No despertéis a Kafka

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Kafka no está muerto, está dormido. Cuidado niños, el dedo índice forma una cruz sobre los labios, id a jugar más allá, no despertéis a Kafka, que sueña. ¿Con qué sueñan los escritores inmortales?, se pregunta a veces, mientras se detiene ante la puerta que nunca abre. Detrás de esa puerta está la habitación donde duerme Kafka, que el día menos pensado se despertará y querrá desayunar algo. Puede que sueñe con Praga, con Milena y Felice. O quizás con Max Brod, con el futuro que nunca vio. Qué bien que duerma, se dice, que bien que no tuviera que verlo.

Abre el periódico, ojea la sección de cultura y vuelve a salir a la calle para reñir a los niños, que alborotan el vecindario con la pelota, que van a terminar despertando a Kafka. Más allá, niños, más allá, id a jugar a otro sitio, ¿no veis que en esta casa la gente descansa? Los niños la miran con la indiferencia de todos los días. Hace tiempo que desistieron de contestar o burlarse, simplemente siguen jugando como si la mujer no estuviera allí.

Vuelve adentro refunfuñando, ich muss zu ihren Eltern reden, en ese idioma extraño que utiliza cuando habla sola y que ninguno entiende. Kafka, en la habitación cerrada, se consume soñando. Como todos. Todos nos consumimos soñando. ¿Y quién nos asegura que no será peor despertar?. Qué no hubiera dado Gregor Samsa por seguir durmiendo. Por eso es tan importante mantener la casa en silencio. Para que los que duermen sigan soñando.

Prepara café y sale al balcón. Sobre una pequeña mesa de madera hay un cenicero, un paquete de tabaco y un ejemplar de El Castillo. Enciende un cigarro y abre una página al azar. Lee en voz alta, mientras los niños siguen jugando en la calle. Conoce el libro mejor que su propia vida. Cada personaje, cada conflicto que hace avanzar el argumento. Es capaz de recitar capítulos enteros de memoria. Elige una frase cualquiera e intenta adivinar qué procesos mentales llevaron a Kafka a escribir esas palabras exactas y no otras, por qué en ese orden y no en otro. Quiere despertar a Kafka y que Kafka le explique por qué llamó al protagonista K. en lugar de M. o de Jaroslav. Por qué una aldea. Por qué un castillo lleno de oficinas.

Pero Kafka duerme, y no tiene tiempo para responder a sus preguntas. Apura el café y sale del libro para regresar a las cosas que deben ser hechas sin remedio. La vuelta a la realidad la entumece. Y se dice, con cierta amargura, que es mucho más fácil soñar que vivir. Cierra con cuidado el balcón y evita hacer ruido mientras cruza el pasillo y se detiene delante de la puerta de la habitación donde duerme Kafka. Como todos los días apoya una mano en el picaporte y después la retira aterrorizada.

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Un asunto insignificante

barco

Llevaba en la decimoséptima desde los tiempos de Sexto Pompeyo en Sicilia. Aquella fue una buena época. Después nos dijeron que el maricón de Sexto se había pasado dos semanas haciendo sacrificios a Neptuno. No le sirvió de mucho. De allí algunos nos marchamos a Egipto, donde le terminamos de joder la fiesta a Marco Antonio. Un buen hombre, debo decir, putero y cabrón como no hubo dos en Roma, un tipo que podía partirte el cuello y seguir bebiendo vino como si tal cosa, pura vieja escuela patricia. Me entristeció la noticia de que se había arrojado sobre la espada después de lo de Actium. Aún así, mantuvo el estilo intacto y consiguió palmarla con cierta decencia romana en aquella tierra de mierda, secarral perpetuo lleno de serpientes y eunucos y tan lejos de casa. Desde Egipto nos transfirieron a la Galia y después a Germania, al mando de Publio Quintilio Varo, a quien los dioses enculen por toda la eternidad. Recuerdo que la noche antes de la mañana en que toda la puta Germania nos cayó encima el gilipollas de Mario todavía confiaba en que conseguiríamos salir de allí con las águilas por delante. Buen muchacho, Mario, un poco ingenuo, criado en la Suburra, vecino y compañero de juegos desde la infancia, una de las cosas que más de dolió de aquel día infausto fue verlo caer de rodillas con dos palmos de hacha en la puta cabeza. De aquí no nos saca ni Marte que baje del cielo con toda el ejército de chulos divinos, le dije. Quitátelo de la cabeza, hemos venido a morir al culo del mundo. Y bien que tenía yo razón. ¿A quién se le ocurre entrar en un bosque que era como coño de puta de Tracia persiguiendo a 20.000 germanos locos? Cuando los árboles que esos pedazo de hijos de puta habían estado serrando durante la noche anterior se desplomaron sobre nosotros y el bosque se convirtió en un grito y una tormenta de metal desgarrando cuerpos que caían mutilados sobre la hojarasca yo fui uno de los pocos que no se llevó ninguna sorpresa. Antes de morir vi tantos muertos que cuando me llegó el turno me sentía más cercano a los cadáveres que a los vivos. El bosque nos comió a todos. El enemigo estuvo brillante. Soldados, civiles, todos carne para los cuervos. Tantos cuervos. No se veían en Roma, ciudad de estorninos, atardeceres suaves. Germania, con su niebla, sus ciénagas y su sol que no calentaba parecía una tumba apropiada. Lo fue. Todo se jodió cuando Numonio Vala se cagó encima del caballo y salió corriendo llevándose consigo a su regimiento de caballería. Hasta entonces todavía quedaba una mínima oportunidad: un reagrupamiento, una salida a campo abierto, lejos del bosque. Pero Numonio azuzó al caballo como númida con prisa por llegar al burdel y allí se acabó todo. Un germano de dos metros de altura le apañó la cabeza a Mario, que era como mi hermano -¿recuerdas, Mario, el viejo Tíber de la infancia, la muchacha entre los juncos, que más tarde no quiso cobrarnos?- y poco después una flecha me atravesó el cuello de parte a parte. Me ahogué despacio en mi propia sangre. Recuerdo el sol por última vez, antes de que oscureciera.

