaba tanto entonces morir por el emperador. En solo unas semanas el Imperio se llena de padres que ya no reciben cartas de sus hijos desde el frente.

Joseph Roth rebusca en sus bolsillos, paga la cuenta y abandona el café. Camina a tientas. El mundo ya no existe, pero él ha conseguido guardar un pedazo.

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Ángeles en San Pablo Extramuros

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Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez. Cuenta de nuevo. Respira. ¿Lo quieres? Entonces, cógelo. Uno. Dos. Demasiado tiempo dejando pasar el desprecio de los demás. Tres. Cuatro. Quien quiera encontrarme que venga de cara. Cinco. Seis. Silencioso, solitario, suave, sediento. Siete. Ocho. Porque no somos como los otros. Nueve. Diez. Porque nunca hemos sido como los otros.

1.

Yo tenía doce años y talento para el futbolín y para escupir de lado. Así empezó todo. Meterse en los portales camino del colegio era tan sencillo que la experiencia carecía del carácter educativo de las grandes aventuras. Desde niño, que yo recuerde, mis sueños siempre han sido una continua sucesión de imágenes en negro. Y cuando entrábamos en los futbolines, los otros, dieciséis, diecisiete, dieciocho años, nos aplaudían, nos lanzaban una moneda de cinco duros por el aire y nos invitaban a jugar la siguiente ronda. Mi hermano era tan pequeño que tenía que utilizar una caja de cerveza a modo de taburete para poder seguir correctamente la trayectoria de la bola entre las piernas de madera de los muñecajos. El tabaco y la cerveza fueron una continuación natural de las tardes en el futbolín. Mi hermano y yo tosíamos en el callejón, los otros reían. Hasta que una tarde conseguimos un paquete entero para nosotros solos, hora y media de humareda, y ya no volvimos a toser nunca. Con catorce años conocí al primer amor que nunca se olvida. Pero a mí se me olvidó. En cambio recuerdo el día y la hora exacta del verano de 1994 en el que la pistola vino a nuestras manos.

Rodrigo Dientes Sucios me dijo que podía utilizarla para hacer el idiota y acojonar a los comemierdas de San Pablo Alto. Pero no te metas en líos, porque con ese trasto no matarás a nadie. Mira, me dijo, ¿ves?, si intentas amartillarla con prisas se encasquilla sin remedio. Y la mirilla está tan desviada que no acertarás a nada que esté a más de dos metros de distancia. Y el seguro no sirve, así que nunca la lleves cargada. Si te la guardas en el pantalón acabarás pegándote un tiro en la polla.

En el léxico de San Pablo Extramuros, como llamamos al bosque de bloques de cemento y descampados que habitamos, un comemierdas de San Pablo Alto es un chico, generalmente bien peinado, de esa parte de la ciudad en la que uno nace con un billete de lotería premiado inserto en la raja del culo. El médico de la pone al futuro comemierdas en los brazos de su madre y de esta manera queda sellado su sencillo tránsito por el mundo. Nunca tendrá problemas que su posición social no consiga arreglar con un vistazo a la agenda y una oportuna llamada de teléfono.

Los comemierdas de San Pablo Alto, sobra decirlo, no tenían demasiado apego a San Pablo Extramuros. Pero en 1995 el equipo de la ciudad empezó a construir un nuevo estadio en el vecindario. Y a los comemierdas futboleros no les quedó más remedio que cruzar la frontera un domingo cada dos semanas. Entonces empezamos a divertirnos.

Se puede clasificar a la gente en dos grandes grupos en función de sus reacciones cuando un arma les apunta a la cara. Están los que se quedan paralizados. Literalmante. Son incapaces de reaccionar. No hablan, no intentan huir, no hacen nada. Son devorados por un elemento ajeno a su mundo con el que nunca habían planeado cruzarse. En casos así uno tiene que hacer todo el trabajo. Les das instrucciones, que obeceden de manera automática. La cartera, el reloj. Si es invierno, les pides la cazadora. Si te gustan las botas, les pides las botas. ¿Tienes tabaco, atontado? Dame el tabaco. Y el sanpabloaltoboy se va despojando de sus posesiones con parsimonia, como un hombre que ha sido hipnotizado en la gala de un casino de provincias. Cuando te marchas, si miras de reojo hacia atrás, los puedes ver, todavía inmóviles, incapaces de regresar al mundo que acaban de descubrir, real como una pesadilla. Tardan unos segundos en recuperar la conciencia. Entonces, generalmente, se sientan en el suelo y lloran.

