La marcha Radetzky

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En algún lugar del Imperio, el nieto del héroe de la batalla de Solferino escucha la Marcha Radetzky. Entonces la guerra parecía una cosa demasiado lejana, los soldados destinados en la frontera pasaban el rato perdiendo a la ruleta, al emperador le crecían las patillas en los retratos de los burdeles y uno siempre podía contar con un par de días de permiso para lucir el uniforme en las avenidas de Viena.

Del otro lado del papel Joseph Roth hace una seña al camarero, pide otra y humedece la punta del lápiz con la lengua.

Al nieto del héroe de Solferino nada le haría más feliz que dejarse matar por la monarquía. Uniforme de teniente impecable, barro en las botas. Ha pasado la mañana caminando bajo la lluvia que derrite la nieve. El sable le molesta. El apellido lo asfixia. En la batalla de Solferino su abuelo apartó al emperador de la trayectoria de una bala italiana. Lo ascendieron a capitán. Y el emperador en persona lo nombró barón de su aldea natal eslovena.

Roth analiza el vaso con desconfianza. Sospecha que, mientras escribe, alguien alarga el brazo y lo aligera de licor a escondidas. Los bebedores siempre son suspicaces.

No hemos dicho que su nombre es Trotta. Su nombre es Trotta. Carl Joseph Trotta. Nieto de un teniente de artillería que recibió en la clavícula una bala dirigida al corazón del emperador de Austria-Hungría. Hijo de un jefe de distrito que se resiste a ver las grietas en las paredes de un mundo que se desmorona.

Sabe que se puede atrapar el atardecer en las páginas de un libro, pero con eso no basta. Quiere atrapar el último resplandor de luz que el sol dejó caer sobre su país antes de ocultarse para siempre.

En la niñez de Trotta suena la marcha Radetzky. En su juventud las palabras de la mujer de un sargento de aldea. En su desgracia las manecillas de un reloj que anuncia el amanecer. En su impaciencia la respiración agitada de un tren a Viena. En su agonía una bala junto a un pozo de agua y un saludo en ruteno: que dios sea contigo.

Y a partir de ese último trazo de luz volver la vista atrás y recuperarlo todo.

Hay un sendero que cruza las montañas. Por ese sendero se acerca la guerra. Los soldados la esperan con impaciencia. La banda militar toca la marcha Radetzky. Trotta se ciñe el sable. Levanta la vista hacia el cielo y observa las estrellas de su infancia. Deseaba tanto entonces morir por el emperador. En solo unas semanas el Imperio se llena de padres que ya no reciben cartas de sus hijos desde el frente.

Joseph Roth rebusca en sus bolsillos, paga la cuenta y abandona el café. Camina a tientas. El mundo ya no existe, pero él ha conseguido guardar un pedazo.

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Ángeles en San Pablo Extramuros

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Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez. Cuenta de nuevo. Respira. ¿Lo quieres? Entonces, cógelo. Uno. Dos. Demasiado tiempo dejando pasar el desprecio de los demás. Tres. Cuatro. Quien quiera encontrarme que venga de cara. Cinco. Seis. Silencioso, solitario, suave, sediento. Siete. Ocho. Porque no somos como los otros. Nueve. Diez. Porque nunca hemos sido como los otros.

1.

Yo tenía doce años y talento para el futbolín y para escupir de lado. Así empezó todo. Meterse en los portales camino del colegio era tan sencillo que la experiencia carecía del carácter educativo de las grandes aventuras. Desde niño, que yo recuerde, mis sueños siempre han sido una continua sucesión de imágenes en negro. Y cuando entrábamos en los futbolines, los otros, dieciséis, diecisiete, dieciocho años, nos aplaudían, nos lanzaban una moneda de cinco duros por el aire y nos invitaban a jugar la siguiente ronda. Mi hermano era tan pequeño que tenía que utilizar una caja de cerveza a modo de taburete para poder seguir correctamente la trayectoria de la bola entre las piernas de madera de los muñecajos. El tabaco y la cerveza fueron una continuación natural de las tardes en el futbolín. Mi hermano y yo tosíamos en el callejón, los otros reían. Hasta que una tarde conseguimos un paquete entero para nosotros solos, hora y media de humareda, y ya no volvimos a toser nunca. Con catorce años conocí al primer amor que nunca se olvida. Pero a mí se me olvidó. En cambio recuerdo el día y la hora exacta del verano de 1994 en el que la pistola vino a nuestras manos.