Mucho tiempo después, en Colonia, un vendedor de hachas vino a verme al taller. Un escalofrío me heló la espalda cuando colocó su muestrario sobre el bloque de mármol que había estado tallando toda la mañana. De aquel pedazo de piedra muerta necesitaba sacar yo un San Pedro, con sus llaves, su barba y sus sandalias, para que el obispo pudiera colocarlo en la fachada de la catedral que la ciudad construía a mayor gloria del Todopoderoso. Tres metros y medio de San Pedro, martillazo a martillazo, había comenzado en invierno, las manos heladas, la nieve en la puerta, el verano acababa y todavía andada a vueltas con los pliegues de la túnica. ¿A qué altura lo colocarán exactamente?, preguntó el vendedor de hachas. ¿Yo qué mierda sé? Alto, supongo, bastante alto. Entonces, ¿para qué tanto detalle, si nadie va a apreciarlo desde el suelo? Acento extranjero. Un hombre del sur, quizás italiano. Sangre caliente, gente de la que no hay que fiarse. Lo miré. Parecía sensato. Sabía tanto de escultura como mi difunto padre de leer los latines de la Biblia. Que un artista como yo, descendiente de un hombre que había peleado en el campo de batalla junto a Carlos el Grande tuviera que escuchar semejantes gilipolleces. Le dije que se metiera sus consejos en el culo, y también sus hachas. Por los cojones benditos de Cristo, ¿para qué necesitaba yo un hacha? El comerciante abandonó el taller y yo volví a mi trabajo. No habían pasado diez minutos cuando regresó sin hacer ruido y me hizo un siete en la espalda con una de aquellas hachas mohosas. No fue agradable. En el último momento se me aflojaron los esfínteres y me cagué encima. Vergonzoso. Todavía tuve tiempo de escuchar a mi verdugo: ¿lo ves?, ya no tienes que preocuparte por el puto San Pedro.

Era incapaz de entender qué hacíamos en aquel desierto que nunca acababa. El Hombre, en cambio, parecía conocer el camino. No te preocupes, amigo, repetía una y otra vez, llegaremos a Tombuctú en menos de una hora. Solo que una hora después uno miraba a su alrededor y allí no había Tombuctú, solo más desierto. Al segundo día el Hombre ya no era capaz de seguir caminando. No me quedó más remedio que cargar con él. No pasa nada, me dije, eres fuerte. Solo que no te vendría mal beber un poco de agua y comer algo. Aguanta, me dije, tal vez está vez el Hombre tiene razón y Tombuctú está detrás de aquellos montes que se ven en el horizonte. El desierto es un lugar horrible porque se divierte jugando con las esperanzas de los hombres y los animales. No me pregunten como era Tombuctú, porque nunca llegamos a Tombuctú. A la tarde el Hombre, exhausto, cayó de mi grupa y ya no fue capaz de moverse. Permanecí a a su lado hasta que supe que había muerto. Esa noche descubrí que también los caballos lloran. Unas horas después me encontró una manada de chacales. Ya no tenía fuerzas para huir. Tampoco me importó demasiado. Mejor aquello que morir derrotado por el desierto. Mejor aquello que el destino del Hombre. Con todo, no les resultó fácil. Tardaron un buen rato en derribarme. Me sentí caer sobre mis patas traseras cuando uno de los chacales consiguió, al fin, encontrarme la garganta.