Los que pertenecen al segundo grupo no se quedan paralizados. En lugar de eso, reaccionan. Primero miran la pistola para comprobar si se parece a la que han visto en las películas. Después intentan localizar vías de escape. A veces incluso amagan con echar a correr. Pero finalmente terminan por resignarse.  Todo es más simple con los que se animan a participar en la performance. Y uno adquiere cierta simpatía hacia su buena disposición y su iniciativa.

Por supuesto no se trata de una ciencia exacta. Hay excepciones, casos aislados, ratoncitos que se niegan a seguir los ciclos de control del laboratorio. Han vivido tanto tiempo en sus palacios sobre la colina que ni siquiera una pistola consigue sacarlos del error. Te miran con desprecio. Sacan la cartera, extraen el dinero y te lo alargan con una sonrisa. Cógelo, tengo más. Les dices que se quiten los zapatos. ¿Y qué ocurre? Que se niegan. Tienes una pistola apuntándoles a la cabeza, y se niegan. Actúan como si su vida le sucediera a otros, convencidos de que nada puede dañarles. Y entonces mi hermano, que tiene el poco juicio de los hermanos pequeños, empieza a gritar cosas. Pégale un tiro a este mierda. Déjalo seco. Pero el mierda sonríe, displicente. Y es todo desprecio, absoluto y genuino desprecio de niño rico convencido de que el dinero compra cualquier amenaza.

Mis zapatos no son de vuestra talla. Tú, dice señalando a mi hermano, ¿cuántos años tienes? Trece. ¿Y tú? Quince. ¿Y pretendéis que os sirvan unos zapatos italianos de adulto? Además, estáis mal alimentados. Pero puedo conseguiros unos de vuestro número. ¿Os gustan estos? Puedo conseguiros lo que queráis. Pégale un tiro. Déjalo seco. ¿No ves que se ríe de tu miseria en tu cara? Niño guapo, niños rico, una bala en la barriga quizá consiga abrirle los ojos cuando le abra las tripas. Un ruido seco. Y después la certeza de que te vas a morir. Algo que no sospechabas esta mañana, mientras bebías café en la cocina. La mano roja de sangre, apriétala fuerte contra el agujero, aunque duela, y respira hondo, respira muy hondo para distraer a la taquicardia, porque más látidos significan más sangre, y más sangre significa más muerte. Y entonces te alejas y lo dejas tirado en el callejón, orgulloso porque sabes que has contribuido a la buena marcha del mundo enseñando una valiosa lección a un semejante que ahora es un poco más sabio.

Pero en realidad no haces eso. Porque en lugares como San Pablo Extramuros uno aprende que el beneficio material siempre supera al espiritual y que la paz del estómago es superior a la paz del alma. Así que te acercas al sonriente chico feliz y le preguntas qué tipo de cosas son esas que puede conseguirte y qué pide a cambio.

2.

Nos compró zapatos italianos. Nos llevó a un sastre que nos hizo trajes a medida. Nos permitió quedarnos con el dinero que le habíamos robado y empezó a pagarnos quince mil pesetas a la semana por acomparlo en sus salidas nocturnas. Conducía un Mercedes negro con los cristales ahumados. Mi hermano y yo viajábamos siempre en el asiento de atrás. Dos ángeles custodios de San Pablo Extramuros. Presumía de nosotros con sus amigos. Miradlos, nos señalaba, siempre enfadados, no sonríen nunca, pura rabia postindustrial de extrarradio. Organizaba fiestas en su casa y nos hacía montar guardar en la puerta. Nos obligaba a cachear a los asistentes, que se prestaban a la comedia. Universitarios, apellidos extraños, apellidos compuestos, con guiones, nombres como no has escuchado en tu vida, veinte años, veinticinco años, perfumes, peinados a la última, ellos y ellas, mira el chiquitín que serio, risas y, detrás de las risas, la eterna superioridad, la caricia en el lomo. Mi hermano, que siempre ha tenido las manos despiertas, aprovechaba los cacheos para sisar paquetes de tabaco y carteras. Aligeraba los bolsillos de los invitados, que nunca se quejaban al anfitrión por miedo al ridículo.