Rodrigo Dientes Sucios me dijo que podía utilizarla para hacer el idiota y acojonar a los comemierdas de San Pablo Alto. Pero no te metas en líos, porque con ese trasto no matarás a nadie. Mira, me dijo, ¿ves?, si intentas amartillarla con prisas se encasquilla sin remedio. Y la mirilla está tan desviada que no acertarás a nada que esté a más de dos metros de distancia. Y el seguro no sirve, así que nunca la lleves cargada. Si te la guardas en el pantalón acabarás pegándote un tiro en la polla.

En el léxico de San Pablo Extramuros, como llamamos al bosque de bloques de cemento y descampados que habitamos, un comemierdas de San Pablo Alto es un chico, generalmente bien peinado, de esa parte de la ciudad en la que uno nace con un billete de lotería premiado inserto en la raja del culo. El médico de la pone al futuro comemierdas en los brazos de su madre y de esta manera queda sellado su sencillo tránsito por el mundo. Nunca tendrá problemas que su posición social no consiga arreglar con un vistazo a la agenda y una oportuna llamada de teléfono.

Los comemierdas de San Pablo Alto, sobra decirlo, no tenían demasiado apego a San Pablo Extramuros. Pero en 1995 el equipo de la ciudad empezó a construir un nuevo estadio en el vecindario. Y a los comemierdas futboleros no les quedó más remedio que cruzar la frontera un domingo cada dos semanas. Entonces empezamos a divertirnos.

Se puede clasificar a la gente en dos grandes grupos en función de sus reacciones cuando un arma les apunta a la cara. Están los que se quedan paralizados. Literalmante. Son incapaces de reaccionar. No hablan, no intentan huir, no hacen nada. Son devorados por un elemento ajeno a su mundo con el que nunca habían planeado cruzarse. En casos así uno tiene que hacer todo el trabajo. Les das instrucciones, que obeceden de manera automática. La cartera, el reloj. Si es invierno, les pides la cazadora. Si te gustan las botas, les pides las botas. ¿Tienes tabaco, atontado? Dame el tabaco. Y el sanpabloaltoboy se va despojando de sus posesiones con parsimonia, como un hombre que ha sido hipnotizado en la gala de un casino de provincias. Cuando te marchas, si miras de reojo hacia atrás, los puedes ver, todavía inmóviles, incapaces de regresar al mundo que acaban de descubrir, real como una pesadilla. Tardan unos segundos en recuperar la conciencia. Entonces, generalmente, se sientan en el suelo y lloran.

Los que pertenecen al segundo grupo no se quedan paralizados. En lugar de eso, reaccionan. Primero miran la pistola para comprobar si se parece a la que han visto en las películas. Después intentan localizar vías de escape. A veces incluso amagan con echar a correr. Pero finalmente terminan por resignarse.  Todo es más simple con los que se animan a participar en la performance. Y uno adquiere cierta simpatía hacia su buena disposición y su iniciativa.

Por supuesto no se trata de una ciencia exacta. Hay excepciones, casos aislados, ratoncitos que se niegan a seguir los ciclos de control del laboratorio. Han vivido tanto tiempo en sus palacios sobre la colina que ni siquiera una pistola consigue sacarlos del error. Te miran con desprecio. Sacan la cartera, extraen el dinero y te lo alargan con una sonrisa. Cógelo, tengo más. Les dices que se quiten los zapatos. ¿Y qué ocurre? Que se niegan. Tienes una pistola apuntándoles a la cabeza, y se niegan. Actúan como si su vida le sucediera a otros, convencidos de que nada puede dañarles. Y entonces mi hermano, que tiene el poco juicio de los hermanos pequeños, empieza a gritar cosas. Pégale un tiro a este mierda. Déjalo seco. Pero el mierda sonríe, displicente. Y es todo desprecio, absoluto y genuino desprecio de niño rico convencido de que el dinero compra cualquier amenaza.