Lo primero que pensé antes de subir al barco es que una máquina como aquella jamás podría hundirse en el océano. Las dos primeras semanas fueron maravillosas. Los niños corrían por la cubierta y Anthony pasaba la mayor parte del tiempo en el camarote, terminando de pulir una novela en la que llevaba trabajando dos años. A mí, sinceramente, no me gustaban sus novelas. Sus héroes eran, por lo general, hombres violentos y desesperados que me resultaban carentes de todo interés. Él, sin embargo, era un hombre interesante. Deberías hacer que tus personajes masculinos se parecieran un poco más a ti, solía repetirle. Él sonreía. Sus heroínas, en cambio, eran todas idénticas a mí. Creo que eso soliviantaba a sus críticos, que se quejaban, seguramente con razón y ciertamente sin entender nada, de que todos sus personajes femeninos estaban cortados por el mismo patrón. Era la primera vez que viajaba a Inglaterra, el país desde el que mis padres habían llegado a Boston sesenta años antes. Mi padre era un muchacho pelirrojo de York. Mi madre una irlandesa de ojos azules arrancada de la Isla Esmeralda y criada en las calles de Liverpool. Yo nací en Boston, Anthony en Baltimore. Vivíamos en Filadelfia, donde habían nacido nuestros dos hijos. Pensaba en todo eso -en los cruces del destino, en la geografía de tantas vidas que de alguna manera me pertenecían- mientras el barco atravesaba el océano sin prisa. La fiebre comenzó durante la tercera semana. Al principio no le di demasiada importancia. Cuando una mujer se convierte en madre aprende a dejar de preocuparse por sí misma. ¿Qué es una fiebre comparada con la mínima tos de un hijo? El verdadero peligro solo existe alrededor de los hijos. Una fiebre, un pequeño mareo, son cosas sin importancia, accidentes que no pueden hacer sombra a la íntima felicidad de verlos correr despreocupados por la cubierta del barco. El día que Anthony anunció sonriente que por fin había terminado la obra que habría de consagrarlo como uno de los nombres más representativos de la incipiente generación de escritores estadounidenses sufrí un desmayo durante la comida y desperté sudando en la cama del camarote. A partir de ese día, la enfermedad evolucionó rápidamente. El médico del barco me examinó con delicadeza, me tomó el pulso y la temperatura, se interesó por el estado de mis asuntos íntimos y me extrajo un par de botecitos sangre. Sales y un buen trago de quinina, dijo. No dejó de sonreír ni un momento. Así fue como supe que el asunto era grave. Anthony no quería abandonar la cabecera de la cama, insistía en estar junto a mí y obligaba a los niños a permanecer en la habitación. Vuestra madre mejorará enseguida si le hacéis compañía. Permanecían sentados, en silencio, quietos como maniquíes, con las manos en el regazo, la espalda recta, mirando de reojo el ventanuco por el que se vislumbraba el agua. Diles que se vayan a jugar, por el amor de Dios. Ninguna madre necesita que sus hijos de cinco y ocho años la vean agonizar en un camarote que se mece y cruje con cada embestida del mar. La fiebre se mantuvo alta. Después subió. Después empezaron los delirios. El médico sonreía cada vez más. Tardaremos todavía dos semanas en llegar a Inglaterra, explicó, si la fiebre no remite, y después dejó en suspenso el final de la frase. Esa noche soñé con un bosque húmedo y frío. Caminaba por un sendero que se adentraba cada vez más en la espesura cuando de repente los árboles se desplomaron como por arte de magia. De la oscuridad surgieron gritos y lamentos en idiomas extraños. Antes siquiera de poder echar a correr me encontré trabajando en un taller lleno de polvo. Mis manos desbastaban con un martillo y un cincel un bloque de mármol de más de tres metros de altura. El mármol se dejaba modelar como si fuera arcilla. Cuando la escultura estuvo lista contemplé con sorpresa mi obra. Me había esculpido a mí misma. Antes de despertar vi un desierto inmenso y un caballo blanco galopaba hacia el sol. Cuando abrí los ojos Anthony sollozaba. Le pedí que trajera a los niños. El barco, sobre el océano, era un asunto insignificante.

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Cebo para los peces

Chess

Tenía quince años, siete meses y dieciséis días cuando supo que nunca sería campeón del mundo. Lo descubrió durante un torneo organizado en Straford-Upon Avon con motivo del cuarto centenario de la muerte del escritor William Shakespeare. Había nacido en los Urales, en una pequeña aldea que durante el resto de su vida siempre recordaría nevada y en donde acudió a una escuela rural en la que apenas prestó atención a las clases de literatura. Sabe quien es Shakespeare, pero no le interesa en absoluto, como tampoco le interesa Stratford-Upon Avon ni nada de lo que pueda haber en Inglaterra, un país que visita por primera vez y que le resulta tan aburrido como todo lo que sucede fuera del tablero. Y sin embargo recuerda que no hace mucho tiempo participó en un representación escolar de El Mercader de Venecia, bien es verdad que con un papel poco destacado: era uno de los comerciantes que echa en cara a Shylock su falta de compasión hacia Antonio y su texto se reducía a una pregunta (¿de que te serviría su carne?) que daba pie al famoso monólogo en el que el usurero se defiende de y ataca a sus enemigos con unas frases que han quedado grabadas en la memoria de generaciones enteras y que Grisha Korovin, el hijo de Olga la pescadera, declamó con un exquisito acento fingido que hizo las delicias del auditorio: ¿no tenemos ojos los judíos? ¿no tenemos manos? ¿órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones?

Sentado frente al tablero contempla en el pequeño espacio de su memoria cómo Grisha se retuerce de rabia sobre el escenario para dar vida a un viejo judío veneciano consumido por el odio de sus semejantes y sus propios sentimientos innobles. Deben de tener nueve años, puede que ocho, y le parece una proeza que un animal como Korovin pueda aprenderse de memoria un parlamento tan largo. Recuerda como el patio de butacas estalla en un aplauso espontáneo (era el tercer acto, todavía quedaba más de la mitad de la obra por representar) y como Grisha se llevó todos los elogios en la posterior crónica del periódico escolar. A él, en cambio, no le causó ninguna impresión. Por eso resulta le tan extraño que ahora, justamente ahora, recuerde a Korovin interpretando el papel del Shylock de Shakespeare sobre el escenario portátil del pabellón de uso común.

Su rival es un joven alemán dos años menor que él, un niño rubio de ojos azules. También él tiene los ojos azules, pero los suyos poseen el tono apagado de un lago helado, mientras que los ojos del chico alemán brillan como las aguas vírgenes de un mar tropical. Por primera vez en su vida siente miedo frente a un tablero de ajedrez.

Desde que empezó a jugar, a la edad de cuatro años, recibió elogios y profecías que le auguraban un futuro brillante. Tú serás campeón, le dijo a los seis años su primer entrenador, un hombre llegado desde Moscú que decía haber formado parte del equipo de Mijail Tal durante el campeonato del mundo de 1960. Desde entonces – a los ocho años derrotaba con facilidad a muchos jugadores adultos – no había hecho otra cosa que confirmar el pronóstico que aquel hombre extraño – ojos hundidos, pelo gris, largo y rizado, manos huesudas, muerte a causa de un enfisema tan solo unos meses después – había realizado después de verle ganar una partida con negras.