Éramos un fotograma de Pasolini. Los trajes de sastrería, en lugar de disimular nuestro origen, lo hacían más evidente. Siempre con el pelo sucio, las manos sucias, las mejillas sucias y mucha mierda detrás de las orejas, estigmas producto de los malos hábitos de limpieza adquiridos en una casa sin agua caliente. Nos convertimos en la sensación de las noches bien de San Pablo Alto. Nuestro benefactor explicaba a la concurrencia: son mis guardaespaldas.

Contraté a una mujer para que ayudara a mi madre con las tareas de la casa. Mi madre la despidió en cuanto la pobre señora se presentó en el domicilio familiar. Vuestra mierda la limpio yo, me dijo. Yo le respondí que no hay nada más idiota que un pobre orgulloso de su pobreza. Ella me abofeteó la cara. Le dije al jefe que mi hermano y yo necesitábamos un lugar en el que vivir. Yo también lo creo, respondió. Y nos alquiló un pequeño apartamento a dos calles de su casa en el que hizo instalar un teléfono. Así puedo localizaros si me hacéis falta. Por una cuestión de principios volví a contratar a la mujer de la limpieza a la que mi madre había desahuciado.

Nunca hubo en San Pablo Extramuros dos menores de edad que manejasen semejantes cantidades de dinero. En términos estrictamente históricos, mi hermano y yo éramos dos pioneros, dos profetas que anunciaban la era de bienestar criminal que se aproximaba. Una tarde, en los futbolines, Rodrigo Dientes Sucios nos tachó de comemierdas vendidos a los pijos de San Pablo Alto. Putillas de niño rico, rebañando con la lengua la mierda que cae del culo acomodado de vuestro amo, vestidos con ridículos trajes de maricones que solo dos hijos de puta malcriados llevarían sin avergonzarse. Palabras textuales.

Rodrigo Dientes Sucios tenía diecisiete años, medía un metro ochenta y pesaba casi cien kilos, pero ese día San Pablo Extramuros vio una pelea dos contra uno que las nuevas generaciones todavía recuerdan, como los atenienses recordaban las hazañas de los antiguos héroes frente a las murallas de Troya.

Nos citamos en un callejón, como duelistas irlandeses borrachos. De aquella escena conservo en la memoria la imagen de mi hermano saltando sobre los hombros de Rodrigo Dientes Sucios, como un cowboy de rodeo que intenta mantenerse en la grupa de un toro rabioso. Mi hermano mordía la cabeza de Dientes Sucios, que se revolvía lanzando manotazos al aire. En medio de la confusión de cuerpos yo encontré espacio para empujarle la hoja de una pequeña navaja de campesino en el muslo derecho.

3.

No existe un recuerdo en mi memoria que no esté ligado a mi hermano pequeño. Hasta donde soy capaz de retroceder en el tiempo lo encuentro a mi lado. Dos niños de las afueras, silenciosos y solitarios, criados de frente a todo y a todos. Siempre pegado a mis talones, una criatura ajena a mí que creció a mi sombra y que con el tiempo se convirtió en la única persona del mundo con la que fui capaz de comunicarme sin tener que recurrir a la agresividad, el enfrentamiento y la violencia. Éramos una unidad indivisible compuesta por dos personas. Una familia de dos. Un mundo de dos.

En una misión sagrada de protección y cuidado mutuo. Reminiscencia. Juventud. Una noche como otra cualquiera. La pistola descansa sobre la mesa de la cocina como un animal dormido. La he limpiado a conciencia. He pulido el metal. Nadie diría que es una vieja pistola inservible. Ya no se encasquilla. Asusta. Conozco cada uno de sus resortes, las caricias secretas que la despiertan. Percutor, seguro, balas, recámara. He practicado en los descampados de San Pablo Extramuros, donde las detonaciones no alteran la paz de las buenas y tranquilas gentes. Soy capaz de acertar a una lata de cerveza a quince metros de distancia. Ocurre que ahora somos peligrosos.

Mi hermano y yo, en el asiento de atrás del Mercedes, miramos distraídos las aceras, los escaparates de los comercios. En esta zona de la ciudad los servicios de limpieza del ayuntamiento trabajan con dedicación. No hay mierdas de perro, no hay papeleras vencidas por el peso de los deshechos que las desbordan, no hay botellas vacías en el alféizar de las ventanas de los pisos bajos ni cáscaras de naranja haciendo noche en el tronco de los abedules. ¿Adónde vamos? Reunión de negocios, sonríe nuestro baranda.