Mis zapatos no son de vuestra talla. Tú, dice señalando a mi hermano, ¿cuántos años tienes? Trece. ¿Y tú? Quince. ¿Y pretendéis que os sirvan unos zapatos italianos de adulto? Además, estáis mal alimentados. Pero puedo conseguiros unos de vuestro número. ¿Os gustan estos? Puedo conseguiros lo que queráis. Pégale un tiro. Déjalo seco. ¿No ves que se ríe de tu miseria en tu cara? Niño guapo, niños rico, una bala en la barriga quizá consiga abrirle los ojos cuando le abra las tripas. Un ruido seco. Y después la certeza de que te vas a morir. Algo que no sospechabas esta mañana, mientras bebías café en la cocina. La mano roja de sangre, apriétala fuerte contra el agujero, aunque duela, y respira hondo, respira muy hondo para distraer a la taquicardia, porque más látidos significan más sangre, y más sangre significa más muerte. Y entonces te alejas y lo dejas tirado en el callejón, orgulloso porque sabes que has contribuido a la buena marcha del mundo enseñando una valiosa lección a un semejante que ahora es un poco más sabio.

Pero en realidad no haces eso. Porque en lugares como San Pablo Extramuros uno aprende que el beneficio material siempre supera al espiritual y que la paz del estómago es superior a la paz del alma. Así que te acercas al sonriente chico feliz y le preguntas qué tipo de cosas son esas que puede conseguirte y qué pide a cambio.

2.

Nos compró zapatos italianos. Nos llevó a un sastre que nos hizo trajes a medida. Nos permitió quedarnos con el dinero que le habíamos robado y empezó a pagarnos quince mil pesetas a la semana por acomparlo en sus salidas nocturnas. Conducía un Mercedes negro con los cristales ahumados. Mi hermano y yo viajábamos siempre en el asiento de atrás. Dos ángeles custodios de San Pablo Extramuros. Presumía de nosotros con sus amigos. Miradlos, nos señalaba, siempre enfadados, no sonríen nunca, pura rabia postindustrial de extrarradio. Organizaba fiestas en su casa y nos hacía montar guardar en la puerta. Nos obligaba a cachear a los asistentes, que se prestaban a la comedia. Universitarios, apellidos extraños, apellidos compuestos, con guiones, nombres como no has escuchado en tu vida, veinte años, veinticinco años, perfumes, peinados a la última, ellos y ellas, mira el chiquitín que serio, risas y, detrás de las risas, la eterna superioridad, la caricia en el lomo. Mi hermano, que siempre ha tenido las manos despiertas, aprovechaba los cacheos para sisar paquetes de tabaco y carteras. Aligeraba los bolsillos de los invitados, que nunca se quejaban al anfitrión por miedo al ridículo.

Éramos un fotograma de Pasolini. Los trajes de sastrería, en lugar de disimular nuestro origen, lo hacían más evidente. Siempre con el pelo sucio, las manos sucias, las mejillas sucias y mucha mierda detrás de las orejas, estigmas producto de los malos hábitos de limpieza adquiridos en una casa sin agua caliente. Nos convertimos en la sensación de las noches bien de San Pablo Alto. Nuestro benefactor explicaba a la concurrencia: son mis guardaespaldas.

Contraté a una mujer para que ayudara a mi madre con las tareas de la casa. Mi madre la despidió en cuanto la pobre señora se presentó en el domicilio familiar. Vuestra mierda la limpio yo, me dijo. Yo le respondí que no hay nada más idiota que un pobre orgulloso de su pobreza. Ella me abofeteó la cara. Le dije al jefe que mi hermano y yo necesitábamos un lugar en el que vivir. Yo también lo creo, respondió. Y nos alquiló un pequeño apartamento a dos calles de su casa en el que hizo instalar un teléfono. Así puedo localizaros si me hacéis falta. Por una cuestión de principios volví a contratar a la mujer de la limpieza a la que mi madre había desahuciado.

Nunca hubo en San Pablo Extramuros dos menores de edad que manejasen semejantes cantidades de dinero. En términos estrictamente históricos, mi hermano y yo éramos dos pioneros, dos profetas que anunciaban la era de bienestar criminal que se aproximaba. Una tarde, en los futbolines, Rodrigo Dientes Sucios nos tachó de comemierdas vendidos a los pijos de San Pablo Alto. Putillas de niño rico, rebañando con la lengua la mierda que cae del culo acomodado de vuestro amo, vestidos con ridículos trajes de maricones que solo dos hijos de puta malcriados llevarían sin avergonzarse. Palabras textuales.