Entre los siete y los diez años venció en todos los torneos escolares en los que participó. Una noche un representante de la Federación Rusa de Ajedrez se presentó en su casa para convencer a sus padres de que lo dejaran continuar su formación en San Petesburgo. El hombre se disculpó por llegar a una hora tan intempestiva y expuso los motivos de su visita. Su padre puso una botella de vodka sobre la mesa. Él permaneció sentado en el sofá, incapaz de apartar la vista del recién llegado, observando cómo sus padres brindaban con el extraño, que alabó cortésmente la calidad del vodka. Fabricación casera, explicó el padre con un deje de orgullo provinciano en la voz. Es hora de dormir, Aleksei, dijo su madre. Aleksei no protestó. Pero al llegar al piso de arriba se quitó los zapatos, descendió varias escaleras procurando no hacer ruido y se agazapó en la oscuridad, desde donde podía ver y escuchar sin ser visto.

– Tenemos a varios especialistas siguiendo los torneos a lo largo de todo el país- dijo el hombre de la Federación – Nos han llegado informes que aseguran que su hijo es un portento. Si no es indiscreción, ¿puedo preguntarles cómo aprendió a jugar?

– Yo misma le enseñé – aseguró la madre de Aleksei, que hasta entonces se había mantenido en segundo plano – En cierta ocasión participé en una partida simultánea e hice frente al camarada Botvinik con una defensa berlinesa que el Maestro destrozó en veintidós movimientos.

Al hombre de la Federación Rusa de Ajedrez la respuesta le cogió por sorpresa. Tardó unos segundos en contestar.

– En ese caso la felicito. A mí me me ganó en diecinueve.

Una semana después Aleksei estaba en San Petesburgo. Hizo el viaje junto al burócrata de la Federación, en un tren con vagón restaurante y literas en los compartimentos. El viaje duró veintidós horas.

– A partir de ahora soy tu tutor legal. Puesto que respondo de ti y de tu bienestar ante tu familia y ante las autoridades me obedecerás en todo momento y seguirás mis instrucciones – dijo el hombre, que añadió – Serás campeón del mundo.

Le asignaron un entrenador. Un georgiano que aseguraba haber formado parte del equipo con el que Boris Spassky arrebató el campeonato del mundo a Tigran Petrosian en 1969. El georgiano bebía. Según él, esa había sido la causa de su caída en desgracia, que se llevó por delante el honor y la gloria del ajedrez soviético.

– Yo echaba un trago de vez en cuando. No creo que haya nada de malo en eso. Donde yo nací la gente bebe. Un conocido mío se bebió ochocientos gramos de coñac en una hora. Y sobrevivió. Otro amigo bebió alcohol de quemar y salió a la calle con un kaslaskikhov gritando que quería unirse al Ejército Rojo. Entiéndelo, las tiendas estaban cerradas. Una vez que no teníamos vasos bebimos en el estuche de las gafas de Ivan Tijonov. En fin. Ellos no entendían nada, por supuesto. Decían que yo era una mala influencia para Boria. ¡Pobre Boria! ¡Si supieran la de partidas que yo he ganado borracho! No hay nada como cuatro copas para expandir la mente, siempre lo he dicho. Empiezas a ver combinaciones, sacrificios brillantes, las diagonales se extienden hasta el infinito y las casillas débiles brillan con luz de neón. Pero ellos no entendían nada. Y decidieron dejarme fuera de la preparación para el match contra Fischer. Yo le dije a Spassky: Boria, ahora te las tendrás que apañar tú solo. Él sabía que nadie era capaz de ver las jugadas que yo veía. Los demás eran pura escuela botvinística. Orden y aperturas. Pero Boria era un artista. Lo volvieron loco. Por eso perdió. A un artista hay que dejarlo respirar, pero ellos lo asfixiaron. Y allá se fue el orgullo soviético, de Reijkiavik a Nueva York en un avión fletado por el gobierno de Estados Unidos. Después he visto las imágenes. Bobby Fischer posando sonriente con Nixon, luciendo la medalla de campeón mientras el gentío lo aclama. Pero si yo hubiera estado allí Boria habría conservado el título. Y nuestra pobre Unión Soviética no hubiera conocido la humillación y la vergüenza.

En su primer entrenamiento táctico el georgiano le preguntó:

– ¿Cuál es tu peor defensa?

– Manejo con eficacia todo el repertorio. No tengo puntos débiles.

– Repetiré la pregunta. ¿Cuál es tu peor defensa?

Ningún entrenador le había hablado antes de esa manera.

– La variante del cambio en la eslava.

– No volverás a jugarla más. ¿Cuál es tu segunda peor defensa?

En San Petesburgo se consagró a su único objetivo. Entrenaba diez horas diarias y, en sus ratos libres, leía libros de ajedrez. Se deshizo de cualquier sentimiento superfluo. Nunca volvió a pensar en la aldea, en la nieve sobre las montañas o en Grisha Korovin disfrazado de judío veneciano de la Edad Media.

Pronto descubrió que al georgiano le gustaba hacer preguntas. ¿Por qué estás siempre tan serio? ¿Qué te gusta hacer aparte de jugar al ajedrez? El respondía con altivez, tal y como consideraba que correspondía a su estatus de futuro campeón. No lo sé. Nada. El entrenador negaba con la cabeza.