El portero nos miró con una media sonrisa. Nada de niños, masculló, y apartó el aire con la mano como quien invita a la concurrencia a volver a los asuntos serios. Pero nuestro chico de casa bien tenía otros planes. Vienen conmigo. ¿Estás de coña? Estos dos señores, dijo señalándonos, son el motivo de la fiesta, todo el mundo espera para conocerlos y no querrás defraudar a todo el mundo.

Así que entramos. Nunca antes había estado un sitio igual. Música y luces y asientos de cuero de verdad, nada que se pareciera ni remotamente a las andrajosos pubs de San Pablo Extramuros donde mi hermano y yo jugábamos a los dardos. Todos parecían pasarlo bien y todos nos miraban. Se daban codazos, murmuraban divertidos, encantados con el toque exótico que nuestra presencia proporcionaba al local. Nos sentamos en un reservado y nuestro benefactor preguntó que queríamos beber. El camarero dudó, pero nuestro hombre en la Habana terminó de convencerlo en cuanto abrió la cartera. Mantenía limpias sus creencias, sabía que el dinero ponía paz en cualquier malentendido y que el mundo le sonreía. Lo pasaba bien.

De las horas que pasamos en aquella fiesta recuerdo la cara sin expresión de mi hermano, las chicas que nos hacían carantoñas y a nuestro muchacho de sonrisa de anuncio, os compraré zapatos, os compraré trajes a medida, os alquilaré un piso franco y seréis mis ángeles de la guarda, feliz de exhibirnos como a obras de arte heredadas que se enseñan a las visitas después del café.

En cuanto entramos en el portal le puse la pistola la cabeza. Había bebido tanto que pensó que le estábamos sirviendo la última a cuenta de la casa, una última broma antes de ir a dormir. Luego miró a mi hermano y ahí se le borró la sonrisa. Conté hasta diez. Silenciosos, solitarios, suaves, sedientos. ¿Qué queréis? Todo. ¿Todo? Hace tiempo que dejaste de ser gracioso, dijo mi hermano, y yo apreté el cañón de la pistola contra su frente.

Quién iba a decir que, en realidad, pertenecía al primer grupo, él, tan lenguaraz aquella primera noche en la que le quitamos la cartera y nos negó sus zapatos, quién iba a pensar que finalmente era uno de esos que se quedan quietos y pierden la voz, a los que hay que ir recordándoles paso a paso cuál es su papel y su lugar sobre el escenario. Le quitamos la cartera, el reloj, un anillo y una cadena de oro y nos quedamos con los zapatos y las llaves del Mercedes negro con los cristales ahumados. Nuestro chico de porcelana se envalentonó cuando nos montamos en el coche, gritó cosas que no me gustaría tener que reproducir, y finalmente, se hizo un ovillo contra la pared y allí se quedó, inmóvil.

Somos idiotas, dijo mi hermano, deberíamos haberle quitado la cartera antes de que se gastara la mitad del dinero en pagar copas. Conduje un rato a trompicones, como los primerizos. Atravesé San Pablo Extramuros saltándome todos los semáforos en rojo. Mi hermano sonreía. En la autovía el Mercedes se me fue un par de veces contra la mediana y tuve que pegar unos cuantos volantazos. Pero no ocurrió nada. Siempre hemos tenido suerte en la vida.

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Take me out (tonight)

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Hay una luz que nunca se apaga. En un lugar donde nunca hace frío. Doblando una esquina que nadie conoce. En una ciudad que solo nos pertenece a nosotros.

Llévame allí esta noche.

Llévame todas las noches.

Hay una luz que nunca se apaga. En una habitación con vistas a las azoteas de Roma. Dando un paseo hasta la tumba de Keats. Cuarenta grados a la sombra. Hay una luz. En una cama que siempre es suficiente. Que nunca se apaga. En una playa del sur. En una postal de Praga.

Llévame esta noche.

Llévame todas las noches.

A cualquier lugar. No importa. Pero contigo. Esto es importante. Repito. Contigo. Cantaremos canciones de los Smiths. Desafinando, y tendrá sentido. Brindaremos. Zivjeli. Por una vida llena de noches.