Rodrigo Dientes Sucios tenía diecisiete años, medía un metro ochenta y pesaba casi cien kilos, pero ese día San Pablo Extramuros vio una pelea dos contra uno que las nuevas generaciones todavía recuerdan, como los atenienses recordaban las hazañas de los antiguos héroes frente a las murallas de Troya.

Nos citamos en un callejón, como duelistas irlandeses borrachos. De aquella escena conservo en la memoria la imagen de mi hermano saltando sobre los hombros de Rodrigo Dientes Sucios, como un cowboy de rodeo que intenta mantenerse en la grupa de un toro rabioso. Mi hermano mordía la cabeza de Dientes Sucios, que se revolvía lanzando manotazos al aire. En medio de la confusión de cuerpos yo encontré espacio para empujarle la hoja de una pequeña navaja de campesino en el muslo derecho.

3.

No existe un recuerdo en mi memoria que no esté ligado a mi hermano pequeño. Hasta donde soy capaz de retroceder en el tiempo lo encuentro a mi lado. Dos niños de las afueras, silenciosos y solitarios, criados de frente a todo y a todos. Siempre pegado a mis talones, una criatura ajena a mí que creció a mi sombra y que con el tiempo se convirtió en la única persona del mundo con la que fui capaz de comunicarme sin tener que recurrir a la agresividad, el enfrentamiento y la violencia. Éramos una unidad indivisible compuesta por dos personas. Una familia de dos. Un mundo de dos.

En una misión sagrada de protección y cuidado mutuo. Reminiscencia. Juventud. Una noche como otra cualquiera. La pistola descansa sobre la mesa de la cocina como un animal dormido. La he limpiado a conciencia. He pulido el metal. Nadie diría que es una vieja pistola inservible. Ya no se encasquilla. Asusta. Conozco cada uno de sus resortes, las caricias secretas que la despiertan. Percutor, seguro, balas, recámara. He practicado en los descampados de San Pablo Extramuros, donde las detonaciones no alteran la paz de las buenas y tranquilas gentes. Soy capaz de acertar a una lata de cerveza a quince metros de distancia. Ocurre que ahora somos peligrosos.

Mi hermano y yo, en el asiento de atrás del Mercedes, miramos distraídos las aceras, los escaparates de los comercios. En esta zona de la ciudad los servicios de limpieza del ayuntamiento trabajan con dedicación. No hay mierdas de perro, no hay papeleras vencidas por el peso de los deshechos que las desbordan, no hay botellas vacías en el alféizar de las ventanas de los pisos bajos ni cáscaras de naranja haciendo noche en el tronco de los abedules. ¿Adónde vamos? Reunión de negocios, sonríe nuestro baranda.

El portero nos miró con una media sonrisa. Nada de niños, masculló, y apartó el aire con la mano como quien invita a la concurrencia a volver a los asuntos serios. Pero nuestro chico de casa bien tenía otros planes. Vienen conmigo. ¿Estás de coña? Estos dos señores, dijo señalándonos, son el motivo de la fiesta, todo el mundo espera para conocerlos y no querrás defraudar a todo el mundo.

Así que entramos. Nunca antes había estado un sitio igual. Música y luces y asientos de cuero de verdad, nada que se pareciera ni remotamente a las andrajosos pubs de San Pablo Extramuros donde mi hermano y yo jugábamos a los dardos. Todos parecían pasarlo bien y todos nos miraban. Se daban codazos, murmuraban divertidos, encantados con el toque exótico que nuestra presencia proporcionaba al local. Nos sentamos en un reservado y nuestro benefactor preguntó que queríamos beber. El camarero dudó, pero nuestro hombre en la Habana terminó de convencerlo en cuanto abrió la cartera. Mantenía limpias sus creencias, sabía que el dinero ponía paz en cualquier malentendido y que el mundo le sonreía. Lo pasaba bien.

De las horas que pasamos en aquella fiesta recuerdo la cara sin expresión de mi hermano, las chicas que nos hacían carantoñas y a nuestro muchacho de sonrisa de anuncio, os compraré zapatos, os compraré trajes a medida, os alquilaré un piso franco y seréis mis ángeles de la guarda, feliz de exhibirnos como a obras de arte heredadas que se enseñan a las visitas después del café.