En la jugada número veintidós, después de una hora y media de partida, el chico alemán sacrificó su dama en g7. Aleksei miró al tablero y parpadeó. ¿Cómo había llegado esa dama hasta allí? ¿Y por qué no la había visto llegar? Capturó la dama con el alfil y se dispuso a perder la partida. Había perdido muchas veces, como cualquier otro jugador, y aunque seguía sin acostumbrarse a la derrota, no era perder lo que le preocupaba. Había otra cosa, algo que no conseguía identificar.

Se aferró a la mesa con las dos manos mientras la habitación se difuminaba a su alrededor. El tablero, el chico alemán, el árbitro, el resto de jugadores, concentrados en sus propias partidas, su entrenador, que observaba a unos metros de distancia, todo formaba parte de una realidad que ya no existía. A solas con su angustia, mientras sujetaba entre los dedos la dama recién capturada, supo que era el único habitante del mundo.

Repasó mentalmente sus veintiún primeros movimientos. No había cometido ningún error. Pero cada jugada de su rival parecía arrancada bajo tortura de las páginas secretas de un manual de táctica desconocido. Cada movimiento era nuevo, misterioso, y planteaba un enigma. Su conocimiento prodigioso de las aperturas, cimentado en el estudio y en una memoria prodigiosa, empezó a tambalearse. A pesar de todo consiguió mantener a raya los ataques de su rival, se comportó con frialdad y demostró por qué la Federación Rusa lo había señalado como el hombre que recuperaría el título para un país que no había tenido un campeón desde Krámnik.

Luego el abismo se abrió bajo sus pies. Sesenta y cuatro casillas, dieciséis peones, cuatro torres, cuatro caballos, cuatro alfiles, dos damas, dos reyes, dos ejércitos, un campo de batalla fingido sobre el que jugar a la guerra una y otra y otra vez, una dama que cruza majestuosa, se arrodilla para morir y con su muerte arrasa su destino y su vida. Había jugado al ajedrez desde que tenía memoria, conocía cada movimiento, había estudiado miles de líneas diferentes que trazar a ciegas sobre el tablero, pero solo entonces, quince años, siete meses y dieciséis días, cayó en la cuenta de que él jamás hubiera sido capaz de llevar la dama a g7. Y supo que nunca sería campeón del mundo.

Vivió en trance el resto de la partida. Eran los ojos, tan azules que no parecían humanos. No podían ser tan azules. Contempló al joven sentado frente a él preguntándose si no sería un diablo enviado a la tierra con el único propósito de destruirlo. Hizo su última anotación (rey a d6), detuvo el reloj y comunicó al árbitro su decisión de abandonar la partida.

En la aldea el río baja crecido a causa del deshielo. El representante de la Federación Rusa estrecha la mano de su padre. Su madre se lleva las manos a la cabeza. Sobre el escenario, Grisha Korovin respira hondo antes de comenzar su memorable monólogo. Servirá de cebo para los peces, si no puede servir para otra cosa, dice el imbécil de Grisha encogiéndose de hombros.

Hoy, tantos años después, es incapaz recordar el nombre de su rival. Solo sabe que jugó un par de años a un nivel aceptable, que a partir de los dieciséis empezó a diluirse en torneos de segunda fila y que ni siquiera llegó a estar entre los cien primeros del mundo.

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Trajines inútiles

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Desde niño soy capaz de aguantar cualquier cosa
con tal de evitar trajines inútiles.
(Sergei Dovlatov)

IV.

El hombre camina por la acera con las manos dentro de los bolsillos. Su comportamiento, a primera vista, resulta banal: se detiene a mirar un escaparate, enciende un cigarrillo, levanta los ojos hacia el cielo y amenaza al sol con el puño. No conocemos su nombre, pero sabemos, en cambio, que desde hace tiempo le asalta periódicamente un pensamiento inquietante: tiene la sensación de que forma parte de un decorado, teme que el sentido real de la existencia se le escapa. La ciudad es Nueva York. La fecha, el 24 de agosto de 1990.

El calor, se dice con resignación, consigue que todo resulte absurdo. Imaginen ustedes que yo tengo ahora una cita ineludible, hacia allí me dirijo, no quiero aburrirles con detalles, solo les diré que mi futuro depende completamente de lo que suceda durante las próximas dos horas. Y he aquí que llegaré a ver a mi demiurgo con la cara roja, resoplando como un hombre enfermo, con cercos de sudor en la camisa, lleno de angustia y febril. Me quedaré, seguramente, sin palabras, y su juicio será desfavorable. Y esta oportunidad, que quizás sea la última, se perderá para siempre. Y nunca podré componer una imagen dramática del suceso porque los cercos en la camisa y el rubor en mis mejillas marcarán para siempre la escena con una sombra de comedia barata. ¿Dónde, por dios bendito, se ha visto a un héroe con las manos húmedas?

El hombre considera filosóficamente el problema y llega a la conclusión de que la vida no se comporta con seriedad y, por lo tanto, cualquier pensamiento elevado carece de verdadera grandeza. Lo mismo ocurre con el sufrimiento. Extrae un pañuelo de seda del bolsillo (es uno de esos hombres que todavía acostumbran a llevar un pañuelo de seda en el bolsillo) y se seca el sudor de la frente.

En ese momento una ambulancia dobla la esquina con las luces encendidas y se abre paso entre el tráfico. El violento aullido de la sirena inunda la calle y extrae al hombre de sus pensamientos. Heme aquí, se dice, con la cabeza ocupada en banalidades mientras un semejante lucha por aferrarse a la vida. Avergonzado, sigue caminando.

II.