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La tristeza era mejor con Leonard Cohen

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La tristeza era mejor cuando Leonard estaba vivo.

La tristeza, entonces, era una compañera elegante.

La tristeza venía con sus canciones, se sentaba a tomar algo en el sofá, uno se desvivía por complacerla. La tristeza, con Leonard, nunca tuvo un rostro viejo y arrugado. Era más bien una muchacha que bailaba con los pies desnudos.

Dijo que estaba preparado para morir. Nosotros no estábamos preparados para su muerte. Pero él siempre supo cosas que nosotros nunca sabíamos. En su último disco utilizó coros de voces blancas, como contrapunto a su voz que siempre fue vieja. Hablaba de oscuridad, de despedidas. Como siempre, pensamos. Porque nos resistimos a captar la indirecta.

En un poema, hace muchos años, escribió: El amor es fuego. Arde por todas partes. Desfigura a todo el mundo. Es la excusa que pone el mundo por ser tan feo. Construyó un altar. Ofició ceremonias. Y todo lo prosaico, todo lo que había sido manoseado una y otra vez hasta quedar despojado de grandeza, Leonard lo tomó en sus manos y lo convirtió en algo sagrado.

Vivirá en las canciones, otro muerto más que marcha al exilio.

La tristeza era mejor cuando Leonard estaba vivo.

La tristeza, entonces, no era algo de lo que avergonzarse.

Ahora la tristeza está triste.

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No despertéis a Kafka

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Kafka no está muerto, está dormido. Cuidado niños, el dedo índice forma una cruz sobre los labios, id a jugar más allá, no despertéis a Kafka, que sueña. ¿Con qué sueñan los escritores inmortales?, se pregunta a veces, mientras se detiene ante la puerta que nunca abre. Detrás de esa puerta está la habitación donde duerme Kafka, que el día menos pensado se despertará y querrá desayunar algo. Puede que sueñe con Praga, con Milena y Felice. O quizás con Max Brod, con el futuro que nunca vio. Qué bien que duerma, se dice, que bien que no tuviera que verlo.

Abre el periódico, ojea la sección de cultura y vuelve a salir a la calle para reñir a los niños, que alborotan el vecindario con la pelota, que van a terminar despertando a Kafka. Más allá, niños, más allá, id a jugar a otro sitio, ¿no veis que en esta casa la gente descansa? Los niños la miran con la indiferencia de todos los días. Hace tiempo que desistieron de contestar o burlarse, simplemente siguen jugando como si la mujer no estuviera allí.

Vuelve adentro refunfuñando, ich muss zu ihren Eltern reden, en ese idioma extraño que utiliza cuando habla sola y que ninguno entiende. Kafka, en la habitación cerrada, se consume soñando. Como todos. Todos nos consumimos soñando. ¿Y quién nos asegura que no será peor despertar?. Qué no hubiera dado Gregor Samsa por seguir durmiendo. Por eso es tan importante mantener la casa en silencio. Para que los que duermen sigan soñando.

Prepara café y sale al balcón. Sobre una pequeña mesa de madera hay un cenicero, un paquete de tabaco y un ejemplar de El Castillo. Enciende un cigarro y abre una página al azar. Lee en voz alta, mientras los niños siguen jugando en la calle. Conoce el libro mejor que su propia vida. Cada personaje, cada conflicto que hace avanzar el argumento. Es capaz de recitar capítulos enteros de memoria. Elige una frase cualquiera e intenta adivinar qué procesos mentales llevaron a Kafka a escribir esas palabras exactas y no otras, por qué en ese orden y no en otro. Quiere despertar a Kafka y que Kafka le explique por qué llamó al protagonista K. en lugar de M. o de Jaroslav. Por qué una aldea. Por qué un castillo lleno de oficinas.

Pero Kafka duerme, y no tiene tiempo para responder a sus preguntas. Apura el café y sale del libro para regresar a las cosas que deben ser hechas sin remedio. La vuelta a la realidad la entumece. Y se dice, con cierta amargura, que es mucho más fácil soñar que vivir. Cierra con cuidado el balcón y evita hacer ruido mientras cruza el pasillo y se detiene delante de la puerta de la habitación donde duerme Kafka. Como todos los días apoya una mano en el picaporte y después la retira aterrorizada.

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