En cuanto entramos en el portal le puse la pistola la cabeza. Había bebido tanto que pensó que le estábamos sirviendo la última a cuenta de la casa, una última broma antes de ir a dormir. Luego miró a mi hermano y ahí se le borró la sonrisa. Conté hasta diez. Silenciosos, solitarios, suaves, sedientos. ¿Qué queréis? Todo. ¿Todo? Hace tiempo que dejaste de ser gracioso, dijo mi hermano, y yo apreté el cañón de la pistola contra su frente.

Quién iba a decir que, en realidad, pertenecía al primer grupo, él, tan lenguaraz aquella primera noche en la que le quitamos la cartera y nos negó sus zapatos, quién iba a pensar que finalmente era uno de esos que se quedan quietos y pierden la voz, a los que hay que ir recordándoles paso a paso cuál es su papel y su lugar sobre el escenario. Le quitamos la cartera, el reloj, un anillo y una cadena de oro y nos quedamos con los zapatos y las llaves del Mercedes negro con los cristales ahumados. Nuestro chico de porcelana se envalentonó cuando nos montamos en el coche, gritó cosas que no me gustaría tener que reproducir, y finalmente, se hizo un ovillo contra la pared y allí se quedó, inmóvil.

Somos idiotas, dijo mi hermano, deberíamos haberle quitado la cartera antes de que se gastara la mitad del dinero en pagar copas. Conduje un rato a trompicones, como los primerizos. Atravesé San Pablo Extramuros saltándome todos los semáforos en rojo. Mi hermano sonreía. En la autovía el Mercedes se me fue un par de veces contra la mediana y tuve que pegar unos cuantos volantazos. Pero no ocurrió nada. Siempre hemos tenido suerte en la vida.

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Take me out (tonight)

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Hay una luz que nunca se apaga. En un lugar donde nunca hace frío. Doblando una esquina que nadie conoce. En una ciudad que solo nos pertenece a nosotros.

Llévame allí esta noche.

Llévame todas las noches.

Hay una luz que nunca se apaga. En una habitación con vistas a las azoteas de Roma. Dando un paseo hasta la tumba de Keats. Cuarenta grados a la sombra. Hay una luz. En una cama que siempre es suficiente. Que nunca se apaga. En una playa del sur. En una postal de Praga.

Llévame esta noche.

Llévame todas las noches.

A cualquier lugar. No importa. Pero contigo. Esto es importante. Repito. Contigo. Cantaremos canciones de los Smiths. Desafinando, y tendrá sentido. Brindaremos. Zivjeli. Por una vida llena de noches.

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La tristeza era mejor con Leonard Cohen

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La tristeza era mejor cuando Leonard estaba vivo.

La tristeza, entonces, era una compañera elegante.

La tristeza venía con sus canciones, se sentaba a tomar algo en el sofá, uno se desvivía por complacerla. La tristeza, con Leonard, nunca tuvo un rostro viejo y arrugado. Era más bien una muchacha que bailaba con los pies desnudos.

Dijo que estaba preparado para morir. Nosotros no estábamos preparados para su muerte. Pero él siempre supo cosas que nosotros nunca sabíamos. En su último disco utilizó coros de voces blancas, como contrapunto a su voz que siempre fue vieja. Hablaba de oscuridad, de despedidas. Como siempre, pensamos. Porque nos resistimos a captar la indirecta.

En un poema, hace muchos años, escribió: El amor es fuego. Arde por todas partes. Desfigura a todo el mundo. Es la excusa que pone el mundo por ser tan feo. Construyó un altar. Ofició ceremonias. Y todo lo prosaico, todo lo que había sido manoseado una y otra vez hasta quedar despojado de grandeza, Leonard lo tomó en sus manos y lo convirtió en algo sagrado.

Vivirá en las canciones, otro muerto más que marcha al exilio.

La tristeza era mejor cuando Leonard estaba vivo.

La tristeza, entonces, no era algo de lo que avergonzarse.

Ahora la tristeza está triste.

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No despertéis a Kafka

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Kafka no está muerto, está dormido. Cuidado niños, el dedo índice forma una cruz sobre los labios, id a jugar más allá, no despertéis a Kafka, que sueña. ¿Con qué sueñan los escritores inmortales?, se pregunta a veces, mientras se detiene ante la puerta que nunca abre. Detrás de esa puerta está la habitación donde duerme Kafka, que el día menos pensado se despertará y querrá desayunar algo. Puede que sueñe con Praga, con Milena y Felice. O quizás con Max Brod, con el futuro que nunca vio. Qué bien que duerma, se dice, que bien que no tuviera que verlo.