Los dos enfermeros han nacido en Puerto Rico y saben distinguir de un vistazo a los extranjeros. Muchas veces, en un país extraño, la suerte depende de ese conocimiento básico. Ante quien sonreír, ante quien callar, cuándo mostrar humildad y agachar la cabeza. Cuándo morder una réplica, triturarla entre los dientes para evitar que nos delate y nos deje indefensos ante un poderoso indígena capaz de devolvernos con un golpe de burocracia a las bronceadas calles de San Juan. Por eso comprenden rápidamente que el hombre que yace en la camilla no es norteamericano. Tiene aspecto de europeo, afirma el más alto de los dos. Se da un aire al tipo de la licorería de mi cuadra, un ruso que se llama Mijail. O puede que sea yugoslavo. Pero tú me entiendes.

Su compañero, efectivamente, entiende. Se hace llamar Patrick, aunque ése no es su verdadero nombre, y para él solo existen tres tipos de personas en el mundo, los puertorriqueños, los estadounidenses, a los que él denomina genéricamente americanos, y todos los otros. Yugoslavia, Rusia, qué más da, son países que nunca verá y que díficilmente sería capaz de situar en un mapa. Allá, lejos, cruzando el océano, uno de esos sitios en los que siempre hace frío, donde la gente bebe constantemente y dispara al aire por diversión. Lo único que sabe de los rusos es que hacen de malos en todas las películas y que su presidente, un tal Gordarov, o Korbakov, visitaba esporádicamente el país en la época del señor Reagan. Aquel ruso con cara de ebanista le resultaba divertido porque tenía una curiosa mancha de nacimiento en la calva.

– ¿Sigue siendo Gordarov el presidente de Rusia?

– De momento – responde el enfermero alto – todavía se llama la Unión Soviética.

Patrick asiente, un poco avergonzado de su ignorancia, y se concentra en el hombre de la camilla. Debe de medir cerca de dos metros y, a juzgar de las dificultades que han tenido para meterlo en la ambulancia, pesa alrededor de ciento veinte kilos. Jamás ha visto a un hombre tan grande. El ruso, o soviético, o yugoslavo, tiene una cabeza enorme, el pelo rapado al uno y una barba espesa y enmarañada, en la que el color blanco ha ido ganando terreno al negro original de la juventud. Le calcula aproximadamente unos cincuenta años.

Al parecer, según los testigos que llamaron a la centralita de emergencias desde un teléfono público, el hombre cayó desplomado al suelo en la calle 141. Al principio pensaron que se trataba de un golpe de calor. Las altas temperaturas de las últimas semanas han disparado las insolaciones. Patrick y su compañero conocen el protocolo y saben que en las horas centrales del día las llamadas por desvanecimientos y deshidratación son tan comunes como las hipotermias entre los vagabundos cuando llega el invierno.

La primera exploración de rutina descartó el diagnóstico previo. El hombre todavía se encontraba consciente y refirió un intenso dolor en el pecho, quemazón en la garganta y pesadez en el brazo izquierdo. Patrick recuerda que el hombre hablaba con un fuerte acento y que, antes de perder el conocimiento, pronunció una palabra, sola una, en un idioma extraño, una palabra. Infarto agudo de miocardio.

I.

El hombre se detuvo frente a la librería de Abraham Yakunovikz, el conocido anticuario hebreo especialista en primeras ediciones de autores europeos del siglo XVIII. Su último libro, traducido al inglés por Fima Fiodorovich Radulov, un antiguo profesor de filología inglesa de Leningrado que exigía ser nombrado con su patronímico y su apellido, había tenido un éxito notable entre cierta intelectualidad estadounidense excitada ante las perspectivas que abría la caída del Muro. Hacía ya diez años que se había instalado en Estados Unidos, pero tuvo que esperar hasta 1989 para que los críticos locales empezaran a interesarse por su obra, prohibida en su país natal, y que hasta entonces solo había circulado con cierto éxito entre los emigrados.

Podría decirse que empezaba a levantar cabeza. Fima Fiodorovich Radulov solía bromear: tienes suerte de que los americanos no puedan leerte en ruso, y tienes suerte de que yo traduzca tus historias absurdas. Sus libros, según Fima Fiodorovich Radulov, eran banales, carecían de trama y, lo peor de todo, mostraban una preocupante ausencia de virtudes morales positivas. Fima Fiodorovich Radulov, el moralista, había atropellado a un niño en Leningrado y se había dado a la fuga. El niño sobrevivió, pero arrastró una cojera en la pierna derecha durante el resto de su vida.

Pero Fiodor Fiodorovich Radulov lleva razón, ninguno sus libros tiene una trama al uso. En uno de ellos contaba su experiencia como guardián en un campo de prisioneros. La tesis del libro era la siguiente: guardianes y presos estaban encerrados en una cárcel en la que aparentemente no había rejas ni paredes, pero de la que no se resultaba imposible escapar. Vigilados y vigilantes compartían verdugos. En cuanto a su estilo, se justificaba explicando las peculiaridades del arte narrativo oriental y esgrimía como coartada a William Faulkner, su compinche, el hombre del que había aprendido su oficio. Casi todas sus obras estaban ambientadas en la Unión Soviética de los años 60 y 70. Había vivido la mayor parte de su vida en Tallin y en Leningrado, y el paisaje humano de aquellas ciudades vertebraba sus novelas, escritas con un lenguaje sencillo, con cierta nostalgia y ese peculiar sentido del humor que poseen los borrachos descreídos que en el fondo son unos sentimentales.

Abraham Yakunovikz lo saludó con efusividad en cuanto lo vio entrar en su tienda. Abrió un mueble viejo y sacó una botella de vodka. ¿No es muy temprano? Con este calor o bebes o se te va la cabeza, lo dicen todos los médicos de la televisión. El librero sirvió dos vasos. Brindaron. Por la madre patria. Salud. Ayer recibí una llamada telefónica de mi hermano, vive en Leningrado y todavía no se cree que en América es posible comprar cerveza a la doce de la noche. Los capitalistas conocen el negocio, me dijo. Yakunovikz asintió complacido. Era natural de un pueblo de los Urales. No se veían muchos judíos por aquella zona. Primero emigró a Moscú y de allí tuvo que huir a Vladivostok por un asunto de faldas. Se marchó del país de manera clandestina, en un barco que cruzó el estrecho de Bering y lo dejó en la costa helada de Alaska. Dos semanas después consiguió un visado americano y un permiso de residencia.

– Les dije que era primo de Solzhenitsyn.

El hombre se interesa por una primera edición de Luz de agosto. Yakunovikz niega con la cabeza. Tengo un ejemplar de Tristram Shandy con notas manuscritas originales que te hará bailar una balalaika. Pero al hombre no le interesa Tristram Shandy. Estrecha la mano del comerciante y abandona la tienda.

De vuelta en la calle se arrepiente de haber dejado en casa a Glasha. Su hijo pequeño insistió en que semejante temperatura no era recomendable para una perra nacida en el Cáucaso. De todos los miembros de su familia Glasha era, con diferencia, la que más parecía interesarse por él. Después de doce años de convivencia el animal había conocido sus peores momentos. Cuando llegaba a casa completamente borracho y se echaba a dormir en el sofá, Glasha se hacía un ovillo a sus pies.

En la calle 141 se entretuvo mirando el escaparate de una juguetería. Quizá debería entrar y comprarle a Nicolai un coche en miniatura. El niño había nacido en los Estados Unidos. Pensó que un Chevrolet estaría bien. Quizás un Mustang. O un Ford. Todos los coches americanos tienen nombre de personaje de novela.

Tuvo que sentarse en el suelo al sentir de repente que le faltaba el aire. Respiró hondo, intentó ponerse de pie pero sintió una fuerte presión en el pecho. Se le nublaron los ojos. Quiso pedir ayuda, pero pensó en las molestias que eso ocasionaría a los demás y llegó a la conclusión de que no merecía la pena. Buscó un taxi con la mirada.

III. 

No hay duda, es el hombre más grande que ha visto en su vida. Fíjate en sus zapatos, debe calzar un cuarenta y cinco. Con esas manos (una de ellas cuelga inerte de la camilla, como una bandera en un día sin viento) un hombre puede ir por la vida con la cabeza bien alta, piensa Patrick, que interroga a su compañero con la mirada. El enfermero alto comprueba las constantes vitales del hombre que yace en la camilla.

– Imposible. Ni siquiera va a llegar vivo al hospital.

Patrick recuerda la desorientación del gigante, que intenta disculparse en cuanto los ve descender de la ambulancia. El hombre sigue sus indicaciones, responde a sus preguntas con docilidad y poco después pierde el conocimiento. Ni siquiera va a llegar vivo al hospital, repite Patrick para sí mismo. ¿A cuántos moribundos ha recogido ya? ¿A cuántos ha visto morir? A veces piensa que sería mejor buscar otro trabajo. A veces desearía haberse quedado en San Juan. Recuerda la primera vez que vio la nieve de Nueva York, a los diecisiete años, nada más aterrizar en la ciudad. Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Un pasaporte válido, un título de enfermería. Le asignaron un horario y un compañero. El teléfono suena y ellos cumplen con su obligación. Por lo que respecta al conductor, un norteamericano de ascendencia alemana llamado Jenkins, nunca jamás le ha estrechado la mano.

Un hombre pasea por la calle. Un hombre muere. Sus enormes manos no le sirven para defenderse. Sus zapatos del cuarenta y cinco no le sirven para escapar.

V.

Dobla el pañuelo cuidadosamente y lo devuelve al bolsillo. Tarda unos segundos en advertir que la sirena se ha detenido de manera abrupta y la calle ha quedado en silencio; a lo lejos alcanza a ver como la ambulancia aminora la velocidad y desconecta las luces de emergencia. Diez minutos después entra en unos grandes almacenes y compra una camisa nueva.

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Madrid, mon amour

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Es primavera y a mí me gustaría estar en Madrid, debajo de ese cielo azul que no se parece a ningún otro cielo, una mañana de estos primeros de abril, de los primeros de mayo que vendrán, con el sol arriba y la vida enfrente, siempre la vida enfrente. No importa decirlo muchas veces, porque la insistencia no silencia la verdad: no hay ciudad como Madrid, ni hay cielo como ese cielo. Me gustaba, en aquellos días de primavera y sol de la infancia, salir al balcón para mirar desde la perspectiva de un sexto con ascensor la vida que bullía debajo. Y en aquellas mañanas interminables cogía el 83 hasta Mocloa, cruzaba Princesa hasta la Plaza de España y después subía por Gran Vía, qué ciudad, qué primaveras, y en Callao un giro de noventa grados, calle Preciados abajo hasta la Puerta del Sol, con su fuente, su ballena de cristal, sus extranjeros sonrientes y su reloj de diciembre. Después la Carrera de San Jerónimo, siempre en sombra, aquel hotel de cinco estrellas con portero de frac en la puerta y cristaleras que daban a un bar donde gente con cinco vidas en la cartera bebía cosas que a mí no me importaban, porque ellos tenían bebidas caras pero la ciudad solo me pertenecía a mí. El Congreso a mano izquierda y al final de la calle, de manera abrupta, la acera te vomitaba en el paseo del Prado. De allí a la Cuesta de Moyano solo había un paseo que duraba lo que dura un cigarro en un día de aire. Mañanas y mañanas, autobuses, viento sucio, cielo limpio, y todos esos puestos de libros viejos que te miraban con los ojos vidriosos. Encontré Hemingways con las páginas amarillas, una edición resumida de Moby Dick, un Ellroy, tres o cuatro Malapartes y tantos y tantos que no recuerdo pero que no he olvidado. Cruzando la calle se llega al barrio de las letras con su estrofa de Espronceda que recibe a los peatones como un arco del triunfo, con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela, por allí cerca estaban los bares adonde en los años noventa subían a cantar los flamencos y un poco más adelante la plaza de Santa Ana, con su Lorca que sostiene una paloma en la mano. Me gustaba Madrid en primavera. ¿Cómo no enamorarse de la ciudad donde uno tuvo veinte años? Melancólica como sus reyes visigodos de piedra blanca de la Plaza de Oriente, indiferente como los cláxones de los coches, majestuosa como una iglesia vacía y orgullosa como dos amantes que se suicidan juntos.