Abre el periódico, ojea la sección de cultura y vuelve a salir a la calle para reñir a los niños, que alborotan el vecindario con la pelota, que van a terminar despertando a Kafka. Más allá, niños, más allá, id a jugar a otro sitio, ¿no veis que en esta casa la gente descansa? Los niños la miran con la indiferencia de todos los días. Hace tiempo que desistieron de contestar o burlarse, simplemente siguen jugando como si la mujer no estuviera allí.

Vuelve adentro refunfuñando, ich muss zu ihren Eltern reden, en ese idioma extraño que utiliza cuando habla sola y que ninguno entiende. Kafka, en la habitación cerrada, se consume soñando. Como todos. Todos nos consumimos soñando. ¿Y quién nos asegura que no será peor despertar?. Qué no hubiera dado Gregor Samsa por seguir durmiendo. Por eso es tan importante mantener la casa en silencio. Para que los que duermen sigan soñando.

Prepara café y sale al balcón. Sobre una pequeña mesa de madera hay un cenicero, un paquete de tabaco y un ejemplar de El Castillo. Enciende un cigarro y abre una página al azar. Lee en voz alta, mientras los niños siguen jugando en la calle. Conoce el libro mejor que su propia vida. Cada personaje, cada conflicto que hace avanzar el argumento. Es capaz de recitar capítulos enteros de memoria. Elige una frase cualquiera e intenta adivinar qué procesos mentales llevaron a Kafka a escribir esas palabras exactas y no otras, por qué en ese orden y no en otro. Quiere despertar a Kafka y que Kafka le explique por qué llamó al protagonista K. en lugar de M. o de Jaroslav. Por qué una aldea. Por qué un castillo lleno de oficinas.

Pero Kafka duerme, y no tiene tiempo para responder a sus preguntas. Apura el café y sale del libro para regresar a las cosas que deben ser hechas sin remedio. La vuelta a la realidad la entumece. Y se dice, con cierta amargura, que es mucho más fácil soñar que vivir. Cierra con cuidado el balcón y evita hacer ruido mientras cruza el pasillo y se detiene delante de la puerta de la habitación donde duerme Kafka. Como todos los días apoya una mano en el picaporte y después la retira aterrorizada.

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Un asunto insignificante

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Llevaba en la decimoséptima desde los tiempos de Sexto Pompeyo en Sicilia. Aquella fue una buena época. Después nos dijeron que el maricón de Sexto se había pasado dos semanas haciendo sacrificios a Neptuno. No le sirvió de mucho. De allí algunos nos marchamos a Egipto, donde le terminamos de joder la fiesta a Marco Antonio. Un buen hombre, debo decir, putero y cabrón como no hubo dos en Roma, un tipo que podía partirte el cuello y seguir bebiendo vino como si tal cosa, pura vieja escuela patricia. Me entristeció la noticia de que se había arrojado sobre la espada después de lo de Actium. Aún así, mantuvo el estilo intacto y consiguió palmarla con cierta decencia romana en aquella tierra de mierda, secarral perpetuo lleno de serpientes y eunucos y tan lejos de casa. Desde Egipto nos transfirieron a la Galia y después a Germania, al mando de Publio Quintilio Varo, a quien los dioses enculen por toda la eternidad. Recuerdo que la noche antes de la mañana en que toda la puta Germania nos cayó encima el gilipollas de Mario todavía confiaba en que conseguiríamos salir de allí con las águilas por delante. Buen muchacho, Mario, un poco ingenuo, criado en la Suburra, vecino y compañero de juegos desde la infancia, una de las cosas que más de dolió de aquel día infausto fue verlo caer de rodillas con dos palmos de hacha en la puta cabeza. De aquí no nos saca ni Marte que baje del cielo con toda el ejército de chulos divinos, le dije. Quitátelo de la cabeza, hemos venido a morir al culo del mundo. Y bien que tenía yo razón. ¿A quién se le ocurre entrar en un bosque que era como coño de puta de Tracia persiguiendo a 20.000 germanos locos? Cuando los árboles que esos pedazo de hijos de puta habían estado serrando durante la noche anterior se desplomaron sobre nosotros y el bosque se convirtió en un grito y una tormenta de metal desgarrando cuerpos que caían mutilados sobre la hojarasca yo fui uno de los pocos que no se llevó ninguna sorpresa. Antes de morir vi tantos muertos que cuando me llegó el turno me sentía más cercano a los cadáveres que a los vivos. El bosque nos comió a todos. El enemigo estuvo brillante. Soldados, civiles, todos carne para los cuervos. Tantos cuervos. No se veían en Roma, ciudad de estorninos, atardeceres suaves. Germania, con su niebla, sus ciénagas y su sol que no calentaba parecía una tumba apropiada. Lo fue. Todo se jodió cuando Numonio Vala se cagó encima del caballo y salió corriendo llevándose consigo a su regimiento de caballería. Hasta entonces todavía quedaba una mínima oportunidad: un reagrupamiento, una salida a campo abierto, lejos del bosque. Pero Numonio azuzó al caballo como númida con prisa por llegar al burdel y allí se acabó todo. Un germano de dos metros de altura le apañó la cabeza a Mario, que era como mi hermano -¿recuerdas, Mario, el viejo Tíber de la infancia, la muchacha entre los juncos, que más tarde no quiso cobrarnos?- y poco después una flecha me atravesó el cuello de parte a parte. Me ahogué despacio en mi propia sangre. Recuerdo el sol por última vez, antes de que oscureciera.