Y sin embargo también en esta vida es primavera. El paso del tiempo abre heridas en los recuerdos y al otro lado de la ventana, esta tarde, aquí en Zúrich, un árbol tan alto como el edificio donde aprendo alemán se ha llenado sin avisar de flores blancas que brillan con la luz del sol como una promesa de tiempos mejores. Eso también es agradable.

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Instrucciones para pronunciar Zúrich

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Es curioso que en Suiza, donde hay normas para todo, no haya una capital. ¿Berna? Lo de Berna es un apaño para simular una centralidad que el país no tiene y no quiere. Si se la considera una capital de facto es solo porque en Berna se encuentran las instituciones políticas: el Consejo Federal, el parlamento, y todas esas otras cosas que en alemán siempre terminan con el sufijo –rat y se prestan a traducciones faltonas. Para confirmar la federalidad extrema del país basta con preguntarle a alguien de Zúrich por Berna. ¿Es la capital, verdad? Te responderá rápidamente que no. Y entre ofendido y condescendiente te citará la Constitución suiza, la normativa cantonal y el catálogo de las naves que zarparon a Troya para terminar explicándote que, en realidad, la ciudad más grande del país es la suya. Zúrich, un lago, dos ríos, habitantes felices de esa manera en que son felices quienes saben que viven en un sitio muy caro.

Zúrich tiene un casco viejo muy caminable y curioso, también tiene bancos, secreto bancario, cisnes que te miran mal y muchas iglesias. La Fraumünster es la más elegante de todas, en la de San Pedro está el reloj más grande de Suiza, en la Grossmünster, cuyas torres originales ardieron hace más de trescientos años, predicó Ulrico Zuinglio, el teólogo guerrero que introdujo en el país la Reforma Protestante. La ciudad tiene una historia larga y compleja. Fue fundada por los romanos, que la llamaron Turicum, entró a formar parte de la Confederación Suiza en 1353 y en 1440 se alió con los Habsburgo austriacos, el gran enemigo, para declarar la guerra al resto de cantones por la posesión del condado de un conde había muerto sin descendencia. Zúrich perdió la guerra, pero resistió el asedio de sus antiguos aliados: en vista de que la situación había llegado a un punto muerto se decidió volver a admitirla en la Confederación a cambio de que renunciara a su alianza con los austriacos. Las reuniones de la Confederación a partir de ese momento debieron de ser bastante divertidas.

En fin. Todo eso pasó y está bien recordarlo. Lo que en realidad convierte a Zúrich en un lugar especial es su carácter como símbolo definitivo del idioma alemán. Zúrich tiene seis letras y un andaluz que acaba de aterrizar en Suiza es incapaz de pronunciar cinco. Es exactamente lo que uno espera. Uno descubre que su miedo estaba totalmente justificado.

Empecemos por el principio. La zeta se pronuncia chasqueando la lengua, como cuando uno intenta espantar a un perro o le chista a alguien como diciendo. Suena a una te y a una ese juntas. Es un sonido metálico, vibrante y rápido como una serpiente de cascabel.

Después de la zeta viene la u. No es una u cualquiera. Es una u con diéresis. Esta ü. Es un aviso de que empiezan las complicaciones. Se pronuncia cerrando los labios y poniendo boca de beso, como si verdaderamente uno fuera a decir una u. Pero en el último momento, cuando la u está lista para ser expedida, se cambia por una i. Este truco de manos fonético tiene un nombre específico, pero no tengo ganas de recordarlo.

Si la zeta suena rara y la u con los dos puntos suena más rara todavía, ¿por qué la erre iba a sonar a erre? Con el alemán siempre hay que ponerse en lo peor. Y no hay que buscarle la lógica. No merece la pena. De todas formas la erre no es tan problemática, basta con pronunciarla a la francesa. Suena como una ge que te raspa un poco la garganta, igual que una palabra que no se dice, que se queda atascada y no deja pasar los alimentos.

La i es una i.

La ce y la hache van juntas, pero no suenan como una che. ¿A qué pueden sonar, entonces? Efectivamente, a una jota. Es un idioma que siempre sorprende. Los suizos, además, pronuncian la jota con más vehemencia todavía que los alemanes: como hay tantas jotas, las conversaciones tienen el deje ahogado de los coches viejos que intentan arrancar con la batería descargada.

Finalmente, todo junto, suena así: Tsigij

No es tan fácil como parece cuando uno, sin querer, ha nacido en un sitio con pronunciación relajada y lleva toda la vida diciendo Zúri.

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