Mucho tiempo después, en Colonia, un vendedor de hachas vino a verme al taller. Un escalofrío me heló la espalda cuando colocó su muestrario sobre el bloque de mármol que había estado tallando toda la mañana. De aquel pedazo de piedra muerta necesitaba sacar yo un San Pedro, con sus llaves, su barba y sus sandalias, para que el obispo pudiera colocarlo en la fachada de la catedral que la ciudad construía a mayor gloria del Todopoderoso. Tres metros y medio de San Pedro, martillazo a martillazo, había comenzado en invierno, las manos heladas, la nieve en la puerta, el verano acababa y todavía andada a vueltas con los pliegues de la túnica. ¿A qué altura lo colocarán exactamente?, preguntó el vendedor de hachas. ¿Yo qué mierda sé? Alto, supongo, bastante alto. Entonces, ¿para qué tanto detalle, si nadie va a apreciarlo desde el suelo? Acento extranjero. Un hombre del sur, quizás italiano. Sangre caliente, gente de la que no hay que fiarse. Lo miré. Parecía sensato. Sabía tanto de escultura como mi difunto padre de leer los latines de la Biblia. Que un artista como yo, descendiente de un hombre que había peleado en el campo de batalla junto a Carlos el Grande tuviera que escuchar semejantes gilipolleces. Le dije que se metiera sus consejos en el culo, y también sus hachas. Por los cojones benditos de Cristo, ¿para qué necesitaba yo un hacha? El comerciante abandonó el taller y yo volví a mi trabajo. No habían pasado diez minutos cuando regresó sin hacer ruido y me hizo un siete en la espalda con una de aquellas hachas mohosas. No fue agradable. En el último momento se me aflojaron los esfínteres y me cagué encima. Vergonzoso. Todavía tuve tiempo de escuchar a mi verdugo: ¿lo ves?, ya no tienes que preocuparte por el puto San Pedro.

Era incapaz de entender qué hacíamos en aquel desierto que nunca acababa. El Hombre, en cambio, parecía conocer el camino. No te preocupes, amigo, repetía una y otra vez, llegaremos a Tombuctú en menos de una hora. Solo que una hora después uno miraba a su alrededor y allí no había Tombuctú, solo más desierto. Al segundo día el Hombre ya no era capaz de seguir caminando. No me quedó más remedio que cargar con él. No pasa nada, me dije, eres fuerte. Solo que no te vendría mal beber un poco de agua y comer algo. Aguanta, me dije, tal vez está vez el Hombre tiene razón y Tombuctú está detrás de aquellos montes que se ven en el horizonte. El desierto es un lugar horrible porque se divierte jugando con las esperanzas de los hombres y los animales. No me pregunten como era Tombuctú, porque nunca llegamos a Tombuctú. A la tarde el Hombre, exhausto, cayó de mi grupa y ya no fue capaz de moverse. Permanecí a a su lado hasta que supe que había muerto. Esa noche descubrí que también los caballos lloran. Unas horas después me encontró una manada de chacales. Ya no tenía fuerzas para huir. Tampoco me importó demasiado. Mejor aquello que morir derrotado por el desierto. Mejor aquello que el destino del Hombre. Con todo, no les resultó fácil. Tardaron un buen rato en derribarme. Me sentí caer sobre mis patas traseras cuando uno de los chacales consiguió, al fin, encontrarme la garganta.

Lo primero que pensé antes de subir al barco es que una máquina como aquella jamás podría hundirse en el océano. Las dos primeras semanas fueron maravillosas. Los niños corrían por la cubierta y Anthony pasaba la mayor parte del tiempo en el camarote, terminando de pulir una novela en la que llevaba trabajando dos años. A mí, sinceramente, no me gustaban sus novelas. Sus héroes eran, por lo general, hombres violentos y desesperados que me resultaban carentes de todo interés. Él, sin embargo, era un hombre interesante. Deberías hacer que tus personajes masculinos se parecieran un poco más a ti, solía repetirle. Él sonreía. Sus heroínas, en cambio, eran todas idénticas a mí. Creo que eso soliviantaba a sus críticos, que se quejaban, seguramente con razón y ciertamente sin entender nada, de que todos sus personajes femeninos estaban cortados por el mismo patrón. Era la primera vez que viajaba a Inglaterra, el país desde el que mis padres habían llegado a Boston sesenta años antes. Mi padre era un muchacho pelirrojo de York. Mi madre una irlandesa de ojos azules arrancada de la Isla Esmeralda y criada en las calles de Liverpool. Yo nací en Boston, Anthony en Baltimore. Vivíamos en Filadelfia, donde habían nacido nuestros dos hijos. Pensaba en todo eso -en los cruces del destino, en la geografía de tantas vidas que de alguna manera me pertenecían- mientras el barco atravesaba el océano sin prisa. La fiebre comenzó durante la tercera semana. Al principio no le di demasiada importancia. Cuando una mujer se convierte en madre aprende a dejar de preocuparse por sí misma. ¿Qué es una fiebre comparada con la mínima tos de un hijo? El verdadero peligro solo existe alrededor de los hijos. Una fiebre, un pequeño mareo, son cosas sin importancia, accidentes que no pueden hacer sombra a la íntima felicidad de verlos correr despreocupados por la cubierta del barco. El día que Anthony anunció sonriente que por fin había terminado la obra que habría de consagrarlo como uno de los nombres más representativos de la incipiente generación de escritores estadounidenses sufrí un desmayo durante la comida y desperté sudando en la cama del camarote. A partir de ese día, la enfermedad evolucionó rápidamente. El médico del barco me examinó con delicadeza, me tomó el pulso y la temperatura, se interesó por el estado de mis asuntos íntimos y me extrajo un par de botecitos sangre. Sales y un buen trago de quinina, dijo. No dejó de sonreír ni un momento. Así fue como supe que el asunto era grave. Anthony no quería abandonar la cabecera de la cama, insistía en estar junto a mí y obligaba a los niños a permanecer en la habitación. Vuestra madre mejorará enseguida si le hacéis compañía. Permanecían sentados, en silencio, quietos como maniquíes, con las manos en el regazo, la espalda recta, mirando de reojo el ventanuco por el que se vislumbraba el agua. Diles que se vayan a jugar, por el amor de Dios. Ninguna madre necesita que sus hijos de cinco y ocho años la vean agonizar en un camarote que se mece y cruje con cada embestida del mar. La fiebre se mantuvo alta. Después subió. Después empezaron los delirios. El médico sonreía cada vez más. Tardaremos todavía dos semanas en llegar a Inglaterra, explicó, si la fiebre no remite, y después dejó en suspenso el final de la frase. Esa noche soñé con un bosque húmedo y frío. Caminaba por un sendero que se adentraba cada vez más en la espesura cuando de repente los árboles se desplomaron como por arte de magia. De la oscuridad surgieron gritos y lamentos en idiomas extraños. Antes siquiera de poder echar a correr me encontré trabajando en un taller lleno de polvo. Mis manos desbastaban con un martillo y un cincel un bloque de mármol de más de tres metros de altura. El mármol se dejaba modelar como si fuera arcilla. Cuando la escultura estuvo lista contemplé con sorpresa mi obra. Me había esculpido a mí misma. Antes de despertar vi un desierto inmenso y un caballo blanco galopaba hacia el sol. Cuando abrí los ojos Anthony sollozaba. Le pedí que trajera a los niños. El barco, sobre el océano, era un asunto insignificante.

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